EL EXPRESO

Hace cuarenta años que vengo todos los días a la estación, a esperar el paso del expreso de las cinco. En cuarenta años no ha parado nunca, ni siquiera ha disminuido la velocidad. Sin embargo, yo no desespero, y me pongo mi mejor traje, mis zapatos de charol y mi corbata de moño, como si fuera a un casamiento. Este pueblo es muy chico, y no querría perderme por nada del mundo la oportunidad de prestarle algún servicio al maquinista, o aunque más no fuera a alguno de los pasajeros.

¿De dónde vendrá? ¿A dónde irá el expreso de las cinco?

Le he preguntado al jefe de estación, quien me ha mirado con la expresión con que se miraría a un borracho o a un loco. “No hay expreso de las cinco” Me ha dicho. Sin embargo yo lo oigo llegar, lo veo con estos ojos que entre Dios y Mama me han dado. Pasa a toda velocidad, llenando de ruidos y de vapores la tranquilidad verde de la orilla oeste del pueblo. Aquí no es como en la ruta; allí el ruido es permanente a causa del constante tráfico de camiones. Pero aquí, junto a las vías del ferrocarril, la paz de la tarde te gana el alma, y uno puede ver transcurrir la vida de maner más pausada. Uno puede entretenerse viendo a las gallinas del guardabarrera picotear entre los durmientes, oyendo el “clinc-ññña” del molino, siguiendo los dibujos que en el azul del cielo hace el azul más oscuro de una golondrina, o la aguja acerada de la tijereta. El tren es tiempo que camina, es historia, diría que es amor, fe, coraje y heroísmo. Es hipnosis: No hay nada más fascinante que un largo, largo tren de carga, a veces arrastrado por dos locomotoras, hermanadas en el esfuerzo, ayudándose entre las dos. El tren es diferente. El tren tiene alma.

No obstante el jefe de estación de mi pueblo me mira con extrañeza, y hasta diría que con desconfianza cuando le hablo del expreso de las cinco. Este jefe no es el mismo que estgaba cuando yo era chico, y me iba a la estación a mirar cómo entraban y se iban los trenes, y cómo se recibían y enviaban los telegramas. El telégrafo era para mí algo maravilloso, y el telegrafista era como un gran mago que conocía lo que había que conocer para concretar esas maravillas. En aquel entonces el jefe era Mister Yónson, que se vestía con su hermoso uniforme gris con botones dorados, y con esa gorra que parecía un mariscal de la primera guerra. El estaba muy orgulloso de su trabajo, de su cargo de Jefe de Estación, y se daba por entero a su tarea. A veces, lcuando había trenes los fines de semana, Mister Yónson, bajo el sol o la llovizna, recorría muy erguido y a grandes zancadas toda la longitud del andén, cuidando de cada detalle, que cada cosa estuviera en su lugar, que todo estuviera limpio y ordenado, y luego se colocaba junto a la campana, entonces bruñida y sonora, dispuesto a dar salida al convoy rumoroso. El sonido de la campana de la estación se oía en todo el pueblo. Era un sonido alegre y convocante. Era tema de conversaciones: “Hoy parece que Mister Yónson est`pa apurado. Ha tocado la campana un poquito más temprano; ha de querer que se vaya enseguida el tren. Tendrá que hacer.” No es como ahora, que ennegrecid por la falta de limpieza y la intemperie, y enmudecida por la falta de badajo, que según las malas lenguas lo tiene la hija del cabo Floriani como mano de mortero, sólo suena cuando algún chiquilín le tira un hondazo, o algún milico borracho quiere hacer puntería sobre su pollera verde de óxido. Yo le he dicho al jefe que está ahora que debería repararla, pero me ha mirado con esa cara que me pone cuando le reclamo algo, y me ha dicho “¿y pa’qué?”.  Este jefe nuevo no me gusta nada. No usa el uniforme, y se pasa todo el día en su oficina con los pies sobre el escritorio, escuchando la radio portátil, en vez de manipular el telégrafo. Cuando termina su turno cierra despacio la estación y tranquea hasta el boliche, donde apartado de todos pide y toma una larga ginebra solitaria. A veces habla con el bolichero, o con el cabo Floriani, y le he oído decir que “han levantado los rieles”. No sé qué significará, si van a mermar los trenes o será una reparación, pero yo sigo viniendo todos los días a ver pasar el expreso de las cinco.

Tanto estoy hablando, que no me daba cuenta de que allí viene: ¡Qué espectáculo magnífico!. Primero es un ruido, una vibración. Luego un punto azul en el verdeamarillo del campo pincelado por el último sol de la tarde. Los pitidos con que el maquinista anuncia su paso se mezclan con el humo negro que sale por la chimenea galeruda y precedida por e farol de gas; delante, el frente de la caldera con la insignia de la compañía ferroviaria parece un escudo de nobleza que anuncia la presencia de la enorme bestia de metal, apoyado en el escampavía. En medio de nubes de vapor, de olores a carbón de piedra, y a la grasa de sus ejes, la locomotora va pasando frente a la estación con la joroba de su válvula coronada por una campana que gira loca de alegría,  y alborotando con el revoleo de sus bielas y el girar de sus ruedas numerosas. El maquinista me saluda con la mano, al propio tiempo que hace sonar el silbato una vez más. Los pasaleña sacan los trozos del ténder y los echan en la hornalla con diligencia y satisfacción; todo es movimiento y vida en el expreso de las cinco. Pasan rápido los vagones, con ese olor agridulce, coronados por los respiraderos, y a través de las ventanillas del coche comedor y del pullman los pasajeros me sonríen y me hacen gestos amigables. Con lo rápido que ha pasado el expreso no he tenido tiempo de fijarme en su número ni de leer en los costados el nombre de la empresa. Cuando me quise acordar, el rojo furgón de cola me estaba diciendo adiós revoleando en el atardecer sus farolito soñoliento.

Ya el expreso es un recuerdo. En su lugar, en el espacio que ocupaba, veo en el cielo encenderse una estrella. Un murciélago salió de bajo el alero de la estación, y se alejó hacia el sur volando en círculos.

Hoy tampoco paró el expreso. Pero yo voy a seguir viniendo a verlo pasar. Todos los días.

En una de ésas, para. 

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This entry was posted on Thursday, August 14th, 2008 at 5:09 am and is filed under Cuento. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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