P O R T A F O L I O S (de “Crónicas de la Paranoia” – 1998)

Siempre que salgo llevo el portafolios. Es abultado, de un lindo color marrón, un poco parecido a los que llevan los visitadores médicos. De hecho ya dos veces me han preguntado si trabajo para un laboratorio. En realidad yo llevo el portfolios porque me es útil y práctico, aunque a veces lo sienta un poco pesado. Algunos conocidos míos me han preguntado por qué no uso esos a los que se les llama “attaché”, y que están tan de moda; la verdad es que me encantaría tener uno, pero con un attaché de esos, tan elegante y delgado, no podría llevar todas las cosas que me caben en mi “Catalina”, como lo he bautizado.

Es mi compañero. Cuando por cualquier razón salgo sin él, siento que me falta la seguridad que me da su peso, y el placer del tacto de su manija de suela. Porque mi portafolios es de suela. En realidad, más que portafolios es un maletín, como el de los médicos y otros profesionales que ahora no me vienen a la mente, bueno, las parteras, por ejemplo.

Si por fuera es de suela, por dentro está forrado en una hermosa tela color amarillo, que me sugiere actividad, me recuerda mis obligaciones. Tiene tres amplios compartimientos en los que llevo: Un pullover, por si hace frío; un pequeño paraguas, que me hace llevar mi mujer. Llevo una pinza, porque uno nunca sabe cuándo la va a precisar, ni si se le va a descomponer algo en el momento menos pensado; también llevo por la misma razón una linterna, que me ayuda muchas veces a localizar la cerradura cuando llego muy temprano o salgo muy tarde del trabajo.

Llevo jabón y papel higiénico, por razones obvias; llevo también un libro. Una novela que estoy leyendo desde hace más de un año, porque la leo a ratos, cuando consigo asiento en el colectivo. Ya casi ni me acuerdo de qué trata. Es algo de la guerra. Además llevo un reloj despertador, por si me quedo dormido en el colectivo y me paso de la parada.

Lo que nunca falta en mi maletín profesional, es un sandwich de mortadela, que me hace mi mujer para que coma en la oficina, y así me ahorro el colectivo de ida y vuelta a la hora del almuerzo, y el gasto que supondría tener que comer en la cafetería.

Mi portafolios es como mi otro yo; él y yo nos complementamos totalmente. Es mi mejor amigo.

Y como tal, a veces, lo siento un poco pesado.

                                                                                      1998

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                                                                   A U T O

Me compré al finel equipo Carfburex, y se lo puse al Cisitgalia. Tiene sus años ¡pero cómo anda! Invité a Cacho para que me acompañara a probarlo a la Panamericana, pero dijo que no podía. ¡De puro envidioso! Dice que tiene que ir al cine con la novia. ¡Decime si teniendo la oportunidad de ir a dar una vuelta a pleno sol y de cara al viento, por esa ruta hermosa como la han dejado ahora, para meterse en la oscuridad de un cine! Yo, francamente, no lo entiendo. Bueno, la llamé a Claudia, ella sí aceptó, aunque me pidió que no corriera mucho. ¡Pero qué saben las mujeres de lo que es sentir el gustito de la velocidad! El caso es que fuimos. La pasé a buscar por la esquina de su casa porque los viejos no la dejaban salir conmigo. ¡Son unos tarados! Claudia me estaba esperando con termo, mate y facturas. El Cisitalia reflejaba la luz del sol en su carrocería pintada de rojo violento, como una joya deslumbrante. Subió, y salimos aelerando por Libertdor, esquivando los autos que se nos ponían en el camino. El sonido del escape retumbaba en las paredes y en los otros autos, como una verdadera sinfonía. Y yo era el director de orquesta.  Un auto me pasó por la derecha, en total infracción. Yo aceleré y lo alcancé; era un viejo choto que se ve que salía solamente los fines de semana. Se sobresaltó cualdo le grité de todo. Claudia me miró y puso una cara rara; después de todo no podía perder el tiempo mirando a Claudia; si tenés que manejar, si tenés que vigilar por el espejo al viejo choto. Por suerte no se animó a adelantarse. En Monroe, el semáforo se puso rojo de golpe, y yo tuve que clavar los frenos para no tragarme a una rubia idiota que con un Renault 11, frenó sin fijarse si venía alguien atras. ¡No hay caso! Las minas no nacieron para el volante. Eso de ¡andá a lavar los platos! es realmente lo que mejor les cabe. ¡Ni qué decir que luego me le crucé por delante y le clavé los frenos, para pegarle un buen susto! Es lo que se merecía. (¡Jé, la cara que puso!) Finalmente llegamos a la General Paz sin inconvenientes.

Del lado de Cantilo, por el puente, venía un camión con acoplado cargado de maíz o algo así.  Yo, que conozco lo que pica mi Cisitalia, aceleré al subir a la General Paz, y me le puse justo adelante, porque si no, con el tráfico que había, iba a quedar último en la fila de autos. Ya habíamos perdido bastante tiempo en Libertador, y si ahora no me apuraba no íbamos a llegar nunca a la Panamericana. De golpe oigo un ruido terrible atrás, y por el espejo veo que el camión casi se me viene encima, y luego desvía y se da contra el guardarail  sacando chispas y levantando dos ruedas de cada lado alternativamente, mientras el maíz o lo que fuera salía disparado para todos lados.  El acoplado comenzó a cruzársele hasta que quedó casi atravesado en la bajadita; un cachito más y revienta a un Ford Escort que venía intentando pasarlo. ¡Hay cada animal en la ruta! Pero yo digo: ¿No habrá un camionero responsable? Por las dudas, aceleré a fondo, y me hice humo.

Al entra a la Panamericana tomé bien por la izquierda, porque a la derecha está la policía y te escracha, y a lo mejor un fin de semana que pensás pasarlo con alegría, lo pasás dando explicaciones a todo el mundo en una comisaría triste. Así que rajé por el lado de la izquierda, y como Claudia estaba muy callada, puse un CD de los Rolling en mi nuevo estéreo, que tiene como mil watts de salida. Claudia dijo algo, pero francamente no le entendí.

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This entry was posted on Monday, May 11th, 2009 at 3:45 pm and is filed under Ensayo humorístico. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

One Response to “P O R T A F O L I O S (de “Crónicas de la Paranoia” – 1998)”

  1. Lautaro Says:

    Juan la verdad que es un cuento muy visual y a su ve con detalles autobiográficos.

    me gusto mucho el tema de las descripciones y el sentido del humor sutil que le brindas al texto.

    UN FUERTE ABRAZO NOS VEMOS EN JULIO

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