REUNION ROTARIA

Tenía que escribir. Era una necesidad casi fisiológica, algo que me alteraba los sentidos. La urgencia de escribir es algo que sólo quien ha sido iluminado con el Don comprende.

 

Todo lo que quería era llegar a mi casa y sentarme ante la computadora. Mientras viajaba en el colectivo lleno de gente, iba dando vueltas en mi cabeza el argumento del cuento. Sí. Era un cuento que, contrariamente a lo usual se me había ocurrido en base a un hecho real, algo que me había sucedido en compañía de un amigo. Esta noche tenía una reunión de Rotary. Las ganas de escribir me hacían temblar las manos, me nublaban la vista. No tenía tiempo de componer las cosas para armar la trama. Mientras viajaba, saqué del portafolios un papel y un bolígrafo y me puse a garabatear un borrador, un boceto de lo que quería componer. No había escrito cinco renglones, entre los barquinazos del coche, cuando tuve que bajar. Era mi parada. Bajé apresuradamente, apretando el portafolios contra el impermeable, castigado por la fuerte lluvia. Apenas pude llegar a mi casa cuando arreció la tormenta, estallando en un relámpago y un trueno que presagiaban el Apocalipsis. Miré la hora. Faltaban quince minutos para el inicio de la reunión rotaria; por un momento pensé en no ir, pero no podía faltar, porque tenía que dar una explicación sobre el destino de una donación recibida. Bastante molesto, siempre pensando en el argumento de mi cuento, tomé el teléfono y pedí un taxi

 

Durante los diez minutos que tardó el auto en llegar, y los otros diez que duró el viaje, mi mente continuaba rumiando la idea que ahora tendría que posponer hasta pasada la medianoche, cuando regresara a casa. El Rotary se reunía esta vez en un teatro del centro. El taxi circulaba con dificultad por la avenida atestada de autos, cuyas luces se reflejaban en el mojado pavimento, salpicando de blancos y colorados el paisaje gris del atardecer de invierno.

 

Finalmente llegamos. El teatro ofrecía un aspecto siniestro con todas las luces apagadas. La sala estaba apenas iluminada por unas pocas lamparitas que sólo contribuían a hacer más intensa la sensación de oscuridad. Evidentemente el escenario estaba iluminado, pues por un costado del telón se filtraba un amarillento rayo de luz.

 

Subí por la escalerita que descendía a la platea, y apartando la pesada cortina me encontré con los rotarios. Estaban sentados alrededor de una mesa alargada, y a punto de comenzar la reunión. Me acerqué rápidamente al presidente, y le pedí  que me permitiera no tomar parte hasta que llegara mi turno, lo que sería aproximadamente media hora más tarde. Era el amigo que mencioné al principio, y accedió enseguida a mi pedido, pero cuando me alejaba, me llamó y me retuvo un momento para decirme que se le había ocurrido un tema para un cuento, respecto del acontecimiento que habíamos vivido juntos, lo que me cayó como un mazazo, ya que éste era el argumento que yo pensaba desarrollar en mi narración. Me sentí bastante mal, pero sin dejar de sonreír le dije que “yo también había pensado en escribir algo por el estilo”.

 

Salí del escenario, bajé corriendo la pequeña escalera, y me introduje en el hueco de la orquesta. La penumbra del lugar hizo que demorara un poco en encontrar el interruptor de la luz de un atril, y  allí, de pie, lápiz y papel en mano, cuando había comenzado a plantear la situación del cuento, mi celular, sonando con la “Marcha de Aída”, me arrancó de la catarsis literaria. Atendí, ya algo malhumorado, y la voz de miel de Fiona, la única mujer que logra desequilibrarme, me estaba invitando a comer a su departamento, alegando que “afuera es noche, y llueve tanto…” como el tango. ¡Esta Fiona! Nunca pierde el sentido del humor. Pese a la turbación que sentía, le dije que estaba en una reunión de Rotary, que tenía que cortar, y me disponía a continuar con el relato, cuando me sobresaltó la voz de otro rotario, Luis, que me llamaba desde el borde del proscenio: “Vení que tenés que hablar”. Resignado, introduje los papeles en el portafolios, y apagando la luz del atril seguí a Luis hasta el escenario. Mi sitio estaba vacío, y me estaban esperando. Hablé respecto de la donación, y expliqué cómo se había administrado el dinero correspondiente.

 

Finalizada la reunión, nos íbamos cada uno a su casa, yo, en mi caso, a lo de Fiona, cuando se acercó Ana María, una hermosa rotaria, médica de profesión, que yo notaba que hacía tiempo que en las reuniones me miraba con insistencia; en realidad, que devolvía las ardientes miradas que yo le dirigía con mayor o menor disimulo. Me abordó sonriente, ofreciéndome llevarme a casa en su auto, ya que sabía que yo no tenía otro medio para trasladarme, y la lluvia no había aflojado en toda la noche. Algo mareado e inseguro por este conjunto de golpes emocionales, acepté con gusto, pensando en cómo arreglaría lo de Fiona; el garage quedaba bajo el mismo teatro, así que salimos sin mojarnos, por una salida directa. Mientras esperábamos que trajeran el coche de Ana María, intercambiamos una mirada honda, y una sonrisa boba. Cuando el empleado trajo el Mercedes, y Ana abrió la puerta, me desperté.

Gral. Pacheco, 16/2/09

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