E L S A N T U A R I O (De “La hora rosa/la hora azul”). 1985

 

¡Qué placer, como dice W. H. Hudson, tirarse de panza sobre el pastizal, con el caballo con las riendas en el suelo, y quedarse mordisqueando un yuyo, mirando la lejanía, y pensando… o no! Sí, efectivamente. Pero en el norte la escenografía es diferente, y tanto hay claros y pequeños prados con montes de espinillo, y hasta grandes montes de algarrobos y eucaliptos. Por otra parte quizás la geografía interior cambie, o no es que difiera para nada la imaginación de un niño, pero todo se condiciona al lugar y a la época.

Gran solitario, yo solía tener mis lugares secretos para jugar. El gran galpón lleno de fardos de alfalfa en el fondo, y su parte delantera albergando los coches y sus arneses y también el auto, ese viejo Rugby 1928 que un día salió a remolque de un camión, y con él se terminaron mis sueños de gran volante… hasta que descubrí una máquina parecida a un tractor, oxidándose entre un montón de fierros viejos, y en las siestas solía sentarme ante sus mandos, y manipulando palancas y pedales concretar infinitos raídes estáticos, pelándome las manos y el trasero con los metales recalentados por el sol…

Estaban “las tres piezas”, esa construcción que mandó hacer mi padre, y en cuya habitación central o “pieza’el medio” había un zarzo de secar quesos, ya que a eso iba a destinarse inicialmente ese cuarto, pero que al fin terminó siendo otro depósito de cosas insólitas; entonces, con mi hermano Jorge, de tres o cuatro años a la sazón, teníamos un escondite arriba del zarzo, al que habíamos acomodado y alfombrado como una diminuta habitación a todo lujo. Lo que nos faltaba, lo suplíamos con imaginación, pues de eso teníamos cantidades industriales…

En fin, los nidos de los pájaros, que ellos creían hacer en lugares secretos y seguros, las cuevas de las alimañas, el patio de tierra donde tenían lugar las cacerías de lagartijas a pleno sol, todo eso era parte de mis lugares secretos de juego, hasta que un día decidí tener un lugar secreto donde llevar a cabo ceremonias más secretas aún. Algo que fuera como un recinto sagrado sólo por mí conocido, en el que pudiera celebrar cultos por mí inventados a deidades que no había creado aún. Esto demuestra que el instinto religioso es natural en el hombre, y quizás demuestra que a una edad en que se me debían haber controlado un poco las lecturas no se lo había hecho en absoluto.

Así fue como un día encontré un claro en un bosquecillo de espinos muy tupido, que semejaba un pequeño prado, con un pasto muy corto y suave, que hoy definiría como un “green” de golf. Poco a poco, y durante varios días fui llevando hasta allí calaveras de vaca. Más de un mes demoré en acondicionarlo, hasta que quedó convertido en mi santuario secreto. Era un recinto casi cuadrado, flanqueado en sus cuatro lados por la tupida pared verdegris de la tusca. En cada esquina, una cadera de vaca hacía como de esquinero o asiento, y en todo su perímetro, describiendo un círculo lo más perfecto que pude, acomodé calaveras de vaca, sin la quijada inferior, una junto a la otra, todas mirando hacia el centro del pradito. En el justo medio clavé un palo, donde ensarté otra calavera.

Como el sendero para acceder al santuario era muy difícil y escondido, lo fui señalando con huesos; algunos al pie de una tusca, otros ensartados en las ramas. Por si el lector se sorprende, aunque creo que ya en otros relatos lo he mencionado, debí decirle que en el campo, y sobre todo en 1945, encontrar en el suelo un hueso de vaca o caballo era como levantar una piedra, o cortar una hoja de un árbol; estaba lleno de ellos. Incluso venía a nuestro campo un “turco”(1) que pedía permiso para pasar  con su carro, y salía con el vehículo cargado de huesos hasta el tope.

Como un mes trabajé para preparar el santuario. Una vez terminado, no supe qué hacer con él, y lo abandoné. Pienso que alguna vez alguien tiene que haberlo descubierto, y en la sorpresa y la intriga consecuentes. Por lo menos tiene que haberle hecho levantar las cejas.

 

(1)     Como se sabe, en nuestro país se les llama habitualmente “turcos” a los árabes.

 

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This entry was posted on Sunday, March 28th, 2010 at 10:53 am and is filed under Relatos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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