M U T A C I O N E S

Había inventado la antiacción. El tiro se producía al revés. Las cosas sucedían primero, y luego estaban por suceder. La bala retrocedía a toda velocidad por el espacio, y se metía en el caño del revólver. Luego venía la anti-detonación, y las cosas quedaban como antes. Pero la muerte, la muerte no podía evitarse. Una vez que había tomado a su  víctima, a su candidato, no había enfermedad ni remedio que valiera la pena. No había vuelta atrás. Era la antiacción. Cuando Palíndromo Pérez lo comprendió, quiso suicidarse, pero no tuvo suerte. Todo se le daba al revés.

 

Salió corriendo de su laboratorio, sin fijarse que estaba vestido de mujer, y que – además – tenía sólo diez años de edad. Había creído que las cosas iban a tomar un derrotero lógico, pero al retroceder el tiempo se habían mezclado varios elementos. No sabía qué hacer. Sólo atinó a llamar a su mamá.

 

Era una situación muy complicada. Todas las casas eran iguales, y no podía reconocer su laboratorio. Caminó – a gatas – marcha atrás, y al llegar a la esquina, una señora mayor vestida de policía militar quiso capturarlo, posiblemente para entregarlo a las autoridades. No estaba en su ciudad, ni en su país, ni en ninguna parte conocida. No reconocía a nadie, ni al barrio, ni entendía el idioma. Metió una mano en su delantal de nena buena, y sacó una píldora de nitroglicerina. Se la puso debajo de la lengua.

 

La lluvia arreciaba. Palíndromo sabía que si lograba dar treinta y siete pasos en sentido contrario de donde había venido, regresaría al laboratorio; pero ¡qué haría al llegar! No recordaba ninguna fórmula. Pensó en quién habría quedado desnudo (desnuda) para que él tuviera puesto este delantal de mujercita. Se sentía cansado y desorientado. Tomó otra píldora de nitroglicerina, y sintió que su corazón reventaba en el pecho. Vio todo negro, y creyó morir.

 

Abrió un ojo, luego el otro. Las gallinas estaban cada una en su palo, en el lugar que les correspondía. Pensó en el orden y la organización. Debía volver al laboratorio. Una gallina grande lo miró con interés, y Palíndromo tuvo miedo de que lo picara. Era muy grande la gallina. ¡Y con ese pico…! Huyó como pudo, por el agujero de una ratonera. Era muy chiquito, en relación con su tamaño normal. Nadie podía verlo, pues nadie iba a pensar que en ese sucio gallinero podía haber otra cosa que gallinas y lagartijas. Se coló en el primer taxi que pasaba, y se dejó caer a la calle cuando pasaba frente a su laboratorio. Introdujo profundamente su mano izquierda en el bolsillo del pequeño delantal, y encontró la llave. El reloj marcaba las nueve menos cuarto. Pero ¿De la mañana o de la noche? ¿Qué día era?, ¿Dónde estaba? ¿Estaba? ¿Era? Ser o estar. Un verbo parecido pero diferente. Ser, algo absoluto. ¿Absoluto? Pero no permanente. Absolutamente casual, absolutamente  accidental. Ser. Esencia, ontología. ¡Socorro!. Logró encender la luz, pero sin embargo no podía distinguir nada que fuera susceptible de ser reconocido.

 

Estaba. Estaba… Estaba en este estado en este momento, en este lugar. ¿Tiempo, espacio? ¿Qué, cuál, quién, cuyo…? Tenía forzosamente que tocar tierra, encontrar un punto de apoyo para mover el mundo… El mundo. El mundo, pero… ¿Su mundo? ¿Qué tenía que mover? ¿El mundo, o moverse él mismo? No lo sabía. Se sentó en un rincón a pensar. El piso estaba muy sucio, lleno de peladuras de papas, y semillas de naranja y de zapallo. Pensó que generaciones y generaciones de humanos y humanoides se alimentaban todos los días, probablemente en ese mismo lugar, y casi se pone a llorar, terriblemente angustiado al pensar que el ser humano necesita comer para vivir. Que es en el fondo un animal como todos los demás, que come y defeca, que aspira y espira, nace, crece, se reproduce y muere. Decidió aceptar el futuro con la suerte que le dieran las cartas. Desparramó un mazo de cartas egipcias sobre el sucio suelo, y se puso a consultar el oráculo. Afuera, llovía como si fuera la última… No, la primera vez. Además, era impresionante ver cómo subían las gotas de agua acerada hacia el cielo completamente azul, hasta que poco a poco se iba cubriendo de nubes hasta quedar completamente encapotado. Palíndromo tanteó su barriga buscando su cordón umbilical. Pero no tuvo éxito. Tampoco tenía siquiera ombligo.

 

Relojes y almanaques se retorcían en el torbellino del tiempo, tratando de pasar inadvertidos, pues sabían que hay cosas que no deben medirse, y el amor y el tiempo son dos de ellas. Palíndromo debía tomar una decisión. Se arrastró como pudo hasta su mesa de trabajo, y apoyado en el tablero sobre el cual solía tomar las más grandes decisiones de su vida, se quedó profundamente dormido.

 

                                                       

II

 

La altura del sonido lo tenía intrigadísimo. Sabía que los emperadores chinos mandaban reafinar los instrumentos cada vez que cambiaba una dinastía, y que Pitágoras tenía una serie de normativas al respecto. ¿Por qué? ¡Por que!! Oh, dios, lo que sucedía es que se veía forzado a cambiar de punto de partida, punto de referencia, o de inflexión, para juntarse con la realidad. Todos quieren actualmente la realidad virtual, pero lo que necesitan – se dijo – es la virtualidad real. ¿Cómo lograrlo? Recordó “La Nausea”, de Jean Paul Sastre …. ¡no, tampoco!. Alguna solución tiene que haber. Tiene que haber un antes, un ahora, un después, un mañana y un ayer. Pero ¿Dónde, Cuándo, Por qué, Cómo? Porque, cuando donde como, sirven mal, me desespero. ¡Sí, es claro! Justamente ahora con pavadas. No, veamos. A partir de la marca “O”, de la Marca Cero, Einstein podía elaborar una teoría como la de que el Espacio es Curvo y Finito. No, pero nada que ver. Ah, debía calmarse, y empezar de nuevo, sin pensar desde dónde iba a empezar. Se dijo: “Bueno, los chinos dicen con Confucio, que el primer paso es la mitad del Camino”… ¿o no?

 

Fragor de lucha. Sufrimiento de materia que se corta en lo más íntimo de su entidad atómica. Fragor de lucha, que es rumor de metales que comienzan entusiasmados el proceso alquímico de la trasmutación. Trasmutar. Mutar hacia un sitio definido. Hacia un destino no inexorable. Hacia un destino elegido y proyectado. Pero ¿cómo medir la proyección? Es cuestión, también, de punto de vista. Y para tener un punto de vista hay que estar ubicado en un sitio determinado. El horror le hizo erizar los pelos. ¿Sitio determinado? Oh, por Dios. Si todo es relativo, todo es igual. Da lo mismo que mires desde acá, o desde allá. ¿Ah, no? Bueno, “entonces, Dios “, dijo, “dame una señal de que estoy en el camino recto”. En el camino estoy. Siempre estoy en el camino. El hombre es proyecto permanente, dijo citando a Sartre. Pero debo encontrar el sitio de mi proyecto.

 

Partió. Hizo una pequeña valija, y partió. Al cruzar la puerta, súbitamente tomó conciencia de que había partido, pero había llegado. Al partir dejó su laboratorio, librado a su suerte, ya que salvo los ratones, nadie habría querido cuidárselo gratuitamente durante el tiempo que él estuviera afuera. Pero al cruzar la puerta, y cerrarla con dos vueltas de llave, tuvo la certeza de que había llegado. Estaba en plena calle. Habitando la ciudad.

 

Palíndromo rezaba. Recitaba rápidamente las seis oraciones de la secta sikkh que se sabía de memoria. El urdu era un idioma que había abandonado en la niñez, al partir de su aldea para ir al colegio (en realidad al hospital donde hizo sus primeras armas) y desde entonces sólo había hablado en italiano, salvo contadas excepciones que lo hizo en volapuk. Pero de cualquier manera se sentía seguro pronunciando en urdu esas maravillosas sílabas que lo fascinaban mientras las decía. Era una especie de tantra, era algo maravilloso que lo llenaba de serenidad. A medida que se acercaba al vagón, su corazón latía más de prisa, porque sentía el olorcito al desinfectante mezclado con café de los vagones. En un instante, su cabeza recreó el runrún del coche en marcha, y las pequeñas imperfecciones de las ruedas que golpetean sobre los rieles, lo que le hizo añorar la llanta de goma de los subterráneos de Paris, tan silenciosos ellos, aunque estuvieran bajo tierra, expuestos al eco del cemento y la cerámica. ¡Ah, Les Halles! Las palomas bajo tierra. Sí, es el único lugar donde había visto palomas bajo el nivel de la calle. En la estación Les Halles, del subterráneo de Paris.

 

Una explosión le hizo volver a la realidad. Pero no podía fijar su atención en nada en particular, porque recordaba. Recordaba que había salido de su laboratorio para enfrentar como un hombre la mutación que experimentaría al asumir – con valentía, por cierto – el crudo estado de la realidad no virtual, desfasada por sus recuerdos y presentimientos. Para cualquiera es dura una situación como esa. ¡No era moco e’pavo!, como decía su tío de Carlos Casares. ¿Cómo Carlos Casares? ¿Eulalio no era de Arrecifes? Dios nos perdone a los dos. Pero a las cosas hay que enfrentarlas. Anacleta ha muerto, y eso es una realidad. Tengo que hacerme cargo de la casa, de la hacienda, y de todos los documentos firmados. Metió las manos en los bolsillos del delantalcito, y se alejó con paso rápido en dirección desconocida, bajo la fina llovizna gris.

 

No obstante no estaba todo perdido. Había que afrontar las cosas. Había mutado. ¿Cómo podía comprobarlo, y cómo haría para registrarlo?  Porque al mutar ingresaba de lleno en otra realidad, en otra dimensión, ya no pertenecía a la anterior, y ¿Cómo hacer para poder vivir su nueva vida de niño de diez años vestido de mujer, con un pequeño delantal, y al mismo tiempo asumir las responsabilidades de su adultez científica, con su sucio laboratorio cubriéndose de polvo, mientras las ratas… Pero lo más importante era la antiacción. El tren aumentaba la velocidad, tanto, que no podía verse nada por las ventanillas. Era justo lo que Palíndromo necesitaba; con mucho cuidado, salió por una ventanilla, se tomó de un saliente exterior del coche, mientras todo su pequeño cuerpo flameaba como una bandera de carne y hueso, y con un esfuerzo casi sobrehumano, y una precisión absoluta, saltó sobre el techo del convoy.

 

Pegado al techo del tren como si fuera una babosa, se fue arrastrando al centro mismo del coche, y se puso de pie. El mismo viento lo ayudó a correr en sentido contrario al movimiento de marcha, y comprendió que había hallado la solución. ¡Debía apurarse para antisalir! Tenía que regresar antes de lo que tardara en avanzar el tren, y estaba todo solucionado.  Su mayor temor era todo lo que estaba mutando en el universo totalmente fuera de su control. Tenía que antimutar, para detener la antiacción y lograr el equilibrio… Pero, ¿Podría?

 

En un momento dado sintió que no se desplazaba en el espacio. Había llegado a compensar totalmente el movimiento del tren. Ya estaba alcanzando su cometido. Le hacía falta acelerar, apurarse un poquito más, un poquito más…

 

Faltaba menos de un vagón. Si no se apuraba, no solamente no volvería atrás en la mutación, sino que se caería del vagón, matándose, quizás. Sus pulmones estallaban; pero su voluntad venció finalmente. Casi llegando al fin del último vagón, pudo avanzar diez centímetros, y recobró la edad, la estatura, y la identidad perdida. Pero ¿Dónde estaba?

 

El cielo estaba encapotado, y el silencio era ominoso. Un atardecer sin sol iluminaba malamente un entorno que no se parecía a nada conocido. Evidentemente, ése no era su lugar. Había mutado, pero había mutado mal. Palíndromo fue presa de una gran congoja. Miró hacia todos lados, buscando un punto de referencia, una casa, un camino, un animal, una persona. Nada. Un desierto descolorido y cada vez más oscuro lo rodeaba por los cuatro costados. Comenzó a caminar. En su bolsillo sintió el peso de su teléfono celular. Lo sacó con mano temblorosa, y comenzó a marcar un número al azar, con el fin de comunicarse con alguien, con un semejante. No estaba en condiciones de recordar ningún número, y tampoco ningún nombre en particular. Terminó de teclear un número cualquiera, cuando una terrible explosión, como si mil soles hubieran estallado simultáneamente, o quizás el universo entero, le hizo perder el sentido.

 

                                                        III

 

Posiblemente estaba soñando. Posiblemente. A lo mejor ese hombre de cabello gris y ralo, algo cargado de espaldas, que avanzaba a su lado, podía ser él mismo. Pero, ¿avanzaban? Se detuvo y miró al otro. También se había detenido. Miraba hacia abajo, como buscando algo en el suelo. ¿Qué habría perdido? ¿El rumbo, tal vez? Se rió de su chiste tonto. El hombre parecía seguir buscando algo, pero también parecía un muñeco de cuerda… sin cuerda. Un títere al que le hubieran cortado los hilos. ¿Tendría él los hilos, quizás? Se acercó y tomó al hombre de un brazo. El otro ni se inmutó. No sentía la presión de su mano; no lo veía. Era, sí, una figura de sí mismo, como un espejo que no lo enfocara de frente, pero que no respondía al estímulo de sus movimientos. Pretendió ignorarlo y siguió caminando. El otro retomó la marcha. Una luz gris metálica, iluminaba la escena, pero Palíndromo no alcanzaba a ver nada a su alrededor, ni a distinguir contornos de nada material. Súbitamente, una luz potentísima se acercó, lo pasó rozando, y se alejó a gran velocidad, convertida en un punto brillante. Otra, roja esta vez, cayó desde arriba, como una inmensa gota de lluvia, pero también como una inmensa gota de sangre. Volvió a perder la conciencia. Se sintió caer, como en un abismo absurdo e inesperado; todo fue negro alrededor, y también dentro de su cabeza.

 

Sintió algo. Percibió que se desplazaba en el tiempo-espacio. Comprendió, pese al terrible aturdimiento que lo poseía, que algo debía haberse desequilibrado cuando tecleó el teléfono celular. ¿Dónde lo tendría? ¿Dónde estaría él mismo en este momento?. Sintió que subía como en un ascensor, tuvo la sensación de que se desplazaba hacia arriba, como si estuviera en el cráter de un volcán, pero sin sentir nada de calor, frío, roces, ruidos, vértigo, nada. Súbitamente, se encontró frente a una puerta.

 

Tomó el picaporte y la abrió, casi sin saber qué hacía, y la atravesó en forma automática.  Estaba en una ciudad, en la terraza de un edificio. Sus ojos, encandilados por la luz solar, no podían ver con claridad, pero le pareció reconocer su ciudad, su barrio, su casa. Estaba en el techo de la casa de departamentos de la esquina de su casa. Estaba a media cuadra de su laboratorio.

 

Casi sin darse cuenta de lo que hacía bajó los quince pisos del edificio por la escalera de incendio. Bajaba sin mirar a dónde iría a parar, porque el lugar le era totalmente desconocido. Se encontró en un pasaje estrecho y lleno de basura y de gatos, detrás de su casa. Entró por la puerta de servicio, tomó un ascensor que casi ni recordaba que existía, y llegó a su laboratorio. Con su llavín, que le pareció también algo extraño y desconocido, si bien lo había sacado de bajo el felpudo, y por lo tanto debía haberlo puesto él mismo, ya que si bien no recordaba haberlo hecho, recordaba que allí estaba escondido, entró al recinto lleno de vasos y probetas, se arrimó a un escritorio lleno de papeles, y de un cajón sacó un revólver. Se paró frente al espejo adosado a la pared, y se pegó un tiro en el estómago. El espejo cayó hecho pedazos. Palíndromo no podía creer lo que estaba sucediendo. Rápidamente se recobró, corrió al balcón, aspiró hondo, y se arrojó al vacío. Experimentó una sensación como de ascenso, de identificación con el cielo, con las nubes…

 

General Pacheco, marzo de 2009

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