F I N C I P I O (Un poema de 1972)

                                                         I                                                                     a Ray Bradbury

Estás solo. Solo.

A tu alrededor, nada. O casi nada.

Arena amarilla y seca, hasta los cuatro horizontes,

que se tiñen de sol pálido, en la mañana ventosa.

 

Estás solo. Te dejaron.

Te dejaron solo.

 

Las últimas naves partieron con ruido;

con el rugido hueco

del adiós final.

 

Con el ruido fatal, el ronquido seco del ya nunca.

 

Te dejaron algunas latas y un cuchillo;

simulacro de piedad par el condenado,

(ellos mismos te dejaron, para que te murieses).

 

Pronto fueron puntos en el cielo.

Y luego el cielo se llenó de soledad,

de la soledad tremenda,

que es la soledad del cuerpo

y el vacío del alma.

 

Ahora estás solo. A tu alrededor, arena y viento.

Poco viento. Poco.

 

Te sientas en el suelo, cansado de caminar

y encontrar siempre arena.

Cansado de haber vivido entre gente,

y encontrar que no estás preparado para prescindir de ella.

Tú, que soñabas con suprimir al género humano.
Tú, que odiabas al prójimo cordialmente,

y que por tu alienación,

por tu incivilidad, tu neurosis, te abandonaron solo.

Solo en esta tierra huera, vacía de vida

pero llena de presencias.

 

Te dejaron unas latas, y un cuchillo.

Latas.

Para que duraras un poco más, sutil tortura, inteligente.

Cuchillo.

Para que enfrentaras la realidad, y tomases tú la determinación.

Para que asumieses tú la tremenda responsabilidad de eliminarte.

Cuando lo creyeras conveniente.

Cuando lo creyeras conveniente.

 

Luego de caminar por la alfombra amarillo

en el viento pálido,

te sentaste en el suelo, agobiado.

 

No sabes cuántas horas pasarán.

 

                                                    II

 

No sabes cuántas horas han pasado.

Al principio era un puntito en el horizonte que se alarga.

Era una mota en la gran alfombra amarillogrisácea.

Pero ahora que se ha acercado, que la mano tuya crispada en el cuchillo

ha aflojado su tensión,

que has visto que es una mujer, que es joven, hermosa, yh está sola,

otras tensiones te gobiernan.

Recios instintos cantan en tu piel,

y al son de viejas campanas, hace tiempo mudas,

se encienden los fuegos apagados.

 

La miras. Hace rato que la miras

mientras ella avanza en el viento

levantando pequeñas nubecitas de arena

que se alejan como tules diminutos

a integrarse con la arena de otras áreas.

 

La miras. Es hermosa. La deseas.

Sabes que estás solo. Que están solos. Ella avanza.

El viento marca sus formas, indiscreto,

en el vestido de tela delgada.

 

Avanza. Su tez es clara.

En lo alto de su cabeza, orlada de rubio, gorgona del viento,

sus ojos están clavados en tí, como dos dagas.

 

Ahora ha llegado frente a tí, comprendes. ¿Comprendes?

Ahora ha llegado frente a tí, y te habla. ¿Entiendes?

¿Esperabas que hablara?

Esperabas que fuera una persona, que sintiera y rezonara?

 

Se siente como tú te sientes.

También a ella la dejaron sola.

 Te habla.

 

                                                      III

 

No sabes cuántas horas han pasado. El cielo

es una esfera pálida,

y el gris rubio del día, y la sangre de la tarde

han cedido al azul

sin que tú ni ella lo notaran.

 

Ya sientes frío.

Ya entre tú y ella amontonaron piedras.

Con la presencia de la primera lámpara,

cuando el azul abrió el primer ojo de plata,

ya un refugio de piedras protegía los cuerpos

de la última pareja,

de la pareja paria…

De la primer pareja.

 

Ya el azul se ha poblado de lámparas.

 

Muchas de ella son otros mundos, donde

la humanidad se ha asentado, entusiasmada,

pues la humanidad es como el Fénix,

no se convence y cree,

espera y trabaja.

 

Aquí, en la tierra, o lo que de ella queda,

arena, destrucción, castigo, muerte… Tú y ella descansan.

 

Arriba, en las esferas iluminadas,

la gente jura, reza, se junta y trabaja.

Asientan bases de nuevas civbilizaciones,

y escriben la historia de las terminadas.

 

A tu alrededor, Hombre de la Tierra,

sólo desolación árida.

 

Te sientas afuera, en la entrada de tu reducto.

Como se sentaron los trogloditas a la entrada de sus cavernas,

como se sentaron los burgueses a la puerta de sus casas.

 

Ella yace, ya dormida.

En su vientre quizá late la semilla de una nueva vida.

De una nueva humanidad.

Que contra toda lógica construirá jardines en el desierto,

para luego arrojar la bomba.

Una nueva humanidad que condenará a los misántropos,

a los enemigos de las asociaciones,

a los enemigos de la humanidad,

y que un día, luego de guerras, marchas, luchas y matnzas,

luego de la última bomba,

volverá a abandonar la Tierra,

para buscar en otras esferas

lo que tiene que buscar dentro de sí misma.

 

Todo esto piensas mientras tus ojos erran por la arena, y

las estrellas.

 

                                                       III

 

Es la mañana, y tú no lo sabes.

Y ella tampoco.

 

Ess la mañana y no están ustedes solos.

 

En el cielo, describiendo círculos perfectos,

dos buitres te miran

(y la miran a ella, tambien).

Hace un buen rato que un chacal, flaco, quemado,

se ha acercado a lo que quedaba de tí (y de ella)

y los ha olido.

No encontró nada vivo.

Te dejaron un cuchillo.

Para que enfrentaras la realidad, y tomases tú la determinación.

Para que asumieses la tremenda responsabilidad de eliminar

lo que construiste.

 

Aquí abajo, la arena amarilla, manchada – un poco – de rojo,

que el chacal lame.

Arriba, los buitres, el sol, ojo impasible

– si seguirá brillando, todavía –

y, aunque no se vean,

están todas esas esferas cargadas de esperanza,

de esa fe de ciclo,

que piensa que si no es esta vez, será la próxima.

 

Gral. Pacheco, 4/4/1972.  de “Cronostalgia” Ediciones Filofalsía, Bs.Aires.

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