LOS ARBOLES CAMPANARIOS

En la alta y ancha meseta, barrida por los helados vientos del sudeste, con el lúgubre e isócrono grito del Atlántico bordado de gaviotas como música de fondo, los árboles campanarios aparecen negros y terribles, más solitarios que si fueran uno solo, recortándose nítidos contra el cielo gris que presagia tormenta.

Son seis o siete restos mutilados; quizas araucarias que conocieron el esplendor del Tehuelche, y hoy son sólo escuetas estructuras, negras del hollín de antiguos incendios, y curtidas por las gélidas e implacables borrascas del sur. Arboladuras de barcos sin destino hundidos en la llanura de piedra, como inmensas cruces de muchos brazos, señaleras de un cementerio de gigantes que no existe. Sus brazos secos, aspas de molinos muertos, hacen crujientes señales desesperadas que nadie oye, que nadie ve.

No se sabe quién les puso las campanas. Colgadas en grupos de dos y de tres, como negros adornos de horribles árboles de navidad, como tétricas espadañas de un templo sin muros, dedicado a ritos olvidados. Los fuertes chuzazos intermitentes del viento les arrancan un grito triste, un grito de muchos muertos, de razas aborígenes extinguidas por el brazo ensangrentado del hombre blanco; rebeliones de marinos, naufragios de barcos conquistadores, allí en la costa, de hombres barbados, ajenos a estas tierras, que llegaron ya sin fe, sin esperanza; llegaron para morir.

El viento hace sonar las campanas. Sus voces no llegan al mar. Se suman al fragor de la tormenta, y  van sembrando por la meseta como una lluvia de sangre negra de un tormentoso pasado, preñado de luchas y de orgullo, de heroísmos sin nombre, del que sólo pueden dar testimonio siete árboles secos…

San Isidro, 1983

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This entry was posted on Wednesday, March 18th, 2009 at 2:15 pm and is filed under Prosa poética. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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