N O C H E D E N I E V E
No sé si fue el frío, el sueño, o el té con aguardiente. Mi mente no lo pudo establecer. Es un conjunto de imágenes borrosas que se mezclan, como en un caleidoscopio, como en un remolino que se hunde en un abismo que no puedo entender, pero que me envuelve como las pieles de oso con las que me cubro para dormir.
Me despertó un ruido leve en la puerta como cuando un tejón o un oso la rascan queriendo entrar al olor de la comida. Me senté en mi lecho de pieles, y esperé. El ruido no se repitió. El fuego se mantenía vivo, señal de que hacía poco que me había dormido. Encendí la lámpara de aceite de foca, y al hacerse la luz pude ver todo el interior de la cabaña. Cada cosa estaba en su sitio; la mesa, con los restos de la cena, el vaso y la botella, el rifle colgado en la pared junto a mis raquetas de nieve, la leña apilada en el rincón, la carne y el pescado puestos a ahumar, ennegrecidos como el techo, vestido ya de hollín.
Iba a apagar la lámpara, cuando el ruido se repitió. Salté de la cama, tomé el rifle, y me acerqué a la puerta; entreabrí la mirilla, saqué por allí el caño del arma, y disparé, tres, cuatro, cinco veces, en todas direcciones. Silencio. Abrí la puerta. La nevada era copiosa y no permitía ver más allá del largo de un brazo. Miré hacia abajo. A mis pies yacía, acurrucada, una mujer joven completamente desnuda.
Mi sobresalto fue grande. De un solo golpe se me fue el sueño y se despejó mi mente. Al reflejo de luz que salía por el espacio entreabierto de la puerta de la cabaña, salvo la mujer acurrucada a mis pies no se veía nada alrededor: Ni el bosque, ni el cielo, nada. Como un relámpago involuntario evoqué la muerte de mi perro, ocurrida una semana antes, cuando estábamos cazando ciervos. Era un verdadero compañero, y había muerto por mi culpa. Yo había disparado a una cierva joven, y mi perro se había interpuesto. La bala le había atravesado el cuello. Murió en el acto. Yo había vuelto arrastrando su cadáver, despreocupado de la caza. Esa noche me emborraché; no podía comprender cómo realmente había podido ocurrir algo así.
Y ahora la mujer.
Me agaché y la levanté del suelo; era hermosa y estaba viva. Me estremecí cuando mis manos entraron en contacto con su piel; aparentemente estaba desvanecida por el frío. La tomé en mis brazos y la deposité sobre las pieles de la cama. Era una joven de piel clara, cabello castaño, buenas formas y de unos veinte años. Tiritaba, y le puse entre los labios la botella de aguardiente, sin lograr que tragara ni una gota. El alcohol resbaló por sus comisuras, y goteó por los costados de su cara. Tenía una herida en el cuello, de la que manaba muy poca sangre. Restañé la herida con los sencillos medicamentos que nunca me faltan, un polvo antibiótico, y un emplasto de grasa de oso, y al ver que no sangraba, la cubrí con varias pieles, y la dejé dormir. Ya su cuerpo se calentaría así abrigado, y en la mañana se sentiría mejor. Así podría preguntarle quién era, de dónde venía, y qué le había sucedido.
Me senté en un banquito que tengo siempre cerca del fuego, apoyé la espalda en la pared de troncos, y – poco a poco – me fui quedando dormido. Soñé con la que fue mi mujer, con el matrimonio iniciado como un estallido de entusiasmo, ilusiones y proyectos, y la infidelidad descubierta en forma accidental; mi fallido intento de matarla, la separación, mi huída de lo civilizado, como queriendo morir en vida, mi llegada al bosque, a la cabaña, en fin, era un sueño recurrente. Estaba harto de soñar lo mismo prácticamente cada noche.
Me despertó la luz del amanecer que entraba por los vidrios empañados de la ventanita que daba al este. No eran precisamente los cálidos rayos del sol, sino una luz gris de día nublado y – seguramente – frío. Me sorprendí de haber dormido sentado, e inmediatamente recordé todo. En la cama, entre las pieles, se dibujaba la forma de un cuerpo.
De un salto me dirigí al lecho, y aparté los cobertores. Allí no había ninguna mujer; sobre las pieles estaba estirada, muerta, una cierva joven, con un balazo en el cuello.
Gral Pacheco, 9 de septiembre de 2009