E L R E G R E S O

Frankie despertó esa mañana con el estómago revuelto, y dolor en todas sus cicatrices. Decididamente estaba de mal humor. Sacó la cabeza por la pequeña ventana perforada a través del hielo de su habitación semejante a un igloo, y sus ojos contemplaron un panorama desolador. Hielo y cielo gris, este último atravesado por un pájaro marino de especie indefinida, que al pasar graznó con voz amarga de madera astillada. Pensó que debía prepararse el desayuno como todos los días, salir al mundo, a la rutina de trabajo, de dolor y cacería, de frío y soledad. De hastío de estar hastiado. Y el rechazo de los hombres civilizados, de la gente normal, que vive en casas con calefacción, que conduce automóviles veloces, y come y se viste conforme a los usos del momento,  y no según su necesidad corporal. De todos modos estaba cansado de soledad; cansado de todos los cansancios. Abrumado.

 

Apuró su desayuno, consistente en floja leche de reno y restos de carne del mismo animal, hizo un lío con sus pocas ropas, y sin mirar atrás se encaminó al sur, hacia la civilización, hacia la sociedad que lo rechazara tantas veces, incluso acusándolo de crímenes que no había cometido.

 

Mientras caminaba por el páramo cubierto de hielo, pensaba en el placer que le produciría el reencuentro con la gente sencilla, que es solidaria, que no pregunta. Habían pasado veinte años… para todos. Sus perseguidores habrían recapacitado, comprendiendo lo injusto de su actitud de dos décadas atrás. Su abatimiento se veía iluminado por una débil luz  de esperanza: ¡Volvería a ver y a tratar con seres humanos! Oír una risa de mujer, el llanto de un niño, una canción enamorada, las lamentosas protestas de un anciano, ver un cielo – y un paisaje – de verano, sentir amor, conectarse con la vida.

 

Caminó varias horas sin cansarse, empujado por el entusiasmo, y finalmente cuando la luz del cielo se hacía más opaca, filtrada por espesas nubes grises, en el turbio horizonte pudo ver un titilante rosario de luces humanas. Civilización. Apresuró el ritmo de sus pasos. Ahora se sentía nervioso y feliz, como un novio que va a encontrarse con su amada.

 

Ya estaba cerca. En las calles cubiertas de nieve, la gente parecía un negro hervidero de piojos. Cuando se acercó lo suficiente como para ser oído, comenzó a dar voces. Él mismo se sobresaltó al escuchar su propia voz, que le sonó semejante a un trueno. La gente, al oírlo y ver su alta silueta, desapareció dentro de las casas. Al parecer, se habrían asustado tanto como él mismo, de sus gritos entusiastas. Por un momento la aldea pareció deshabitada. Desierta.

 

Pero luego de un breve lapso apareció un grupo de hombres excitados, armados con largos fusiles, hachas y machetes, gritando: ¡Regresó! ¡Matémoslo! ¡Ha vuelto el Monstruo de Frankenstein!

 

Sonaron varios disparos. En el suelo helado, el grande y desgarbado bulto negro, inmóvil y moteado en rojo y blanco, parecía un triste muñeco de nieve abatido por el viento en la contraluz del ocaso.

 

 

General Pacheco, 8 de septiembre de 2010, 18.40 hs.

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