LA PERRA BLANCA

El mismo día que murió Margarita, llegó a casa la perra blanca. Nadie advirtió al animal. Nadie, excepto yo.

 

Fuimos al cementerio a pie, llevando de las manijas al pequeño féretro. Lloviznaba, y el viento frío que soplaba en ráfagas hacía que nos levantáramos el cuello de los abrigos.

 

La perra blanca iba detrás, cerrando la marcha, con las orejas gachas y el rabo entre las piernas; sus ojos encendidos me miraron fijamente. Me sorprendió mucho su mirada. Me recordaba algo.

 

De vuelta del cementerio, se pegó a mis talones. Yo la dejé estar. Cuando le acaricié la cabeza, me lamió la mano. Sus ojos, como mis ojos, estaban arrasados de lágrimas.

 

Longchampss, noviembre de 1960.

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This entry was posted on Wednesday, March 18th, 2009 at 1:53 pm and is filed under Prosa poética. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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