C A O S

                                   

 

Amable lector. Esto que voy a relatar, no es ni una pesadilla, ni una película de Fellini. Es simplemente una exposición de hechos reales.

 

Ingresé en el recinto por una pequeña puerta, y me sorprendió, ­inversamente de lo que podría ser lo “normal”  -  el ruido y el griterío que se escuchaban dentro del salón atestado, (unos l5m²), respecto de la calle, a esa hora tranquila en la mañana de verano. A mi derecha, junto a la entrada, el rollo de números para turnos exhibía el 167, pero, extrañamente, alguien había puesto encima del aparato de plástico, un talonario con otros números, que ofrecía al que ingresara el 58.

 

Algo desconcertado por el barullo y el amontonamiento,  un poco no pude evitar recordar la escuela primaria y otro poco el campo de mis mayores, cuando se vacunaba a la hacienda, haciéndola pasar por un brete. Empujones, pisotones, gritos, lo que faltaba eran las palabrotas y las piñas.

 

Antes de seguir adelante, quiero aclarar, que la multitud vociferante no estaba compuesta ni por alumnos primarios, ni por reses. No. Todos los hombres y mujeres que allí se debatían afanosamente, eran… ancianos.

 

Advertí que se había formado una cola en el único pasillo que quedaba entre las destartaladas butacas, y me agregué, pensando: “Es posible que los números sean para otra cosa. Voy a preguntar por lo que vengo a tramitar”. En una punta de la cola estaba yo, y en la otra, atendiendo a los demandantes, una mujer de alrededor de setenta años, que mientras averiguaba qué necesitaba cada uno, comía atropelladamente medialunas de grasa, que sacaba de un cajón del escritorio.

 

Cuando me tocó el “¿Quién sigue?”, me acerqué y expuse la razón de mi visita; la mujer me preguntó nombre y apellido (lo escribió mal, y tuve que pedirle que lo rectificara), y me indicó que tomara asiento hasta que me llamaran. Le pregunté por los números de la entrada, y me contestó “deben ser para alguna otra cosa”. Tomé asiento en una butaca que se movió peligrosamente, como dudando si resistir o no mi peso.

 

A todo esto, se veía que atención al público era sólo una parte de la actividad de la oficina, porque constantemente entraban y salían del salón por puertas laterales, hombres y mujeres, algunos jóvenes, como un hombre a todas luces discapacitado motriz, y una mujer casi totalmente cubierta de tatuajes, con un avanzado embarazo. Llevaba un expediente en la mano. Otra mujer no tan joven pero no tan anciana como las otras, salió de una oficina lateral, y se puso a hablar por teléfono. Estuvo hablando todo el tiempo que estuve sentado allí. Pienso que estaría dando un largo informe, no sé.

 

Pasaron las horas. Yo había llevado un libro para matar el tiempo, pero el infernal vocerío hacía imposible que me concentrara en la lectura; de modo que me puse a observar la gente a mi alrededor. Así pude hacerme cargo de que los gritos no provenían tanto de la gente que esperaba, sino de las ancianas que atendían distintos requerimientos de la gente, y que probablemente por razones de edad carecían casi totalmente del sentido del oído, y de la paciencia y habilidad necesarias para atender público, que como se sabe no es tarea fácil, y menos tratándose de público… anciano. Había una mujer – empleada – que agitaba violentamente un papel amarillo frente a las narices de una mujer joven que estaba sentada a su frente, mientras gritaba como un energúmeno: “¡Esta no es mi letra! ¿Usted cree que estoy loca? ¡¡ESTA NO ES MI LETRAA!! Yo, totalmente perplejo, no podía creer lo que veía y – por cierto – oía, por lo tanto me puse a conversar con una amable señora que, sentada a mi lado, abría los ojos como platos, evidentemente tan sorprendida como yo.

 

Mientras charlábamos, en la voz más baja que podíamos, que no lo era mucho dado el bullicio, yo observaba a la gente que llegaba y se anotaba en la lista en que figuraba yo, que era para ver al médico.

 

Un hombre de unos setenta años, delgado, con zapatillas blancas, se anotó, y corrió a colocarse junto a la cerrada puerta del consultorio. La señora que atendía medialuna en mano, le hizo un gesto para que volviera a la platea, y esperara su turno. Luego me miró – yo estaba sentado en primera fila – y me dijo: “Se cuelan a cada rato…”.

 

Pasada una media hora, vi que junto a la puerta del consultorio se habían reunido unas seis o siete personas… entre las que se encontraba el hombre de las zapatillas blancas. Como estaba yo casi al frente de la medialunera, le pregunté qué hacía allí esa gente, a lo que me contestó que “iban acercándose para que nadie les robara el turno”. Me pareció una barbaridad, y me levanté de mi butaca, mientras comentaba en voz alta (que no se escuchaba por el ruido ambiente) con tres o cuatro que estaban como yo, esperando, sobre el desorden, y la falta de respeto mutuo que exhibían  tanto las empleadas y empleados, como los que componían el público. En eso, se abre la puerta del consultorio médico, y alguien llama mi apellido. Fueron fracciones de segundo: El hombre de las zapatillas blancas pretendió entrar como una tromba en mi lugar… y digo “pretendió”, porque instantáneamente lo tomé de un brazo, y le di un fuerte tirón que lo hizo salir violentamente. Acto seguido, entré lo más sereno que pude a ver al doctor. El hombre se quedo quieto, afuera.

 

El médico, flemático, tranquilo, me preguntó la razón de mi visita, y luego de habérsela expuesto (necesitaba un certificado), me espetó un discurso sobre “su profesión de médico, y el tener que discriminar forzosamente por orden del Gobierno” en fin, se ve que estaba metido muy profundamente en su problema personal. Finalmente me atendió bien, y me retiré bastante satisfecho. Cuando me fui, el hombre de las zapatillas blancas seguía ante la puerta, no sé si esperando volver a colarse, o su turno real.

 

Era ya mediodía. Hacía cuatro horas que había llegado a las oficinas de PAMI, donde los jubilados tenemos que solicitar algunos medicamentos,   cambios de médico o de clínicas por habernos mudado de domicilio,  o reintegros por velatorios. República Argentina, Ciudad de General Pacheco, Provincia de Buenos Aires, febrero de 2009, siglo XXI.

 

“LA VERDAD OS HARÁ LIBRES” – Jn.8:32

 

“LA FORTUNA AYUDA A LOS VALIENTES” – Terencio

 

“CON LA VERDAD NO OFENDO NI TEMO” J.G.Artigas

 

 

 

 

Tags: , ,

This entry was posted on Sunday, August 30th, 2009 at 2:50 pm and is filed under Paisajes. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

Leave a Reply