S U N S E T
Hace aproximadamente una hora que se ha puesto el sol. La costa aparece iluminada por una luz azul que le va quitando lo poco de realidad que puede conservar el paisaje fantasmal de la playa desierta, con los letreros y banderillas de los quioscos, agitándose a ratos, levemente, en el viento frío. La adolescente vestida de floreado se separa del hombre que la abrazaba, y como ante un escenario iluminado cuyas candilejas fueran las lejanas luces de la costanera, comienza a bailar.
El hombre saca de su bolso un saxofón. Como ajeno al baile de la joven, comienza a ejecutar escalas, dos o tres juegos de notas saltarinas como estallidos de color, y por fin una melodía que poco a poco va creciendo, prendiéndose en los quioscos, en los postes de la luz, en las escaleras humedecidas de moho, en los pozos llenos de envases vacíos. El viento la toma por los hombros y la lleva por encima de los hilos del teléfono y de las televisoras de cable, mientras la bailarina ensaya saltos increíbles en la arena oscura, convirtiéndose por la magia de la música ya en un cisne, ya en un junco mecido por la brisa, o una mariposa cortejando a una flor en primavera.
En tanto, el ejecutante ha ido a buscar su melodía a los paredones donde sus notas han encontrado el eco, a los tachos de desperdicios, a las cabinas telefónicas. Ha dejado de tocar, y corre tras la música que se ha soltado arrebatada por el viento, sembrando por doquier torrentes de armonía, y liberada de su fuente corre sola por los espacios sin límite, sugiriendo a la bailarina nuevas figuras, de las que sólo son testigos el viento azul y la arena negra, en la oscuridad de la noche marítima.
La mujer gira, levanta los brazos, levanta una pierna, en seguida la otra en un salto que recuerda a una gacela, curva el torso en un arco imposible, poseída de la música, que hace rato ha dejado de sonar en sus oídos para pasar a su corazón, y así al bailar crea nuevas armonías que determinan nuevas figuras, indefinidamente…
Todo a su alrededor es luz. A ratos abre los ojos y percibe miles y miles de puntos luminosos que giran en su entorno. ¿Son sus candilejas interiores? ¿Son las luces de la costanera? ¿Es un magnífico teatro de alguna capital de Europa, y está ella en una noche de estreno?
Poco a poco su excitación va disminuyendo y reduce la intensidad de la danza. Las presencias luminosas que la estaban observando, lentamente van retomando su viscoso camino hacia las ondas, y antes de perderse en la negrura de las profundidades parecen turbias estrellas que reflejaran las luces que furtivamente van apareciendo en el cielo.
Ha salido la luna.
La joven está sola en la playa silenciosa.
Reñaca, Chile, enero de 1996. (de “Crónicas de la Paranoia”, Faro Editorial, Bs.Aires, 1998).
August 25th, 2010 at 5:41 pm
Cada línea me hizo recordar que cuando la vocación está presente y es innata se siente con tanta facilidad como con intensidad, vibra todo ser logrando la armonia en cuerpo y alma, no importa el entorno, la sola presencia es lo que cuenta, y ella ….lo logró en la playa silenciosa.
Excelente.