Teleportación
Todo empezó cuando el profesor Klaus Moritz me envió a su casa, con un ramo de flores para su esposa. Yo en ningún momento pensé que el profesor tuviera esposa, ni tampoco que me iba a usar a mí, su principal y único ayudante, para realizar esta tarea menor, propia de un mandadero, y no de un científico como yo, egresado con las más altas notas de la carrera de fisica cuántica de la Universidad de Heidelberg.. Bueno, el profesor era un hombre mayor, casi un anciano, pero con una capacidad de trabajo increíble, llegando a veces a concentrarse tanto que no se daba cuenta cuando el personal se retiraba del establecimiento, y se quedaba enfrascado en su tarea en el frío laboratorio hasta que lo vencía el sueño a altas horas de la noche, acompañado en el edificio sólo por la presencia del silencioso guarda nocturno. Yo me quedaba a su lado todo el tiempo que podía, hasta que consideraba el riesgo de ingresar a mi pabellón a una hora en que haría rato que todos estarían durmiendo, y mi llegada constituiría una molestia para mis compañeros residentes.
Esa tarde, serían las cinco, el profesor levantó la vista del monitor que indicaba la frecuencia con que los neutrinos golpeaban al núcleo de selenio sintético, ya que necesitaba hacer una importantísima medición, y me miró con sus ojos acerados, fríos como el hielo. – Braumann – me dijo – necesito un favor.
Yo dí un respingo, porque el profesor jamás me había llamado por mi apellido, tanto es así que yo pensaba que, o lo había olvidado, o que no lo conocía. Él metió una mano en el bolsillo, y sacó un billete de diez euros. – Braumann, necesito que vaya a una florería, compre un ramo de rosas rojas, y se las lleve a mi mujer, porque hoy es su cumpleaños, y no podré llegar a casa antes de las dos o tres de la mañana, con este asunto de la frecuencia de golpe neutrónico… Me dio el billete y la dirección.
Antes de que pudiera reaccionar, yo estaba caminando sobre los azulados adoquines de la Schwartzmigerstrasse, brillante de lluvia.
Cuando empecé a trabajar con el profesor Moritz ni me imaginaba que un día me iba a encontrar en esta situación, yendo a llevar a su casa un ramo de rosas rojas a una dama a quien no conocía, de parte de un marido excesivamente ocupado en su trabajo. El profesor era un hombre de pocas palabras, y nunca hablaba de su vida privada. Los ayudantes sabíamos que había estado mucho tiempo en Sudamérica, en un país llamado Colombia, donde había música y mujeres hermosas, y el clima era siempre primaveral. Parece que allí se contactó con otro físico, quien lo convenció de participar en un proyecto militar para los Estados Unidos, en base a una teoría de teleportación. Se trataba de transportar un barco de guerra, desde la costa de California, hasta un lugar secreto de la costa este, donde se hallaba una base militar… Por medio de ondas de radio.
Nunca supe del resultado del experimento, pero sí que el profesor había venido a Alemania para perfeccionar el método, y que el gobierno de los Estados Unidos le estaba financiando la investigación en medio del máximo secreto, y precisamente lo había sacado del país para evitar operaciones de espionaje. Aquí, en Heidelberg, Klaus Moritz era un científico más, y se esperaba que por su conducta discreta y tranquila no llamaría la atención de nadie. Efectivamente, Moritz era una hormiga de trabajo. Día y noche.
Estaba recordando estas cosas, cuando me encontré frente a la Florería Goldblum. Entré, y pedí un ramo de lindas rosas rojas que me entregaron envueltas en un papel transparente y plastificado, adornadas con unas ramas de helecho. Pagué, me dieron el vuelto, y salí rumbo a la casa del profesor Moritz.
Esta era una casa de piedra y ladrillos, como tantas de nuestra ciudad. Subí los dos escalones del pequeño porche de entrada, y toqué el timbre. Quien abrió la puerta era una hermosísima mujer de unos treinta años, de pelo castaño claro, con unos ojazos verdes como dos primaveras, y unos labios rojos como claveles reventones. Ante el hechizo de su belleza me sentí como atontado, pero me recuperé rápidamente. Me dijo que era la esposa del profesor, y le expliqué que éste tenía mucho trabajo, y que como no podía desatenderlo le enviaba este presente como regalo de cumpleaños. Junto a ella, un perrito de pelaje enmarañado me miraba sin ladrar, y agitando su cola como un pequeño plumero.
-Pase – me dijo – lo invito con un café.
Charlamos alrededor de una hora. Pese a que no soy un adolescente romántico, sino un cuarentón divorciado y con un hijo, me enamoré como un adolescente romántico. Además ella poseía un hechizo especial. Cada ademán, cada expresión de su rostro, su sonrisa, los involuntarios movimientos de su cuerpo capaz de fascinar a un ciego, su voz sensual, y ¡sus ojos! Sus ojos verdes, de mirada profunda… Penetrante… En cuanto pude superar el hechizo, vencer ese deseo que me hacía no querer irme más de esa casa, permanecer junto a esa diosa de mirada de esmeralda, le dí atropelladamente las buenas tardes, y corrí, literalmente, al laboratorio.
En el trayecto se me ocurrió una idea. Una idea terrible, pero que me pareció magnífica en el momento en que apareció en mi mente. Yo tenía que aprender todo lo posible sobre el experimento que estaba llevando a cabo el profesor Moritz. Tenía que dominar la técnica de la teleportación, y mientras el profesor y su mujer dormían, intercambiar lugares con él. Yacer yo con ella en el lecho, llevando a mi jefe a algún lugar lejano, aunque por el momento no creía que pudiera pasar del laboratorio. Estaba decidido a hacer cualquier cosa con tal de poseer a esa mujer que me había robado los sentidos.
Pasé muchos días después de hora, acompañando al profesor en su constante tarea, observando, observando, aprendiendo a centrar el rayo teleportador al sitio exacto, teletransportando flores y ratones, objetos de la más diversa índole, de un sitio a otro primero del laboratorio, luego del edificio, y ¡Llegó el día en que el profesor graduó la máquina para intercambiar algo desde y hasta su propio domicilio! Decía que si lo lograba, la máquina – y el experimento – estarían terminados. Yo sentía el corazón en la boca, y mi jefe al verme turbado pensaba quizás que era la emoción por la culminación de la obra, si bien mucho había por mi parte de subjetivo en esto, porque Moritz nunca dejaba traslucir sus estados de ánimo.
Era un día de sol flojo y opaco; el invierno seguía adueñándose de la ciudad y de los corazones de sus habitantes. El laboratorio estaba helado. El profesor y yo tomamos un té caliente que él mismo preparó sobre un mechero, antes de enfocar el aparato hacia su domicilio, cosa que luego hizo con extremo cuidado. Yo mientras tanto, tomaba nota de todo, como era mi obligación, pero con un placer y una tensión nerviosa que el viejo profesor ni imaginaba. Registré todo en mi memoria, al par que lo anotaba en el papel. Cada paso que el doctor daba, yo lo retenía, y tendría que repetirlo esa misma noche, por mi cuenta, si todo salía bien. Ubicado perfectamente el emisor del rayo, hechas las mediciones y los controles correspondientes, mi jefe se quitó los zapatos, y los colocó en el gabinete intercambiador, una caja de cristal con una puerta hermética, y el techo de una aleación de platino, que lo hacía receptor del increíble rayo. El profesor cerró la puerta, verificó una vez más los controles, y apretó el gran botón rojo que, ubicado en el centro del tablero encendía la máquina.
Se oyó un muy suave zumbido, casi un siseo, que se me antojó el silbido de una víbora, y los zapatos desaparecieron de la caja, ¡apareciendo en su lugar un pequeño perro de pelaje enmarañado y rabo semejante a un plumero, que se abalanzó sobre el profesor en cuanto éste abrió la puerta, haciéndole toda clase de fiestas y brincando de alegría!.
El experimento había tenido éxito.
Esa noche, Klaus Moritz se fue a dormir temprano, visiblemente agotado; mañana le esperaría un día muy agitado, lleno de compromisos, de entrevistas con el embajador de los Estados Unidos, de explicaciones tanto técnicas como políticas, pues tendría que simular haber llevado a cabo otro tipo de experimento, ya que éste era un secreto de estado. Era verdaderamente maravilloso, eso de poder enviar por medio del rayo desde un objeto, inanimado, hasta un animal o una persona, y a la vez recibir otro objeto, animal o persona a cambio. Si bien yo conocía todos los detalles del funcionamiento de la máquina, no dejaba de maravillarme el resultado obtenido… y esa noche la probaría conmigo mismo.
Me quedé en el laboratorio, solo, como solía quedarse Moritz, mientras todo el personal se iba retirando hasta el siguiente día, sin sospechar siquiera que en esta área acababa de terminar con éxito total un experimento que iba a revolucionar al mundo. Aproximadamente una hora después de que se fue el último empleado, tomé mis anotaciones, y me acerqué a la máquina. Controlé la dirección del rayo, lo que no me costó gran esfuerzo, pues disponía del visor iónico que me permitía ver exactamente a dónde llegaba , y si bien no era una visión muy clara, ya que era virtual, era suficiente para apuntar la máquina, y producir el intercambio con éxito.
Me quedé sentado junto al tablero de control, mirando fijamente el reloj grande, redondo, con borde de aluminio adosado a la pared frontera. Tenía yo la sensación de que sus agujas no giraban. El tiempo para mí pasaba con una lentitud espantosa.
A medianoche conecté el visor, pude ver que el profesor había llegado a su casa, pues estaba ya en el dormitorio, hablando con su mujer, y luego se dirigió al baño. La hermosa colombiana se sentó en la cama, mientras esperaba a su marido. Yo me sentía un cazador acechando a su presa. Sentía el loco placer de dominar la situación. Desconecté el visor, y fui hasta un pequeño lavabo que hay en el laboratorio, y me enjuagué las manos y la cara. El sudor y el polvo me habían producido una especie de barro, y al secarme ensucié la toalla.
Pasó una hora. Conecté nuevamente la máquina, y por el visor pude ver que el profesor y su esposa dormían, según indicaban los dos cuerpos tendidos en la penumbra. No debía equivocarme en nada. En ello me iba la vida. Suspiré. ¡En unos minutos estaría yaciendo junto a la hermosa mujer de Moritz, y éste se encontraría súbitamente en el laboratorio, sin saber qué había ocurrido! Me temblaban las manos, y sentía un dolor nauseoso en el estómago. Me sobrepuse como pude, programé la máquina, y me introduje en el pequeño cuartito de cristal. Se oyó el silbido de la víbora, y me encontré súbitamente acostado en la cama del matrimonio Moritz.
Junto a mí dormía el profesor.
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General Pacheco, 27/7/10, 22.50 hs. JUAN CARLOS LAVARELLO
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August 19th, 2010 at 11:20 am
interesante el cuento y luego que pasó…. se desperto el Profesor Moritz?