IDEA PARA UN CUENTO (De “Crónicas de la Paranoia”, agosto de 1998)

El hombre – obrero tímido – se siente muy agradecido. Durante los cuatro años que ha estado viniendo a la cantina, almuerza entre sus dos horarios de trabajo. Ese día (que ha cobrado) decide dejar una suculenta propina al cantinero como muestra de ese agradecimiento, y lo hace con todo disimulo, dejando sobre la mesa un billete de cinco pesos y yéndose sin ser visto.

El cantinero, que le tiene aprecio, y lo sabe pobre y necesitado, al ver el dinero decide guardarlo para devolvérselo, pues piensa que el hombre lo ha dejado olvidado. Justo es fin de semana, y quizás pueda encontrarse en un apuro. Va a tener que esperar hasta el lunes, si es que el hombre viene, claro está.

Por su parte el obrero habría querido dar personalmente las gracias al cantinero por su amabilidad al atenderlo, pero no se ha animado; sufre porque teme que el otro se ofenda a causa de la propina.  Sólo ha querido mostrarle su agradecimiento, su amistad. Se siente frustrado.

Durante todo el sábado y el domingo, el cantinero hace todo lo posible por ubicar al obrero, a fin de devolverle los cinco pesos porque piensa que quizás no tiene para vivir; no puede pensar que semejante suma se haya dejado como propina. No lo encuentra, y termina el fin de semana con no menos frustración que el operario.

Finalmente llega el lunes. El cantinero atisba contínuamente, presa de gran ansiedad, hasta que ve aparecer al obrero. En cuanto éste se sienta a una mesa – lejana y escondida – el cantinero se le acerca esgrimiendo como una lanza el billete de cinco pesos. El operario no comprende, el cantinero le explica que encontró el billete, y el operario, en su timidez lo rechaza, no animándose a decir que se trataba de una propina. La conversación se vuelve tensa; discuten, se amenazan, se dicen cosas irreversibles. En un momento dado uno de ellos amaga un golpe, que el otro esquiva. Se tiran el uno al otro el dinero a la cara. Por último el cantinero rompe en pedazos el billete en medio de terribles insultos, presa del furor más descontrolado. El operario, lívido de furia, se acuerda de todos los antepasados y demás familiares del cantinero, da media vuelta y se aleja, jurándole por su madre que jamás, jamás volverá.

Cae un telón lento como de cosas irremediables. El destino ha querido que se concrete una frustración más. Así es la vida.

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This entry was posted on Saturday, March 13th, 2010 at 11:38 am and is filed under Cuento. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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