RESPECTO DE LA VACA (1994)

Vez pasada, en un prestigioso diario de mi ciudad, en un espacio altamente denso en pensamientos interesantes, a cargo de una distinguida periodista, leo: “¿Hay algo más triste que la mirada de una vaca?” Esta frase me llama a reflexionar, y reflexiono. En primer lugar podría crearse con esto una dicotomía: por el lado de la tristeza, y por el lado de la vaca. Por el lado de la tristeza no vale la pena avanzar, porque encontramos un montón de cosas más tristes, por cierto, que la mirada de una vaca, y nos damos cuenta de que su enumeración, lo único que lograría sería deprimirnos… si es que estamos un poquito depresivos;  y como la época actual, y los tiempos que corren favorecen demasiado esta situación, tomemos entonces por la otra senda, la de la vaca; y hagámoslo rápido, porque si ella se nos adelantó, corremos peligro de pisar algo inconveniente. (Gracias a Dios no vuelan). Veamos: El antecedente que me viene más rápido a la memoria respecto de la mirada vacuna (no bovina) es algo de Castelao. Este galaico humorista, en su famoso “Un Ollo de Vidro” comienza diciendo “Cierto día me miró una vaca. ¿Qué opinará de mí?, pensé yo, y en aquel instante la vaca bajó la cabeza y siguió comiendo el pasto. Ahora pienso que la vaca solamente dijo: ‘Bah, no era más que un hombre con anteojos’. Y a lo mejor no soy más que lo que pensó la vaca.” Y sigue filosofando al respecto.

Yo no sé si realmente la vaca habrá pensado eso, o si habrá pensado, simplemente. Lo cierto es que debe haberlo mirado. Porque no hay seres más mirones que las vacas.

Cuando pasamos en tren, algunas levantan la cabeza y nos miran. Indudablemente les llama la atención el movimiento y el ruido. Nada más que eso, porque no creo que tengan estos cuadrúpedos sentido de la perspectiva, ni puedan pensar – como los humanos – que el tren sea “un gran dragón llameante” o “un monstruo rugiente”, que pueda hacerles algún tipo de daño. Sin embargo, basta con que algunas – no todas – de las vacas que pastan junto a la vía levanten  la cabeza, para que el vano rey de la creación diga a su esposa o novia: “Y no te quedes ahí embobada, como vaca mirando el tren”.

Primero, porque muchas otras vacas allí presentes ni siquiera levantaron la cabeza para mirar el tren, ya que, aparte de estar concentradas en lo que hacían – la vegetal ingesta (o tal vez preparándose para lo contrario) – tomaron el ruido del tren, y quizás su desplazamiento, como lo más natural del mundo, del mismo modo que actuarían ante la lluvia o el viento, dándoles olímpicamente la espalda, o las ancas, ya que no puedo decir asentaderas, porque ellas, con las ancas, no se sientan.

Comprendo que generalicé de manera algo apresurada al decir que no hay seres más mirones que las vacas. Mea culpa. Pero que las vacas tienen ojos, tienen. Y grandes y redondos como muy pocos otros. Y como los tienen siempre abiertos y con poca o ninguna expresión, ya que por lo menos no podemos captar si con su mirada quieren decir algo (o mugir algo, quizás). Entonces nos dedicamos a adjudicarles intenciones en la mirada; como si les colocáramos medallas o cucardas a los ejemplares de exposición, que exposición es cuando los humanos miramos a las vacas. Pero volvamos al tema que motiva esta reflexión, que es cuando nosotros nos damos cuenta, o creemos que ellas nos miran a nosotros.

Así como nosotros solemos ir a trabajar, o a pagar los impuestos, o a la peluquería o al supermercado, las vacas van al matadero. Y podríamos decir que lo hacen en colectivo, porque van amontonadas, si bien nunca tanto como solemos hacerlo los humanos, porque el camionero sabe que caben tantas por jaula, en cambio – que yo sepa – ningún colectivero deja de subir pasajeros porque el coche haya llegado a su capacidad máxima. A veces no sube a nadie y pasa a toda velocidad por las paradas, pero eso únicamente cuando llueve.

La diferencia (a veces inexistente) del viaje de las vacas con el de los humanos consiste en que ellas lo hacen por única vez. De vuelta, salen convertidas en todos aquellos productos y subproductos que figuran en los textos escolares y motivan increíbles composiciones en esos pequeños seres que en nuestros tiempos llevaban guardapolvos blancos, corbata azul a pintitas en forma de moño, y una imaginación digna de un Arthur C. Clarke, o un Bradbury, por decir algo.

Y nosotros, a las vacas, a esas mismas vacas de las que masticamos gustosos su carne, bebemos su leche, vestimos su cuero y un montón  de etcéteras, a esas mismas vacas que usamos como un bien mueble (o mejor semoviente). A esas mismas vacas, las compadecemos. Y creemos que las compadecemos.

E interpretamos que esa mirada grande, fija e inexpresiva con que miran desde el camión es de tristeza.

O de nostalgia, quizás, del potrero de su niñez.

Por las dudas, recomiendo no hacer como mi cuñada, que en una ruta de nuestra Argentina fue a pasar un camión jaula lleno de vacas (¿nostalgiosas? ¿tristes?) con su auto descapotable.

Recibió, como es de suponer, una buena ducha… En fin, algo parecido a lo que habría sucedido si en vez de pasar junto a un camión de ganado lo hubiera hecho junto a un mionca con lo muchacho que vuelven de la cancha… ¡Somos tan humanos los humanos!

¡Son tan vacunas las vacas!

Respecto de la mirada de las vacas – hembras son – ¡De malintencionadas interpretaciones me libre el Señor!, es una mirada diferente de la del toro o del buey. El toro embiste ciegamente, tan ciegamente que el torero simplemente con esquivarlo, ¡zafa! El buey, tiene mirada de zombi… de toro al que lo han destorado. De bestia que no es nada.

Pero la vaca… La vaca cuando embiste con los ojos bien abiertos, cuajados de no sé qué nostalgia, no sé qué tristeza, si doblas a la izquierda, dobla. Y si lo haces a la derecha, también. No tiene prejuicios políticos ni de ningún otro tipo. Y dije al principio del párrafo anterior lo de las interpretaciones, porque me acordé de lo que dijo un escritor norteamericano respecto de las mujeres, que cuando están con nosotros en una reunión, son capaces de mirarnos fijamente, aparentemente embobadas, mientras se están fijando qué tiene puesto Fulanita, que está a dos metros detrás de nosotros, y vigilando por dónde viene el mozo con los sándwiches… ¡Somos tan machistas los toros! Digo, ¡Son tan feministas las vacas!… Bueno, no sé.

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This entry was posted on Tuesday, December 14th, 2010 at 12:38 pm and is filed under Ensayo humorístico. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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