L L A V E

 

Plaza Constitución, noche de invierno. El hombre, de unos cincuenta años y aspecto rústico, bajó ágilmente del colectivo, y corrió hacia la estación, donde debía tomar el tren para volver a su domicilio luego de un duro día de trabajo. Hacía mucho frío, y debía apurarse, porque de no tomar el rápido, el próximo a Bosques salía dentro de una hora.

 

Pero, súbitamente, recordó que había prometido a su mujer hacer una copia de la llave de su casa, pues tenían una sola, y normalmente se la quedaba ella, pues de otro modo quedaría encerrada afuera, si salía por cualquier motivo, y además  tenía que llevar a los chicos a la escuela. Ese día había arreglado con la vecina que quedaría en su casa cuando ella saliera, y él se había traído la llave a Buenos Aires para sacar una copia. Bajito, profirió una palabrota.¡Se había olvidado totalmente!, y no quería ahora volver sin ella; su mujer lo trataría de tonto, y tendría la sensación de haber perdido el día. Prefería perder el tren.

 

Al entrar en el enorme hall, empezó a buscar entre los muchos kioscos alguno que hiciera llaves, en medio del espeso ir y venir de la gente –  multitud sin individualidad y con mil destinos – que le dificultaba la visión, y por lo tanto la búsqueda.

 

Finalmente, divisó uno sobre su izquierda, y avanzó hacia él empujando gente y recibiendo mil empujones. Eran las diez de la noche, y muchos comercios iban apagando las luces, dando la sensación de que la estación fuera muriendo de a poco. Se apresuró para no llegar cuando estuviera ya cerrado.

 

Cuando llegó, breve lapso que para él duró un siglo, estaban ya bajando las negras cortinas metálicas, y un hombre estaba dentro de una especie de jaula anti robo detrás del mostrador; evidentemente tenían miedo de los asaltos. El hombre sacó la llave del bolsillo, atravesó con los antebrazos la reja, y apoyando las manos en el mostrador llamó al hombre que aún permanecía de espaldas, activando algo,  una alarma, quizás.

 

En ese momento, como una veloz y macabra guillotina, cayó la cortina metálica, y le cortó los dos brazos de un solo golpe, continuando su vertical destino de bloqueo.

 

Las luces comenzaban  a apagarse.

La gente pasaba, ensimismada, sin darse cuenta de nada.

El hombre miraba perplejo sus sangrantes muñones.

 

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Gral. Pacheco, 23 de diciembre de 2009, 21,15 hs.

 

 

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