O V N I

                                        O V N I

 

Salió al jardín, y el ovni estaba allí. Flotaba aproximadamente a cuarenta o cincuenta centímetros del suelo; de forma cónica, tenía un diámetro de unos tres metros y una altura de dos. Quieto en el aire de la tarde, desprendía una débil luminosidad violeta y un fresco olor a lavanda. No se animó a acercarse al aparato, pero lo miró con atención. No se divisaba en él nada como ventanillas ni tampoco elementos propulsores. Tampoco parecía girar en el aire.

 

Simplemente, estaba quieto.

 

Un perro alto, de largo y sucio pelo blanco entró al jardín, se acercó  al ovni, y luego pasó a través de él tranquilamente. El ‘objeto volador’ ni se sacudió. El perro no se dio cuenta de nada.

 

El aparato no era transparente. El perro lo atravesó sin problemas, pero el ovni parecía bastante sólido. Por la calle pasó un auto azul, grande, rodando despacio. El conductor frenó un momento para mirar la numeración de la casa de enfrente. Luego, echó una mirada distraída al jardín donde estaba la nave, pero evidentemente no vio nada que le llamara la atención. Inmediatamente se fue.

 

El perro volvió a pasar a través del ovni, y siguió por la vereda, sin ninguna expresión de miedo ni de alegría. No se había dado cuenta de nada. Meneaba la cola, y levantó la cabeza, evidentemente estaba mirando algo a lo lejos.

 

Entró a la casa. ¿Qué haría? ¿Llamaría a la policía? ¿Le sacaría una foto?

 

En cuanto cerró la puerta de entrada, sintió el llamado.

 

Lo sintió. No pudo oírlo, ni vio nada. Simplemente fue una sensación.

 

El llamado se repitió.

 

Abrió la puerta, y vio al ovni casi dentro del porche. Su color había tornado al azul oscuro. Seguía inmóvil, y no reflejaba las luces que habían comenzado a encenderse en la calle y en las casas vecinas. Lo miró durante un rato, con algo de temor. Pero no era miedo lo que le inspiraba. Era una sensación extraña,  casi de lástima.

 

No se animaba a tocarlo. Pero hizo un esfuerzo, y trató de hablarle. Carraspeó, y antes que le saliera la voz, el aparato íntegro tembló como si fuera un flan, y emitió un sonido agudo, como una campana asordinada, como si respondiera a su intento de comunicación.

 

Se sobresaltó, pero trató rápidamente de sobreponerse. Pensó que debía demostrar entereza. Inmediatamente, el objeto cambió su color por un rosa flúo. Se le ocurrió que habría algo que permitía una especie de entendimiento entre el ovni y él, y se animó a cantar, si bien que en voz baja, una canción infantil. “Arroz con leche, me quiero casar…”

 

Con una voz metálica, un sonido que lo estremeció y que se le antojó “eléctrico”, el aparato contestó: “… con una señorita de San Nicolás…”

 

Le sugirió al ovni que entrara a la casa. Lo pensó, sin saber por qué.

 

En un instante, el cono violeta/azul/rosa se encontraba flotando en el centro del amplio living.

 

Tragó saliva, y le dijo con tono imperativo. “¡Vamos!”.  En el costado del ovni se abrió una puerta, y saltó adentro. El ovni se estremeció nuevamente, como al principio, y luego de cerrarse la abertura sin que quedara ningún rastro, atravesando las paredes y el techo de la casa se elevó en el espacio, donde desapareció a una velocidad vertiginosa.

 

 

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Juan Carlos Lavarello – General Pacheco, 14 de enero de 2009

 

 

 

 

 

 

 

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