E L M I S A C H I C O (1959)

Tucumán, 1953. La ciudad duerme echada al sol. Silencio de siesta ancestral sólo interrumpido por una que otra bocina, el trote del jamelgo de algún “coche de plaza” o el rapto iracundo de una motocicleta, sacrílega para la hora. El sol se hace astillas en las persianas cerradas.

Subitamente, como si naciera del centro mismo de la tarde, se oye el llanto de una quena. Simultáneamente, el bum-bum de los parches que la acompañan. La calle se puebla de ruidos; voces ahogbadas en lo espeso del instante. Como manchas blancas movedizas se destacan en la siesta los changuitos: Descalzos, con la cajit en la mano, prendidos de las aldabas: “Pa’la Virgen…” o simplemente la mano extendida. Luego vienen los músicos: Erke, quena, caja y bombo, y a veces un violín, desgajando carnavales y coplas. Tras ellos, los portadores, cuatro hombrones descubiertos, con el sombrero en la mano, la ushuta cansada, y en el hombro el madero de las andas, y las rezadoras, que murmuran sin voz, seca ya la garganta de calor y de camino. Sobre las andas, bailoteante y descascarada por muchos soles, luciendo su vestimenta de cielo opacada por el polvo de muchas huellas, avanza la morena imagen de la Virgen del Valle.

La calle se ha ido poblando poco a poco. Algunas ventanas han descorrido sus párpados y tras de ellos aparecen caras borrosas de sueño. Una puerta se entreabre. “¡Pa’la Virgen… porque llueva…!” Algunas monedas caen en la cajita de madera.

El cortejo se aleja bajo el dosel de quenas y el golpear de cajas. El silencio va apoderándose de las cosas.

Un tranvía ronronea a la distancia.

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