EON

Todo había sido destruído. Nada existía. Sólo quedaba la Memoria, que cuando despertó la Conciencia se puso a trabajar. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿De dónde vengo? La Conciencia estaba aún bastante oscura y entumecida, y no le permitía a la Memoria avanzar en ningún sentido. ¿Avanzar? La Memoria hizo un esferzo para recordar qué era avanzar, y desde dónde había avanzado… hasta dónde… Súbitamente la Conciencia despertó, y la Memoria recordó. Somos un hombre. Un hombre que está despertando de un letargo. Pero ¿dónde?, ¿en qué lugar y circunstancias? Como un estallido seguido de otros más pequeños, despertaron la Inteligencia y la Voluntad.

 

            El hombre comprendió que estaba solo, en un lugar muy oscuro, pero no experimentaba sensación alguna de temporalidad.“Podría estar flotando, o acostado, o de pie”, pensó. ¿Por qué no habrá un poco de luz?

 

Luz. Recordó los días soleados en su pueblo; recordó el sol del verano con sus agujas de oro ardiente, acariciando las cosas de la tierra. Deseó fuertemente que hubiera un sol de verano como ése, y entonces vio la luz. Era como un punto brillante y lejano, como un agujero por el cual la luz entraba a raudales. “Debe ser la entrada de este recinto” pensó. “Aún no disipa las tinieblas, de todos modos.” Se puso de pie, pues  advirtió que había estado acostado, y comenzó a caminar hacia la luz.

 

            El aire era irrespirable. A cada paso que daba, sus pulmones parecían estallar. Pensó: “Qué lindo era respirar el aire de mar, fresco y cargado de aromas”. Deseó firmemente ese aire, y en un instante su entorno se llenó de un fresco aire marino que le hizo estremecerse levemente. “Debo estar por salir al mar” se dijo. “Indudablemente esto es una caverna… Hace fresco y estoy desnudo… ¿Quién soy? ¡Oh,qué dolor de cabeza…!”

 

            Aunque el aire era fresco y perfumado, el silencio y la soledad eran tremendos, y aparentemente faltaba mucho aún para llegar a la salida. Hizo un esfuerzo por recordar. “Soy… Ricardo Martín, tengo treinta y cinco años, soy empleado de la Biblioteca Nacional, soy casado, tengo un hijo… ¡Robertito! ¡Dónde estaría!”. Caminó un buen rato por el piso liso, aparentemente rocoso, no frio, no caliente, hasta que salió a la luminosidad cegadora del mediodía de verano. Sintió que sus ojos se encandilaban; el sol alumbraba como una antorcha inmensa un cielo sin nubes, un cielo de un color que él nunca había visto en su vida. El aire era, sin embargo, fresco y acariciante, lo que hacía menos impíos los rayos del sol. Al salir de la cueva hizo visera con la mano sobre sus ojos para poder enterarse sobre el lugar en que se encontraba, pero lo único que vio a su  alrededor fue una llanura negra que reflejaba los rayos del sol como lo haría un inmenso caparazón de tortuga. Deseó que el cielo fuera celeste, que lo poblaran nubes normales como las de su pueblo, como las de su mundo. Lo deseó fuertemente. Vio como la luz se atenuaba y el cielo tomaba el color del zafiro, y unos suaves cúmulus de algodón desfilaron delante de sus ojos tapando el sol una y otra vez. Miró hacia abajo. Piedra lisa y marrón hacia todos los horizontes. Miró hacia atrás. Igual, chatura pulida y brillante. ¿De dónde había salido? Era evidente que de un agujero en la tierra. Tierra. Pensó en la tierra fértil, con césped, con árboles. Como si hubiera sobrevenido un terremoto, la llanura marrón y árida que reflejaba turbiamente los rayos del sol, desapareció dando paso a una pradera magnífica, poblada por islas de hermosos árboles de sombra, pero lo curioso era que todos eran iguales. Ricardo no se reponía de su asombro, y sentándose bajo uno de ellos, de gran copa, pensó: “Es como si yo los hubiera creado”. Trató de serenarse, pero este pensamiento lo había dejado agitado y confuso. Se recostó para descansar y escuchar, y le llamó la atención el profundo silencio a su alrededor. “¡Si se oyera el canto del zorzal – exclamó – al menos no me sentíría tan solo!”. En cuanto expuso su deseo, innumerables zorzales poblaron los bosquecillos, y con sus admirables gargantas llenaron el aire de dulces armonías. Ricardo comprendió entonces la enorme responsabilidad que le cabía. ¡Debía crear un mundo! ¿Qué había pasado? ¿Por qué estaba él ahí? ¿Sería todo esto una gran pesadilla? Pensó en su familia, en su mujer y su hijo. Recordó los once años de matrimonio, de lucha, la pobreza, el amor… El nacimiento de Robertito, la escuela, los gastos… Deseó fuertemente que Brenda y Robertito estuvieran con él, y Brenda y Robertito yacían a su lado ahora, dormidos, como si hicieran horas que hubieran estado allí, pero tan desnudos como él.

 

            Los sacudió para que despertaran. Cuando lo hicieron, ninguno podía articular palabra. Estaban los tres muy emocionados y desconcertados, sin saber qué decir. Se mantuvieron un instante así, y luego Brenda, Robertito, y por último Ricardo, se echaron a llorar.

 

            Ninguno recordaba nada, tampoco. Ni Brenda ni Robertito sabían qué había pasado, ni por qué se encontraban en esta situación. Ricardo les contó que cuando salió del agujero no había cielo ni nubes, ni césped ni plantas… “Y montañas, papá, ¿había montañas?” ¡Montañas! Ricardo deseó fuertemente que hubiera montañas, y con un estruendo aterrador la tierra se sacudió, y a los cinco minutos de haber preguntado Robertito por las montañas, altos picos lucían en el horizonte, marcando un perfil dentado y multicolor, pero con un aspecto totalmente diferente al de las montañas que estaban ellos habituados a ver.

 

            “Sí, pero sin nieve, y sin los arroyitos – dijo Brenda -. “Aquí hace falta agua”.

 

            “Sin embargo – dijo Ricardo – si te fijas bien vas a ver que el viento trae un olor como de mar”.

 

            “Es que si ésos son nuestras montañas, los Penates – respondió su mujer – la costa no debe estar lejos”.

 

            Ricardo deseó con todo su corazón que apareciera el agua. A los pocos minutos de andar vieron brillar entre los árboles las plateadas crestas de las olas. El mar. A su lado, unos pasos a la derecha, advirtieron un arroyito que corría alegremente hacia el mar con su carga de agua pura, sin detenerse ni saltar, porque en su lecho no había piedras; sólo verde césped, ahora mojado. Ricardo pensó en el murmullo de los arroyos de su tierra, y recordó lo parecido que era éste al Jarel, sólo que el Jarel, al que tanto amaba en su infancia, discurría ahora aquí por una pradera grandota, y allí y entonces, luego de saltar entre las breñas se perdía en un juncal ondulante y rumoroso. Completó su pensamiento, y ahora el fresco y murmurante Jarel corría por un cauce pedregoso como en Cebila, su ciudad natal. Ricardo, Brenda y Robertito se sentaron bajo la fronda junto al arroyo ahora cantarín y espumoso, y armaron un “consejo de familia”.

 

            “No sabemos qué nos pasó”.

 

            “Estamos desnudos y Robertito tiene hambre”.

 

            “No sabemos dónde estamos, y el entorno se parece a los alrededores de Cebila”.

 

            “Aparentemente, lo que desea Ricardo se produce”.

 

            “Deseemos comida y vestimenta”.

 

            Se pusieron los tres a “desear” intensamente. Brenda observó que los picos de los “Penates” estaban nevados, y que sus laderas se estaban cubriendo de vegetación.

 

            De pronto, como asustada por algo, de detrás de un fresno salió una vaca. Era una vaca de color tostado, con uno de sus cuernos torcido hacia abajo. Los tres la reconocieron. Era (o parecía ser) la vaca “chiquita” de José, el lechero. La vaca los miró, sacudió la cola dos veces, y tranquilamente, se puso a pastar.

 

            “¿Será esta vaca la comida de Robertito?” dijo Eduardo decepcionado. “Y en lo que hace a ropa… parece que mis dones me han fallado”.

 

            “Estos árboles son fresnos ¿no?” dijo Brenda.

 

            “Sí, como los de la Plaza Central”, contestó Ricardo, recordándolos.

 

            “Sería lindo tener a mano también algún frutal, un naranjo, ¿no?”, dijo Brenda.

           

Ricardo se puso a pensar, a “desear” y a su alrededor aparecieron naranjos, perales, ciruelos, guindos, bananeros… de pronto todo se oscureció.

 

            La Conciencia se fue debilitando.

 

            Nada.

 

 

INFORME DE LA COMISION CIENTIFICA QUE INVESTIGO Y EXPERIMENTO CON LOS CADAVERES PARCIALMENTE MOMIFICADOS, ENCONTRADOS EN UNA CUEVA DE LOS ALREDEDORES DE LO QUE PARECE HABER SIDO UNA GRAN CIUDAD EN EL EX CONTINENTE AMERICANO:

 

            “Según las instrucciones del Instituto Federal de Investigaciones Científicas, nos constituímos el sábado 15 de dagh en el lugar del hallazgo, donde pudimos constatar, dentro de una caverna descubierta por un desmoronamiento, la presencia de tres cadáveres parcialmente momificados por las condiciones en que aparentemente hallaron la muerte, la que parece datar de aproximadamente ochenta y ocho siglos. Se trata de dos individuos del sexo masculino y uno del femenino, que a las distintas reacciones de radiación arrojan la edad de fallecimiento de unos treinta y cinco años el varón mayor, alrededor de doce el menor, y cerca de treinta la mujer, por lo que se presume que se trata de una pareja, y que el varon menor sería el hijo de ambos. Los cuerpos se encontraban tendidos boca arriba en el piso de la caverna, totalmente desnudos, y cerca de ellos no aparecieron en absoluto objetos ni elementos culturales que pudieran dar una idea de su grado de desarrollo.

 

            “Se les aplicó el tratamiento H23 Gamma para revivirlos, pues se encontraban en bastante buen estado de conservación, probablemente debido a la protección que les brindaba el cierre hermético de la cueva. Lamentablemente, pese a repetirse por tres veces el ‘23’, como se le llama familiarmente, no dio resultado. Tras abrir los ojos y experimentar un espasmo general, la mujer y el joven aceleraron su descomposición y se desintegraron totalmente. Entonces se decidió reestimular el cerebro del varón de más edad, el que respondió al tratamiento en forma positiva, emitiendo ondas de distinta frecuencia durante aproximadamente un período de seis horas. Pese a la intensidad de la emisión no fue posible captar el mensaje, ya que los terminales nerviosos del cadáver se encontraban muy deteriorados. Evidentemente el sujeto se encontraba en estado de ensoñación, con alucinaciones visuales y auditivas por lo menos, a estar por la lectura del heptalkógrafo, y se tiene la sospecha de que ha tenido otro tipo de sensaciones acompañadas en algunos casos de razonamientos. Hemos aplicado al heptalkógrafo el psychohelión de Windy, sin resultado. No hemos podido dialogar con el cerebro, ni conocer sus ensoñaciones, ni su grado de cultura. Por otra parte, de haber tenido éxito esta prueba, se tendría certeza sobre la hipótesis de Tarzio, que dice que toda realidad es subjetiva, y no hay dos individuos que sientan o experimenten lo mismo en similares circunstancias. (Subjetividad del Tiempo y el

Espacio). Esperamos poder confirmarla en un próximo experimento. De todas maneras, hemos considerado a la experiencia como positiva.

 

            “En otro orden de cosas, los análisis efectuados en lo que quedó de los cadáveres, luego de su rápida descomposición, nos confirman su constitución molecular, anatómica y fisiológica similar al hombre moderno, variando solamente su alimentación, la que aparentemente (no han quedado mayores indicios luego de las distintas conflagraciones nucleares) se basaría en proteínas extraídas de organismos vivos. Como detalle curioso, al parecer los humanos encontrados en la caverna sólo podrían respirar nitrógeno y algo de oxígeno, no estando capacitados para hacerlo en otros medios como el agua, o los vapores sulfurosos”.

 

                                                          Dr. Guillermo Rodríguez

                                                                  Holpatólogo

Dado en Manila, el 334 de gum de 10785.

 

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This entry was posted on Sunday, July 27th, 2008 at 4:17 pm and is filed under Cuento. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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