“VOLVÉ PRONTO”

 Ese sábado, Federico se levantó tarde. Bostezando se dirigió a la cocina, con la intención de cebarse unos mates. Aurora estaba sentada junto a la mesa, tomándose la cabeza con ambas manos. “¿Qué pasa?” preguntó Federico. “No hay más yerba”, contestó Aurora, con la mirada ensombrecida por el miedo

 

              “No hay más yerba…”

 

                Comprar cualquier alimento, cualquier producto, un sábado, o fuera de horario de comercio, o sobrepasando el cupo asignado por la Afip a una familia tipo, era exponerse a pagar el quinientos porciento en concepto de multa sobre el precio de lista del producto, y quedar marcado como infractor. La primera vez, no era tan grave; tener que exhibir por ese año 3006, las boletas de absolutamente todos sus gastos, hasta los más pequeños y triviales, cada vez que hacía la declaración mensual, pero de ahí no pasaba la pena. Decidió arriesgarse.

 

                “No te preocupes, Au”, le dijo palmeándole el hombro. “Voy a comprar y vuelvo”.

 

                “¿A dónde? ¿A López Camelo, a ver a la concejal que “consigue” con “sólo” el cien por cien de recargo?”

 

                “¡Shh…! Sí, a López Camelo, pero no lo digas fuerte, nos puede oir la vecina…”

 

                “Sí. Cuidáte, mi amor. Volvé pronto”.

 

                Federico salió de su casa de Los Troncos con expresión resuelta. A paso rápido cubrió los cien metros que separaban su casa de la ruta 197, y cruzándola por el Puente Cervetti, tomó el electrobús 3204, que lo dejó frente a la Iglesia de Pacheco. Allí, en la diagonal Paz, tomó el subte de Panamericana hasta la estación Marcos Sastre, y luego caminó por Henry Ford hasta Sargento Díaz, y por ésta hasta Romero. El panorama era distinto del frío paisaje urbano de Pacheco. Casas bajas, con jardines llenos de flores. Mirando con precaución se acercó al chalet de la concejal. El cielo, de un intenso azul, aparecía surcado en todas direcciones por los rojos helicópteros de la Afip, que parecían enormes y vibrantes colibríes, patrullando incesantemente, en el perfumado aire primaveral. Tocó dos timbrazos. Uno largo, y uno corto.

 

                En medio de un infernal coro de ladridos de alrededor de cuarenta perros, salió a atenderlo la hija de la concejal, una joven de unos veinticinco o treinta años, con los cabellos verdes, y un trébol de cuatro hojas tatuado sobre la ceja izquierda. Con cierto temblor en la voz, Federico hizo su pedido.

 

                “¿En qué lo va a llevar…?”

 

                Sin hablar, Federico señaló el doble fondo de su maletín de herramientas. La muchacha le dijo “espere” bajó la vista, y cerró la puerta.

 

                Mientras esperaba, Federico recordó las veces que había visitado este barrio, antes de la apertura de Bello Horizonte, que trastornó el tránsito durante muchas semanas al construirse el Viaducto Paul Groussac, complejo vial/ferroviario, sobre la avenida Henry Ford, esa inmensa serpiente plateada que luego de cruzar la autopista se mete bajo tierra a la altura de la calle Esposos Curie, para ingresar al complejo Ford/Volkswagen, totalmente subterráneo. Federico evocó borrosamente, como en un pantallazo, su construcción, él era muy chico, pero recordaba que sus padres comentaban que el primer tramo lo hicieron aereo, porque Henry Ford estaba perforada por el subte que viene desde Plaza Ubieto, ex Plaza Vea, en 197 y Paz, hasta Tortuguitas, y que la parada que existe frente a la Fábrica Ford se llamó “Estación Panamericana” y fue la terminal durante varios años antes de construirse el último tramo. Ahora, toda esa zona era un gran parque, magníficamente diseñado por expertos paisajistas, que ocultaba el inmenso complejo fabril subterráneo.

 

                El servicio de subtes era bueno. Algunos asientos tajeados, y algún tetrabrik vacío tirado en un rincón hablaban de la falta de ritmo entre la incultura y el mantenimiento; pero se viajaba bien, con aire acondicionado, y en silencio.

 

                Es claro que uno podía tomar, como otra opción, un aerotaxi, un “globito” como los llamaban, que podía cubrir el mismo trayecto en menos de dos minutos, eso sí, a un costo de un dólar y cinco perones, mientras que por sólo tres perones, el subte lo llevaba en poco más del doble de tiempo.

 

                A Federico le habían contado sus padres que su abuelo Luis, que vivía en Ricardo Rojas, en sus tiempos demoraba entre diez y quince minutos para trasladarse hasta la Panamericana y Henry Ford, desde el Cruce de Pacheco. En fin… no todo tiempo pasado fue mejor.

 

                Su ensoñación se interrumpió. La joven del tatuaje había regresado con una bolsita de papel marrón ocultando la yerba. “Son diez dólares”, dijo. Desde afuera se oyó cómo alguien se arrojaba a la pileta del jardín interior.

 

                Volvió al subte caminando rápido. Primero, por el temor de ser reconocido, aunque hacía tiempo que no venía por esta zona, y por otra parte, debido a la alta temperatura de lo avanzado de la primavera, multiplicada por la refracción de las autopistas, a esa hora llenas de electromóviles que pasaban como una exhalación, zumbando como moscas. Ansiaba el frescor del subte, con los “Jugos Helados Instantáneos” que la maquinita “freetax” brindaba por sólo un perón. “Barato”, pensó. “Debe ser otro servicio subsidiado por el Gobierno”.

 

                El subte lo dejó en Plaza Ubieto, llena en ese momento de gente que hacía combinaciones con las distintas líneas de electrobuses y del tren-bala que pasaba a dos cuadras de allí; cruzó la 197 por el puente Casaretto hasta la iglesia, y en la parada se tomó un electro, el 3720, que lo dejó en la calle de su casa. Al bajarse del bus sintió como un martillazo de calor opresivo el anticipo del verano próximo. Caminó presuroso la cuadra que lo separaba de su domicilio, pulsó la clave, y la puerta se abrió silenciosamente. Su mujer lo esperaba ansiosa en el living, retorciendo un pañuelo entre los dedos húmedos. Se miraron, y ambos sonrieron simultáneamente. Desde su partida habían pasado casi veinte minutos.

 

                        **************************

 

 

 

 

 

 

Tags: , ,

This entry was posted on Sunday, July 27th, 2008 at 4:08 pm and is filed under Cuento. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

Leave a Reply