LA PERRA BLANCA
El mismo día que murió Margarita, llegó a casa la perra blanca. Nadie advirtió al animal. Nadie, excepto yo.
Fuimos al cementerio a pie, llevando de las manijas al pequeño féretro. Lloviznaba, y el viento frío que soplaba en ráfagas hacía que nos levantáramos el cuello de los abrigos.
La perra blanca iba detrás, cerrando la marcha, con las orejas gachas y el rabo entre las piernas; sus ojos encendidos me miraron fijamente. Me sorprendió mucho su mirada. Me recordaba algo.
De vuelta del cementerio, se pegó a mis talones. Yo la dejé estar. Cuando le acaricié la cabeza, me lamió la mano. Sus ojos, como mis ojos, estaban arrasados de lágrimas.
Longchampss, noviembre de 1960.