LA VENUS DEL JARDIN
Entre los altos muros cubiertos de oscura hiedra, el jardín trenza y destrenza la intriga de sus senderos en la intimidad del silencio. Las plantas, abandonadas a su propia melancolía, no conservan la lógica con que fueron ubicadas, abrazándose unas a otras con irracional angustia, en una irregularidad aterida, en un terror mudo, en una tristeza infinita que poco a poco, como una niebla, va opacando las flores de cristal de las plantas del tiempo, las únicas que mantienen su ecuanimidad, estallando sus capullos en mil lágrimas, matemáticamente, silenciosamente, cada treinta años.
Entre las altas hierbas verdinegras, mínima selva sin esperanza de mañana, el rectángulo marmóreo de la fuente marca un área de dolor lechoso, encuadrando el caldero frío y sin brujas de agua oleosa y quieta, tachonada de redondas hojas verdes que ya no añoran su ausencia de ranas.
Y en el borde agrietado de la fuente muda, una Venus desnuda su tristeza en esa soledad de mármol frío…
San Isidro, (c) 1983