E L P O Z O

                                                                                                                                                 A Hernán Rubio

El viejo bebió de un trago su ginebra, y secándose los labios con el dorso de la mano miró hacia arriba, como si buceara en la inspiración o el recuerdo, y comenzó a hablar.

– Mienteráu que usté ha compráu el “campo’el pozo” dijo.

– Sí, efectivamente – respondí – vamos a instalar allí un criadero de pollos.

–               Pero no le conviene hacerlo muy cerca’el pozo. Ese lugar está maldito.

–               ¿Cómo maldito?

El viejo pidió otra ginebra. Repitió el ritual de beberla de un trago, secarse con el dorso de la mano y mirar hacia arriba. Reanudó su charla, pero de manera diferente. Su voz parecía llegar desde lejos.

-Yo d’ese pozo vide salir un muerto…

– ¿¡UN MUERTO!? – Me sorprendí. No lo esperaba.

–                   Ajá. Y va mano. Pa las eliciones del cincuenta y cuatro, que pelió don Crisólogo con el Almirante, hubo por estos pagos un asáu muy famoso que hizo entonces el Tano Espadachini, el mesmo que luego puso el restaurán, al que asistieron, al asáu, digo, varios vecinos importantes de la zona, entre ellos don Vallier, el dueño ‘el boliche, que había donau todo el vino. Fue una fiesta lindaza, esa del festejo. Y algunos se pasaron un poco de la bebida, como el Lautaro, que fue a los tumbos hasta el pozo, a sacar unas botellas que había puesto a enfriar en un balde. El caso fue que por razones de equilibrio, en vez de subir el balde bajó el Lautaro de un solo saque. De cabeza cayó, pobrecito. Todos cráimos que había muerto augáu.

– Entre los vecinos importantes que habían venido al asáu, estaba el dotor Morales que era’l médico ‘el pueblo. Hombre voluntarioso este dotor. En cuanto s’enteró del acidente consiguió una soga, bajó al pozo, y agarró al Lautaro q’estaba flotando así como había cáido, de cabeza, con las bombachaj infladas como globo, pero quieto y duro como una estaca. El Armindo y el Abelardo, que eran juertazos, lo sacaron a pulso con toda facilidá, pero no pasaba nada. El Lautaro parecía más muerto que angelito en velorio.

–               Lo mesmo el dotor le hizo la respiración boca a boca, que es como si lo estuviera besando, pero con soplido, y le hizo masaje cardiáco, apoyandosé con fuerza en el pecho del Lautaro: ¡Era de verlo al dotor! Y al Lautaro, que de golpe largó un montón de agua por los hocicos, y se mandó un suspiro como de ánima en pena. Los asistentes al asáu aplaudían y brindaban, algunos ni se habían enteráu de nada. El dotor le dio una indición, y entre el Armindo y un cuñao, lo subieron al caballo y lo llevaron pa las casas.

–               ¿Cómo, no se murió?

–       Peresé. Ese día estuvo nel hospital; pasó la noche, pero  murió a la madrugada. Lo enterraron deseguida, por aquí, nel campo’el pozo. Cuasi en el mesmo lugar ande si había augáu. La mesma noche del entierro, como a las doce, el Tito y el Hugo, que estaban tomando algo en el boliche y comentando las novedades, sintieron un galope y un relincho, y al salir pajuera vieron quera el alazán del muerto, del mesmo Lautaro. El animal, relinchando y como encabritáu, se paró delante ‘el pozo, y siguió meta relincho. Estaba sacáu. Se paraba sobre las patas traseras y revoliaba laj manos.

De golpe, patente ven que del pozo salía el muerto, montaba en el alazán y galopiaba hasta su rancho. No lo podían cráir, ¡habían quedado congeláus del susto!

Dos mesej dispué, la viuda ‘el Lautaro quedó empreñada.

No sé… ella dijo que el muerto la había visitado la noche que lo vieron salir del pozo y galopiar pal rancho.

Cuando nació el gurí… ¡Palabra’ e Dios! ¡Era igualito al finao!

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No pusimos el criadero. El campo – y el pozo – todavía están allí.  Desde entonces, nunca se supo más nada de ninguno de los protagonistas de esta historia.

General Pacheco, 31 de enero de 2012

Juan C. Lavarello – Argumento: Hernán Horacio Rubio.

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2 Responses to “E L P O Z O”

  1. Silvia Lavarello Says:

    Estimado Lavarello,

    He llegado a Usted a través de un “primo lejano de la vida” Carlos Lavarello Moya de Chile.
    Me encantó saber que existe un Lavarello escritor y si en algún momento puedo ir por Buenos Aires intentaré conseguir algún libro de su autoría ya que me gustaría tenerlo y poder regalarlo a alguno de mis familiares.
    Soy de Montevideo Uruguay y le mando un fuerte abrazo.

    Silvia A. Lavarello

  2. juancarlos Says:

    Gracias, Silvia Lavarello. En un próximo libro lo incluiré. Gracias por sus palabras.

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