P I E

         Todo empezó cuando estaba tomando mate en mi estudio. Reflexionaba sobre uno de los teoremas de Fermat, cuando las campanadas del reloj de pared me trajeron a la realidad, haciéndome ver que eran las cinco, que en menos de una hora vendrían los Miembros de la Academia a leer y comentar mis teorías, ya que pensaban darme – según dijeron – un reconocimiento por mis investigaciones en la alta matemática, y querían aclarar algunos puntos, que a uno o dos de ellos les parecían algo oscuros. Recordé que no tenía qué ofrecerles, ya que estos señores no eran “materos” como yo, y decidí salir a comprar café.

Tengo cincuenta y cuatro años, soy viudo y no tengo hijos. Vivo solo, de manera que son muy escasas y espartanas mis necesidades. Una mujer viene los lunes, limpia mi departamento, me cocina para toda la semana, y se va. Sí, mi departamento, situado en el último piso de cinco, es pequeño y acogedor, y tiene dos ventajas: Es fácil de limpiar, y tiene una habitación más espaciosa que las otras, donde he instalado mi estudio, con buena luz y lugar suficiente para mis libros apuntes, y elementos, y – aparte de mi escritorio – una mesa amplia y cinco o seis sillas, para cuando tengo que dar una clase a mis alumnos, o explicar como en este caso, mis teorías respecto de alguna investigación en mi especialidad.

Busqué mi billetera y mis llaves; (tengo varios llaveros, porque mis olvidos en ese sentido son frecuentes) pasé al living para salir por la puerta del departamento al palier. Entonces vi el pie.

Estaba en el centro del pequeño recibidor, ocupando bastante espacio. Era un enorme pie humano, un pie izquierdo de unos tres metros de largo, con sus dedos y sus uñas; el dedo gordo era del tamaño de un cerdo adulto. Miré hacia arriba y vi la pierna que subía hasta el techo, aparentemente atravesándolo, pero sin dañarlo. Era la pierna de un hombre, ni muy joven ni muy viejo, quizás de mi edad.

No podría decir que me horroricé, porque el choque emocional fue tan fuerte que no alcancé a razonar sobre lo que veía; mi inmediata reacción fue volver a entrar en el estudio y cerrar la puerta. Cuando me calmé volví a salir, y … allí estaba, como un gran animal fabuloso, echado en el piso de la habitación, con el cuello elevándose hasta el cielorraso. La luz del atardecer que entraba por la ventana, permitía verlo bastante bien. Con mucho recelo me acerqué a la enorme pieza anatómica y la toqué con el dorso de mis dedos, por si su contacto fuera quemante o cáustico. No. Era piel. Era la piel del pie izquierdo de un humano gigantesco.

Volví a tocarlo; tenía la temperatura de un ser humano normal. Ni se movió. Era evidente que su dueño ni había sentido mi contacto. Empecé entonces a pensar qué significaría todo esto. Que si yo estaría en mi sano juicio; que si era parte de un ser humano, dónde estaría el resto. Salí rápidamente, cuidando de esquivar el pie, y tomando el ascensor salí a la calle. Ya estaban encendidas las columnas de luz. Lo primero que hice fue mirar el techo de mi edificio para ver el resto del gigante, pero mi inspección fue poco productiva. Cinco palomas estaban posadas en la cornisa, y más atrás se divisaba el tanque de agua. Nada más.

Dadas las circunstancias, en vez de ir al supermercado para comprar café, fui directamente a ver a mi psicoanalista. Mi mente de matemático me decía que no podía ser real lo que pensaba que estaba ocupando casi totalmente mi living. Iba caminando, en parte para tratar de recobrar mi serenidad, mi espíritu analítico, y en parte porque comencé a elaborar teorías sobre la razón por la que podría estar realmente ahí el pie, y dónde estaría el resto del enorme personaje que había introducido un pie en mi casa. Mi cabeza comenzó a bombardear imágenes: Pie. Pé, pied, planta. A mis plantas. Meu pé de laranja lima. Pie de guerra, pie de plomo, de pie, pedemonte, pied de poule, pie de palo, pedes in terra…, pies y pulgadas, pisa morena… tentempié, pied à terre, al pie de tu balcón, le dio pie, apoyapiés, podio, trípode, peripatético, patizambo, ciempiés, ortopédico, pie de copa, pedicuro, bípedo, cuadrúpedo, pie plano, balompié, cría al pie, pedestre, peatón, pedal… Al pie del cañón, pie de imprenta…

Mis pies se detuvieron ante la puerta de mi terapeuta. Toqué el timbre, y tuve que esperar un poco. Demoró en abrir. Pensé: “Estará ocupado; ni lo llamé, ni tenía turno hoy”. Abrió la puerta algo bruscamente. Su rostro tenía una expresión extraña. -¡Doctor! – le dije sin saludarlo. -¡Tengo un pie en el living!

En silencio, me hizo pasar. Luego abrió la puerta del consultorio, y me dirigió la palabra:

-¿Así?

Un pie enorme ocupaba casi todo el espacio de la habitación. Un pie humano. Un enorme pie derecho.

 

—————————————————————————-

 

Gral. Pacheco, 22 de octubre de 2012. 22.15 hs.

Tags: , ,

This entry was posted on Tuesday, October 23rd, 2012 at 3:37 pm and is filed under Cuento. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

Leave a Reply