G O L P E S

DOMINGO: ¡Qué mala onda! Hace una semana que tendría que haber venido el giro del viejo. Pero es que cuando se va afuera, pareciera que se olvida de su hijo varado en Buenos Aires. Para colmo no quiere que trabaje, así que debo depender totalmente del envío mensual. Hoy es veinte de febrero, y en Salta es feriado. ¡Qué estarán haciendo los muchachos!  No me animo a llamar por teléfono a nadie, porque después hay que pagar, ¡y el viejo está cada vez más amarrete!  Él considera que con trescientos pesos, casa y comida, un universitario de veinticinco años tiene suficiente para mantenerse. ¡Está arreglado! Si viera lo que cuesta vivir en la capital; hasta divertirse es carísimo. Estoy tirado aquí, como un desgraciado, en la cama de mi departamento de solt… ¿Qué ha sido eso? Fue como si golpearan en la pared, como si quisieran comunicarse conmigo. “Pumpumpumpum, pumpumpum, pum… ¿Qué será? Sí, parece como si alguien me llamara golpeando la pared… Ahora los golpes han cesado. ¡No, ahí siguen! ¿Qué será? ¿Quién será?

TRES DIAS DESPUÉS: Le he preguntado al portero quién vive ahí, en el departamento de al lado, pero me ha dicho que esa es la medianera, y que debe ser la parte trasera de una casa de departamentos muy grande que queda2 a la vuelta. No le dije nada de los golpes por las dudas, no fuera a pensar que estoy loco, o que soy de esos inquilinos molestos que se quejan por todo. Voy a hacer mis propias averiguaciones.

AL DIA SIGUIENTE: Descubrí cuál es la casa. Es un edificio inmenso que tiene como ochenta departamentos, y ahora tengo que averiguar cuál es el que linda con el mío. Total, no tengo nada que hacer, y anoche me volví loco, porque como a las diez, de nuevo, “¡Pumpumpumpum, pumpumpum, pumpumpum!” Realmente me puse nervioso, pero me animé a golpear – suavemente – yo también; pensé que a lo mejor podía ser alguien que estuviera secuestrado, y tratando de pedir ayuda. Me acordé de cuando er chico, en Metán, que con mi amigo el Tuco nos escapábamos a la hora de la siesta, hasta la estación de ferrocarril; allí nos habíamos hecho amigos del telegrafista, quien para matar sus horas de aburrimiento, nos mostraba cómo funcionaban los aparatos, y nos enseñaba Morse. Caramba, ahora sólo venía a mi cabeza el “s.o.s…” Finalamente logré recordar la palabra “esperanza”. Con bastante emoción, debo reconocerlo, comencé a responder a los golpes. Cuando terminaban las tandas de “¡Pumpumpum!”  yo contestaba “esperanza” golpeando en Morse; así estuvimos una buena media hora. Luego, el silencio. No voy a parar hasta saber quién vive allí. Realmente estoy intrigado.

UNA SEMANA DESPUÉS: Los golpes no se han repetido. Voy a esperar al lunes, y voy a hablar con el portero del edificio de la vuelta. Mientras tanto voy a tratar de establecer si el departamento que linda con el mío corresponde al mismo piso. Esta noche voy a hacer una excursión por la terraza.

AL DIA SIGUIENTE: ¡Hice un gran descubrimiento! Anoche, como a las nueve y media, salí por la ventana del lavadero que da a una especie de pequeña azotea, y subiéndome a la pared, espié hacia el edificio de la vuelta. El departamento, aparentemente, corresponde al mismo piso que el mío, o sea que probablemente sea el quinto; pero lo que me impresionó es que pude ver una ventana que parece corresponder a la cocina, y a través de ella vi a una mujer rubia que súbitamente levantó la cabeza para mirar afuera. Yo me agazapé como un gato en la cornisa, y como estaba bastante oscuro espero que no me haya visto, pero lo que me sacudió y casi me hace caer de mi estrecho apostadero fue que yo conocía a la mujer. Era la chica de la farmacia de la esquina, que está fortísima, pero con quien no tengo mucha confianza, nada más que el saludo, y ocasionalmente algún comentario al ir a comprar algo, o al cruzármela – una vez – en la calle. Volví a mi cuarto limpiándome los restos de revoque y suciedad, y mientras encendía un cigarrillo, estuve barajando pretextos y posiblidades de abordar a la rubia, y lograr que me invitara a su casa.

3 DE ABRIL: Anoche, los golpes se repitieron. También me pareció oir un rumor como el zumbido de un motor eléctrico. Traté de no pensar, porque lo primero que se me ocurría era que se trataría de una picana o algún otro instrumento de tortura y me pareció una idea algo fantasiosa.; la rubia no tenía aspecto de torturadora. Ni de secuestradora. En fin, uno nunca sabe. Me limité a devolver los golpecitos; repetí seis veces la palabra “esperanza”. Veremos qué pasa.

DOS DIAS DESPUÉS: Anoche no pude dormir. Pienso que hasta es posible que la rubia reciba a algún amante, y esos ruidos sean golpes que dan en la pared, en medio de las convulsiones del amor… No sé realmente qué pensar. ¿Y si lo que pasa es que quiere comunicarse conmigo…? No, pero no debe saber que nuestros departamentos son linderos. ¡Qué angustia! Voy a salir a comprar cigarrillos.

UNA HORA DESPUÉS: ¡Grande! ¡Grandioso! Salgo de casa, y al pasar por la farmacia veo, pegado en la vidriera, un cartel: “Se dan lecciones de química”. Inmediatamente se me prendió la lamparita: Pensé, ésta es mi oportunidad para charlar con la rubia”. Entré inmediatamente, antes que mi timidez me permitiera considerar dos veces la idea. La farmacia estaba vacía, y la rubia estaba apoyada en el mostrador mirando el infinito. Le pregunté por las clases. Las daba ella, para ayudarse en sus estudios de farmacia y bioquímica. Me manifesté interesado, y arreglamos para el martes que viene en su casa, a las ocho de la noche. Estoy contando los días, las horas y los minutos; pero al mismo tiempo me corre un frío por la boca del estómago: ¿Con qué me encontraré?

MIÉRCOLES: ¡Esto va viento en popa! ¡Raquel es fantástica! Hermosa, dulce y delicada. También ella es del interior; vino de Misiones, y sus padres son ucranianos. Sabe mucho de química, y yo la escucho encantado. Además hemos simpatizado un montón. Del ruido no pude averiguar nada. Habrá que esperar.

UNA SEMANA DESPUÉS: Estamos de novios. Realmente estoy viviendo una telenovela. No puedo creer que me haya levantado una mina así. Sí, vive sola; me mostró toda la casa. Es un departamentito hermoso, que hasta pensamos en redecorarlo si decidimos vivir juntos allí. Qué, ¿lo de los golpes? Ah, sí… Justo en el lugar de la medianera que da a mi dormitorio tiene el lavadero, y lo que golpea contra la pared es el lavarropas, al centrifugar…

Es decir, golpeaba, porque ahora los que golpeamos contra la pared somos nosotros. ¡Ah, el amor…!

                                                                       Buenos Aires, 1994

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This entry was posted on Thursday, March 19th, 2009 at 5:30 pm and is filed under Cuento. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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