T E L E V I S O R (de “Cada cual, cada cual…) 1985

Norberto llegó a su casa algo más nervioso, cansado y tenso que de costumbre. Esos regresos a casa de todas las tardes, con esa sensación de que cualquiera de ellos podía ser el último, ese no poder compartir con Nora su preocupación, hacía que su regreso no fuera en absoluto una apromesa de alivio, de paz, de descanso, sino otro eslabón de la cadena de tensiones y sobresaltos que constituía su vida. En la calle se sentía inseguro, perseguido, acechado por cada peatón, amenazado por cada vehículo que podía atropellarlo y acabar con él en cualquier momento; ¡para qué se habría metido en esto! A veces le parecía que todo era un juego. Que nadie sabía de su existencia, que sus actos carecían de significación, que el ir a la casilla de correo y retirar y depositar paquetes eran meros actos naturales que carecían de importancia, que en realidad se trataba de inocente correspondencia personal, que recibir y distribuir instrucciones era algo que nadie penaba porque las palabras “resistencia”, “guerrilla”, “libertad”, ”política” etc., no querían decir nada y eran solamente voces sin sentido. Otras veces, hasta la cambiante luz de los semáforos le parecía una amenaza de muerte.

Llegó a su casa. No abrió sin antes estar bien seguro que nadie lo observaba.Las palabras del teléfono aún sonaban en su mente. Era común que el teléfono sonara, y al contestar oyera una voz dura y cavernosa que le anunciaba su muerte para esa tarde. Ya le había ocurrido muchas veces. En algunas oportunidades le impresionaba más que en otras. Hoy, por ejemplo, había sido algo diferente y quizás se diría original. La voz le había indicado que encendiera el televisor a la hora del noticiero, y que ”allí conocería su forma de morir”. Él casi se rió, porque la frase le parecía una soberana estupidez, pero a medida que se acercaba a su domicilio, las palabras iban creciendo en significado, y constituyeron, por su extrañeza, casi un desafío; ¡el televisor y a la hora del noticiero! ¿Por qué? ¿Por qué no a cualquier hora? Esto alejaba toda posibilidad de que hubieran colocado una bomba en su televisor, o que lo hubieran electrizado, o algo así. Por las dudas, tomaría precauciones.

Nora aún no había llegado. ¡Pobre Nora! Buena esposa, en los pocos años que llevaban de casados. Compartía su ideal político pero, dada la delicadeza de su misión de correo estratégico, no era permitido a él explicar a su mujer sus verdaderas actividades. Nora más bien creía que su participación en el movimiento era de apoyo espiritual. Si hasta a veces le había preguntado por qué no se enrolaba en las filas de los rebeldes, ya que no tenían hijos, y compartían en un todo el mismo ideal, entusiasmo y espíritu de lucha. El, con distintos argumentos, la había disuadido. ¡Pobre Nora! Si supiera que se sentía – y probablemente lo estuviera – constantemente vigilado, constantemente perseguido… Cerró la puerta de calle con llave y pasador. Nora no se alarmaría si encontraba atrancado, pues estaba acostumbrada a las “exentricidades” de su esposo. Por otra parte ella tenía la llave maestra que abría los pasadores. Despacio, pues tenía tiempo de sobra, y para ir relajando los nervios, fue hacia el bar, y se sirvió un whisky con soda.

El calor de la bebida al deslizarse por su garganta y llenar su pecho le devolvió algo de ánimo. El chalet era pequeño. Verificó las ventanas y la puerta de la cocina. Todo cerrado y atrancado. No le quedaba más que encender el televisor y ver el noticiero mientras que esperaba que Nora regresara de la peluquería.

Por las dudas, tomó un destornillador de su cajón de herramientas (prodigio de orden y aseo) y le quitó la tapa trasera al televisor en busca de un artefacto explosivo. Sabía que no había nada allí, y sabía que no podía haberlo; además no había NINGUNA huella de que nadie hubiera entrado en la casa en su ausencia o la de Nora. Ellos eran metódicos hasta la exageración, por eso el Movimiento lo había elegido como correo estratégico. Cualquier platito, cualquier cuadro o mueble levemente fuera de su lugar, cualquier almohadón arrugado lo habría llevado a sospechar. Nada encontró. ¡Claro, no había nada! Colocó la tapa.

Encendió el televisor. Una tanda de avisos. terminó la tanda. El locutor anunciaba el programa de noticias. La suave luz blancoazulada del televisor adquirió mayor brillo, mucho mayor brillo, el azulado se tornó rosado, rojo, violeta, todo en una fracción de segundo…

Cuando Nora regresó, lo primero que hirió su olfato fue un fuerte olor a churrasco. Fuerte.

Se dirigió al living. En la penumbra, el televisor funcionaba normalmente, trasmitiendo las noticias del día. El olor provenía de la cosa horriblemente quemada, en el sillón, frente al televisor.

                                                           General Pacheco, entre 1971 y  1975.

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This entry was posted on Sunday, March 28th, 2010 at 12:13 pm and is filed under Cuento. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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