D O N A R T U R O

                                                                         a Hernán Rubio

 

Don Arturo era ya mayor cuando lo conocí. Pasaría los setenta, si bien su cabello renegrido, su terso rostro achinado y sus pequeños ojos vivaces decían de una juventud que no quería irse.

Desde que llegué a la estancia – joven estudiante en vacaciones –

su personalidad me atrajo de manera especial. Lo escuchaba contar historias de duelos, de riñas de gallos, de pelos de caballos y de arreos, y me imaginaba estar acompañándolo en las labores camperas, en las yerras, y en las proezas de coraje, de las que, como buen paisano, solía alardear.

 

Su tarea actual era liviana, en atención a su edad, y a su antigüedad en el establecimiento. Lejos estaban ya sus años de peón de a pie y de a caballo, de su habilidad para tirar el lazo, para pialar, para castrar, y   para apartar hacienda, pechando con su famoso rosillo, y golpeando en los orejudos guardamontes.

Actualmente se le había asignado la tarea de abrir por la mañana todos los molinos, y cerrarlos al caer la oración. A esos paseos matinales y vespertinos lo acompañaba yo, infaltable, lleno de mi admiración de muchacho, y al poco tiempo éramos ambos parte del paisaje; él en su peruano tuco (el rosillo ya no estaba en este mundo) y yo en mi petiso bragado, recortándonos contra el horizonte crepuscular.

 

Don Arturo, cada tanto, me mostraba algún detalle del camino; “véia, un hormiguero” y yo no podía creer que las hormigas hubieran construido una pirámide de casi un metro de alto;”velay’tá una corzuela” y mis ojos agrandados de asombro comprendían que ese movimiento casi imperceptible entre los arbustos era causado por un pequeño ciervo, o que el negro y veloz peludo pasara como un pequeño bólido entre las patas de nuestras monturas. Los pájaros del atardecer – atajacaminos, boyero y crespín – ponían el condimento necesario para armar el guignol del ocaso.

 

Una de esas tardes, en que la naturaleza nos acompañaba al tranco, noté al viejo más ensimismado que de costumbre. Miraba a su alrededor como si buscara algo, por lo que me animé a preguntarle: “Don Arturo, ¿qué se le ha perdido?”

 

El hombre me miró como desde adentro, como si lo hiciera por primera vez en su vida. Luego de un largo silencio, habló como para sí mismo, con una voz enronquecida, que se me antojó ahogada por la emoción: “Hace años… por estos lados perdí un cuchillo… Cada tanto, cuando paso por aquí, miro, a ver si lo veo…”

“¿Quiere que lo ayude a buscarlo?”

“¡Meta!”

Y entramos con nuestros caballos en el alto pastizal.

 

 “Yo sé que lo voy a encontrar”… La luz de la tarde se agostaba, el sol se perdía entre los altos eucaliptos, cuando el viejo emitió algo como un jadeo, y con una agilidad extraordinaria se apeó del caballo. A la luz rosada del atardecer en un retazo de oscuro verde, rodeado de grises matorros, un cuchillo de negra vaina, larga hoja y gastado mango de hueso esperaba el regreso de su dueño.

 

Don Arturo se agachó y tomó el cuchillo rápidamente, haciendo gala de esa pasmosa agilidad que pugnaba con mi asombro, y mirándolo como a algo muy, muy valioso o muy querido, me dijo “Yo sabía que lo iba a encontrar”…

 

Quizás mi juventud hizo que me brotara inmediata la pregunta:”Pero, Don Arturo, ¿Cómo estaba tan seguro de encontrarlo?”

 

El viejo me miró con una intensidad que diría que sus ojos brillaron con más fuerza que la ya tenue luz de la tarde.

 

“Es que este cuchillo… – me dijo – este cuchillo tiene una muerte…”

 

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This entry was posted on Friday, January 22nd, 2010 at 6:19 pm and is filed under Cuento. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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