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Un cuento de 1975, publicado en 1985 en mi libro “Cada Cual, Cada Cual…” y premiado por la Municipalidad de Morón, en 1993.

Al principio era la explanada. Explanada, sí, pero como una costra resquebrajada, como el barro de un pantano cuando se reseca al sol al retirarse el agua, dejando su secuela de plantas acuáticas y animales muertos; sólo que aquí ni plantas ni peces podridos. Sólo suelo resquebrajado y pétreo. Suelo beigegris, blancobeigegris, extendiéndose, cruzado y entrecruzado por miles de diminutos y no tan diminutos ríos secos, en una sensación inmensa de sequedad, de esterilidad, de muerte. Era penoso caminar por allí, bajo ese abovedado cielo malva, malvaguinda, malvaguindagris, como un permanente crepúsculo que permitiera campo ilimitado a la vista, horizonte sin límite, pero que también era la negación de la luz, la negación de la vida, como si siempre fuera a estar así, como si el tiempo – si es que lo había – se hubiera detenido para dar lugar a esa dimensión sin latido, a esa luz de no, sobre la tierra de no.

Era penoso caminar descalzo por allí, sobre esas piedras no calientes, no frías; era penoso caminar sin tiempo por la planicie sin hitos, sin adelante, sin atrás, sin puntos cardinales, sin fin.

Primero fueron como puntos en el horizonte sin tiempo. Hitos, mojones, puntos de referencia. Granos de trigo en la hoja horizontal resquebrajada; almenas sobre el vaso rasado en el que me encontraba herido de soledad y de destiempo; no puedo decir que experimenté alegría al divisarlos, no cabían las emociones, no. Simplemente, al entender su presencia, me dirigí hacia ellos. Fue la primera vez que sentí que iba hacia alguna parte, pues hasta ahora en mucho me había parecido no ser yo el que avanzaba sino el suelo el que se deslizaba bajo mis pies, ya que todo era igual. Mis ojos no me eran necesarios para orientarme, ni mis oídos para mantener el equilibrio. Todo era igual en esa horizontalidad total y ese silencio fuera de toda dimensión.

Pero ahí estaban los hitos, los bultitos como pequeñas elevaciones, como diminutas, liliputienses colinas en el borde del disco frente a mí, entonces giré, gire sin miedo sobre mí mismo, y comprendí que ya no podía equivocarme, que efectivamente había un adelante, un detrás, que había una meta y yo me dirigía a ella. Caminé.

Era maravilloso caminar. Caminar. Sentir aún que el cuerpo avanza hacia alguna parte impulsado por las piernas, que el yo avanza hacia alguna parte impulsado por la voluntad. Tomar noción del ser y de la voluntad. Tomar noción del yo. Caminar

Los puntos se acercaban y yo volví a tener dimensión. Y comencé a experimentar algo como alegría, que era posiblemente la semilla de la esperanza.

Primero fueron piedras. Chicas, chiquitas, pero piedras. Tomé una con mi mano. ¡Tenía manos y agarraba una piedra! ¿O quizás todo había sido un sueño, una ilusión, y la piedra seguía todavía allí? No. La piedra estaba en mi mano, y yo la sentía pesada, porosa, erosionada por un viento que ahora no existía. La deposité suavemente en el suelo, temeroso de que no cayera, de que al caer no hiciera ruido, o quizás, de que el ruido que hiciera al caer hiciera añicos el universo. Es curioso como el hombre necesita de cosas en que apoyarse para ser él mismo. Al hombre le gusta que exista el universo, pero contrariamente a lo que piensa, le aterrorizaría ser su centro. No; el hombre no puede ser el centro del universo. Necesitaría para ello ser algo más puro. Algo más sólido. Algo más indiferente. Había una palabra para ello y yo no me animaba a pronunciarla. Todo esto existía. Había divisado puntos en el horizonte. Había tenido una piedra en la mano. Había visto y había tocado. Tenía miedo de oír y de comprender.

Luego aparecieron las columnas. Llegaron las columnas. Primero una, rota, despareja, cubierta de un polvo que no dejó mancha en mi mano, tendría algo menos de la mitad de mi estatura y era blanca, de un blanco sucio como de eternidad, de algo que no había. Todo estaba cubierto de no.

Me arrodillé. La besé sin ruido. La palpé morosamente. No lloré porque no pude, porque estaba lleno de indiferencia resignada, porque aquí no había emociones, porque era lo que podía, pero había ganado algo. Referencia y estatura. Pude ver que ahí estaba la columna, y yo creía estar junto a ella; que la columna existía para mí o para mis ojos y mis manos, y que yo creía ser el doble de alto que la columna. Continué mi camino. Luego fueron dos columnas altas, blancas, con capitel, las que se destacaron finas y verticales, una junto a la otra, delante de mí y un poco a la izquierda, sobre el cielo color malva. Luego fueron más y más columnas. Columnas y trozos de pared de piedra. Restos. Restos todos de una gran construcción, de una construcción aparentemente humana. El hombre se admira de lo que los otros hombres hicieron, desprecia lo que los otros hombres hacen y teme lo que los otros hombres harán. No puede creer que los que vinieron antes supieran lo que él todavía no sabe; le carcome la envidia de ver que otros iguales y contemporáneos sepan lo que él no sabe; le aterra pensar sobre lo que no conoce y teme sus propias conjeturas al respecto. El hombre teme al hombre. El hombre tiene miedo de sí mismo. Miedo de crear, miedo de ser.

Más columnas y piedras. Pero piedras cortadas en cubos, en trozos oblongos, que daban la sensación de haber cumplido una función. Nada se hace por o para nada. Evidentemente eran trozos de basamentos de edificios, o simplemente cordones resquebrajados de la calle por la que ahora yo avanzaba.

Me encontraba en una ciudad. Quizás en una ciudad, o por lo menos en un amontonamiento de edificios de piedra y argamasa. Hacía rato que la planicie había quedado atrás. Avanzaba yo ahora como podía por entre o a través de un conglomerado de bloques de piedra tallada colocados como al azar, parejos a veces, de punta otras, como detenidos, paralizados en su caída, o quizás en actitud rampante preparados para el salto. Parecía todo este enorme conjunto de bloques cúbicos, restos de escaleras, aberturas a distintas alturas, paredes erectas y caídas,  torreones semiderruídos con balcones sin balaustrada, que daban al mar de piedra, el producto de un terremoto. Es curioso cómo hace uno rápidas conjeturas y compara al estimar. Además, cuando uno se encuentra junto a una pared piensa que hay alguien más que uno y dice “Uno” en vez de decir “Yo”. Evidentemente yo estaba solo. Yo estimaba estar solo. Acompañado por toda esta inmensa arquitectura, por la intención de unos pocos hombres y el trabajo de muchos; pero ¿dónde estaban?, ¿dónde estaba yo? Penetré por una abertura que supuse un portal. La decoración externa estaba tan deteriorada que no pude entender qué significarían las cortadas formas retorcidas que bordeaban el arco. No había forma alguna de vida animal, ni vegetal, ni podía uno imaginar que en algún momento la hubiera habido y que los seres que construyeron estas raras edificaciones pudieran haberse inspirado en algo vivo para decorar los frentes. Al cruzar el portal me encontré atravesando un largo corredor pavimentado con grandes baldosas cuadradas, bastante conservado, pero también cubierto con el fino polvo de no. Las paredes, también polvorientas, no presentaban huecos a derecha e izquierda, salvo, a intervalos regulares, algo como hornacinas, a veces a la altura de mi rostro, a veces a nivel de mi cintura, y a veces directamente sobre el piso, con una altura de una o dos cuartas, una cuarta de ancho, y a veces no sé qué profundidad, ya que mi brazo se perdía en ellas, mientras que  a veces mi mano ni siquiera entraba en otras. En dos de ellas pude comprobar que seguían, hacia arriba una, y otra hacia un costado, no explicándome yo si serían para colocar candiles, para desagüe de lluvia, o si yo mismo estaría caminando por un caño de cloaca. La oscuridad o luz era la misma que afuera, sin haber por ello ventanas o techo abierto. El aire era tan respirable, o irrespirable; por lo que llegué a pensar nuevamente en estimación y comparación, y las hice yo mismo al pensar que “yo” pudiera “estar” en “este lugar”, y “este lugar” pudiera “existir”. Avancé mucho por ese corredor. No puedo decir si avancé mucho tiempo o mucha distancia. No sabría cómo medir ambos. Finalmente el corredor terminó. Hacia adelante, pared. Hacia la izquierda, pared. Hacia arriba una gran y arga chimenea, que dejaba ver un circulito de cielo. Hacia la derecha, se abría una veranda con arcadas moriscas, en mitad de la cual había una abertura, que por tres escalones descendentes comunicaba con un patio cuadrado de regulares dimensiones en cuyo centro debe haber habido alguna vez una fuente, pero que actualmente parecía un paisaje lunar. Grandes trozos de pared, piedras extrañas en forma de gajos de una esfera, de trozos de cilindro, de conos truncados y mil formas más, algunas como grandes y macizos relojes de arena, cubrían el embaldosado cuya simetría y color debe haber existido o no, pero actualmente había desaparecido bajo el no. Finas columnitas delicadamente trabajadas se elevaban del piso en algunos puntos del patio, y yo pensé que podían haber sido base para bancos, para sentarse, para descansar y me di cuenta de que no estaba cansado, que podía haber caminado una eternidad o un minuto, que mi mente podía albergar duda, temor, desorientación, pero no fatiga. De las cuatro altas paredes que enmarcaban el patio, salían también finas columnitas similares a las que brotaban del suelo, y yo pensé que en esta loca arquitectura podrían haber sido bases de balcones, pero ni trazas de aberturas en la lisa pared había, o quizás servirían para colgar antiguos estandartes, pero no pude comprender cómo harían para colgarlos.

En la pared frontera a la entrada por la que yo había ingresado al patio, se destacaba una gran escalinata de piedra, unos cien grandes escalones sin barandas a los lados que terminaba en la pared desnuda. Subí por ella, y llegado al último escalón, palpé la pared todo lo que el escalón y las dimensiones de mi cuerpo me permitían. Nada. Sin embargo yo debía proseguir, debía proseguir. Me senté en el escalón y eché un vistazo a mi alrededor. Un gran patio extraño, con cuatro paredes con algunas aberturas a las que no se podía acceder, con columnas que sostenían bancos que no existían, con otras columnas que carecían de lógica… entonces comprendí. ¿Cuál era mi error sino pensar en que todo tenía que regirse por “mi” lógica de hombre, de pobre elemento que en sí pretendía abarcar el conjunto? Estamos otra vez en el centro del universo. Bajé lentamente la escalera.

Comencé a recorrer los rincones del patio. A veces, con esperanza, levantaba la cabeza para ver si alguien me espiaba, para descubrir una forma de vida, aunque fuera monstruosa para mí, para no sentirme tan atormentadamente solo. Nada. No era así. Ninguna vibración, ni aún el eco de mis pasos quebraba la soledad que aumenta el silencio. No quise hablar, pues aparte de quebrar el equilibrio cósmico, el ruido de mi voz habría sonado burdo, disforme y estúpido al no tener nada que decir. Si era un quejido,  ¿ante quién y de qué tendría yo que quejarme? Si era una imprecación… Ahí volvía yo a estimar y comparar.

Luego de mucho caminar descubrí que no había podido mover ninguna piedra del lugar en que se encontraba al entrar yo al patio. Que la más pequeñita se encontraba como soldada al piso… Y también a las paredes. Porque había piedras apoyadas en las paredes. Como si en ese lugar se quisiera hacer comprender a este pobre espectador del cosmos que la gravedad, o la atracción, o la lógica, una vez más son simplemente facetas de ese todo que es mucho más importante y más complejo.

Había finalmente un agujero en un rincón, y me dejé caer por él. No dije que lo descubrí, sino simplemente “había”, porque quizás estuvo siempre, o lo que entendemos por siempre, y pasé cien veces junto a él sin verlo,  o quizás llegó el momento en que apareció porque era “su” momento. No es necesario que estuviera antes. O ya estaba. ¿Ya?

No sé cuánto caí por el hueco del agujero. No sé si sabemos nada. Caía. Hasta que dejé de caer. Era otro patio. Ante mí se abría una especie de explanada, un gran patio de baldosas resecas y desparejas como de marfil, y que daban sin embargo la sensación que hace miles de eternidades eso habría sido una sola pieza blanca y perfecta… Continué caminando. A los costados del patio no se divisaban paredes. Arriba, el cielo aparecía como “en círculos” en torno a un punto. Tenía la sensación de que algo terrible, cósmico y maravilloso iba a ocurrir. Como el nacimiento de un nuevo universo. En la explanada marfilina, como de teclas de piano viejo, aparecieron a mi vista cuatro, no, eran cinco, como inmensas figuras de ajedrez. El tiempo se llenó de una música contenida que hacía más duro el silencio. De un ritmo y de unas cargas de fuerza que demoraban mi caminar, mientras podía ver que las “figuras de ajedrez” eran cuatro columnas de piedra en cuyo extremo un vaso votivo esperaba el momento justo, la conjunción de los elementos, la integración, para encender su llama. Cada molécula de aire, del tiempo, de todo el no, vibraba como un inmenso latido acompasado y cada vez más acelerado. En medio de las cuatro columnas prestas a estallar en llamas, bajo la cúpula de un cielo concéntrico y vibrante, rodeado tras la muralla invisible e impalpable que separa el ser del no ser, ahí había un pedestal de piedra gris muy vieja e ilógica, y sobre el pedestal un trono hecho de sí, y sentado ahí, ahí estaba yo.

General Pacheco 13/2/75

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This entry was posted on Thursday, January 17th, 2013 at 6:00 pm and is filed under Cuento. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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