TRASPLANTE

 Porque te gustaba la chica; nada más que por esa razón. No lo habrías hecho – jamás – en otro momento de tu vida, si hasta iba contra tus principios; vos no creías en la donación de órganos, en el hecho de que hubiera gente que estuviera esperando que te murieras para abalanzarse con una orden firmada por vos mismo, y te arrancaran los pedazos como buitres. Sólo por la chica, que estaba en eso, y de quien te enamoraste tan súbita como apasionadamente. Te gustaba y firmaste. Lo que te apremió es que tenías que decidir qué órgano donarías. Le dijiste que te diera veinticuatro horas, y ella estuvo de acuerdo. Y esa noche salieron juntos, además. Ella exhalaba un fuerte perfume de jazmín. Te embriagaste con el jazmín y con el vino barato. Fueron a bailar y se acostaron. Primero, le dijiste que le donarías todos los órganos de tu cuerpo, pero ella no se rió por el chiste. De entrada se puso muy seria, y luego te sonrió con esa cara toda hoyuelos de ángel rubio, y te dijo “¿Y las córneas?”

 

Cuando pudiste pensar, pensaste. Pero ¿en qué ibas a pensar cuando aún tu cabeza estaba envuelta en el perfume del vino y del jazmín? Trataste de recordar lo que sabías, que había religiones que prohibían la donación de órganos, porque decían que el alma no se retira del cuerpo inmediatamente de la muerte; que se le hace daño al espíritu arrancándole al cuerpo alguna parte antes de las cuarenta y ocho horas. Y los trasplantes deben ser inmediatos. Y pensaste que hay gente que depende de un trasplante para poder seguir viviendo, y que está al acecho de los accidentes con una angustia salvaje, esperando que el muerto pudiera ser un donante. Quizás esa gente desea, ansía que muera otra gente en función de su necesidad apremiante, de su falencia anatómica. No. No es posible… Por otra parte, no podías decirle que no a esa chica maravillosa.

 

Con las primeras luces del alba abandonaste la cama compartida. Ella dormía, respirando en forma acompasada. No quisiste mirarla, para poder partir a tu trabajo; estabas totalmente enamorado. Ni siquiera te diste cuenta de que ella no era virgen, tampoco conocías su pasado; la habías conocido en la exposición, en el puesto de la institución que promueve la donación de órganos. Mientras te sentabas en el auto para dirigirte a la oficina sin siquiera afeitarte (tenías el tiempo justo) el sol pintaba alegremente de amarillo y rosa los techos y los pisos altos de las casa. Desde el domicilio de ella hasta tu oficina la distancia era larga. Había que apurarse.

 

Pensaste también qué órgano podrías donar que no supusiera algo cruento, o una mutilación, que te quitara tu integridad, tu estética. Sí, claro, no te importaría nada ya que estarías muerto, pero… ¡Pucha que es duro imaginarse que a uno, vivo o muerto, le sacan una parte del cuerpo! Quizás el apéndice… Te reíste, ¡quién va a donar su apéndice! No. Vos a tu cuerpo lo querías todo. Todo.

 

Tomaste por la avenida larga que llevaba a la ciudad. La columnas de luz pasaban a tu lado a una velocidad asombrosa; ¿o eras vos el que aceleraba como un loco? Miraste la hora como tres veces antes de entender que te faltaban veinte minutos para llegar, y que si volvías a hacerlo tarde – te lo había dicho el jefe – podías considerarte despedido.  Los autos de la mano contraria directamente eran rayas de colores para tu visión endurecida sobre la ruta.

 

Súbitamente se te hizo la luz. ¡Las córneas! ¡Sí, las córneas…! ¿Cómo no lo habías pensado antes? ¡Eso, las córneas! Aparte, ella te lo había sugerido. Te imaginaste en el ataúd, en tu velatorio, con los párpados cerrados sobre tus ojos sin córneas. Eso. Nadie se daría cuenta. Los empleados de la funeraria sabían acondicionar bien a los muertos. Por otra parte, nadie podría decir “lo vaciaron…”  Pero ¡qué cosas estabas pensando! Hasta imaginaste a ella llorando junto al cajón. Ella… Antes de que pudieras arrepentirte, tenías que llamarla. Llamarla inmediatamente para volver a jurarle tu amor, para pedirle que pasara otra noche contigo, y para decirle que donabas tus queridas córneas, tal cual ella ate sugiriera, a la institución de que ella formaba parte. Sólo tendría que poner “córneas” en el espacio en blanco del formulario que habías firmado ayer.

 

Manoteaste la guantera para sacar el celular. La aguja del velocímetro marcaba ciento sesenta (Mejor levantar un poco el pie, el ve seis es un balazo, pero mejor cuidarse). Mermaste algo la velocidad y buscaste tu agenda por todos los bolsillos, haciendo con tus movimientos que el auto oscilara levemente. ¡Cuidado! Mientras marcabas el número, sostenías el volante con el codo. No podías largar la agenda, y no te acostumbrabas a teclear con el pulgar. ¡Qué macana! Al primer intento no pudiste comunicarte; habías marcado el número sin anteponer el nuevo dígito. Finalmente ahora llamaba… Faltaban doce minutos para llegar a la zona bancaria. Había aún que cruzar el puente. Te atendió, y te corrió un cubito de hielo por la espalda: casi no ves el auto colorado que te frenó adelante. ¡Menos mal que tenías buenos reflejos! No pasó nada

 

Hablaste rápido. Le dijiste que querías donar tus córneas. Te preguntó si estabas seguro, si estabas totalmente decidido, y luego de decirle que sí, le dijiste que la amabas con toda tu alma y que sentías que el deseo embargaba tu corazón y tus sentidos. Estabas en el cielo. Te había contado que sus padres estaban en el campo, y te había prometido que pasaría contigo el fin de semana.

 

Faltaba poco para llegar al puente. La ruta se diferenciaba de una pista de carreras en que faltaban los banderilleros y había semáforos que cambiaban de color. Vos seguías acelerando, mientras el puente se acercaba a 140, 160… no había tiempo para pensar. Acelerar, acelerar…

 

Nunca se sabrá si fue que el coche colorado reventó una goma, o que el azul se desvió justo a la entrada del puente; en un instante todo giraba a tu alrededor, por arriba, por abajo… Sentiste el golpe contra el barandal casi sin oír el estallido de los vidrios y el ronquido de la chapa aplastad, mil luces, sonidos, colores, nada.

 

Nada.

 

Fue una sensación horrible; a tu alrededor, un vocerío escandaloso taladraba tus oídos. Voces como agujas atravesaban tus tímpanos y se alojaban como martillos envueltos en tela en el interior de tu cabeza, especialmente a la altura de la nuca. Oscuridad que no aflojaba, salpicada a ratos por dolorosísimos destellos rojos y amarillos; dolores terribles de los que poco a poco fuiste tomando conciencia; cuchillos que se te clavaban en los brazos, en las piernas, en el pecho, en la lengua, en los ojos… ¡Oh, en los ojos! En los ojos el dolor era indescriptible. Y la oscuridad…

 

Mucho después supiste que te estaban velando desde hacía rato cuando despertaste. Mucho después, después de los gritos de tu familia, de la disparada de la gente cuando te vieron moverte dentro del ataúd, y así es que ahora estás solo, en una cama de hospital, en la oscuridad y el silencio, esperando… Esperando…

 

Esperando que alguien muera, y haya donado sus córneas, y te toque el turno…

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This entry was posted on Monday, July 28th, 2008 at 5:10 pm and is filed under Cuento. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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