PARANA – Febrero de 1968 – Anterior al túnel.
Aferrada como un gato furioso a las altas barrancas de la margen oriental del Paraná, la capital de Entre Ríos se vislumbra desde la balsa que nos lleva a ella, como una promesa de ladrillo y cemento tras el espeso verdor del parque, que se extiende desde la costanera hasta la parte superior de la cuchilla, y ahí comienza la paradoja.
Vemos una ciudad chata y ancha, con calles mal adoquinadas y veredas angostas, en las que las casas, muy antiguas – muchas de ellas datan de la época de la colonia, o poco después – miran con sorpresa, sacudida su modorra de siglos, el intenso tránsito de automóviles que pasa ante ellas. empujándose, chocándose, estrujándose para pasar por esos desiguales pasadizos, no solamente horrorosamente pavimentados, como dije, (lo que haría las delicias de un mecánico, por las puntas de eje y elásticos rotos, sino que como Paraná – valga la redundancia – está en las barrancas del Paraná, las calles suben y bajan, caen y se retuercen como víboras sobre una plancha caliente. Siendo la ciudad con mayor cantidad de automóviles con relación a población en el país, carece de señalización de tránsito, y lo más avanzado que he visto es un cartel colocado en la entrada del Parque Urquiza que reza “Subida Peligrosa” ( Y a fe mía que lo és, sí señor). En la Plaza de Mayo, cuadrado anárquico, tomado por la fuerza por los árboles que impiden la visión panorámica, el tránsito automotor llega a la categoría de verdadero caos, en medio del que dos exhaustos varitas, de pie sobre sendas tarimas de madera pintadas con leyendas que pregonan las bondades de un gas envasado, pitan y gesticulan histericamente, con la resignación y la desesperanza en las pupilas.
En las calles del centro, el estacionamiento quita el cuarenta porciento del espacio disponible, y los camiones y carros – pues la tracción a sangre no está excluída del todo caótico – que deben cargar y descargar los días de trabajo por la mañana, a las horas de más movimiento, ocupan el sesenta restante, de modo que uno, si no es motonetista, ciclista o peatón, en una palabra, si uno maneja un vehículo de cuatro ruedas, debe esperar hasta que el camión descargue, o bien arriesgarse a pasar por donde pueda, con el serio peligro de perder un guardabarros o arrollar a algún viandante desapercibido que surja intempestivamente.
La mayoría de los automóviles que circulan por la ciudad deben dormir en la calle, pues en muchos casos una familia que tiene un garage pequeño o ninguno, posee dos o tres coches, quedando el espacio disponible reservado al del jefe de familia, o al que llegó primero. Consultados los propietarios sobre si no tenian temor de que se los robaran, “Total… están asegurados” fue la sincera respuesta. Esto da una idea de otro factor que juega en conjunto socioeconómico que conforma a esta ciudad. En general, la capacidad económica es muy alta; hay mucha “gente de dinero” en Paraná, y sólo están esperando a que se inaugure el túnel que la comunique con Santa Fe (por ahora se tarda una hora y media en cruzar) para hacerle dar un enorme salto, un gigantesco “boom” a esta ciudad colonial de casas con ventanas enrejadas, zaguán y tres patios.
En contraste con el gran empuje económico que se nota por todas partes, y el gran movimiento que se ve en las calles de Paraná, las casas, como dije, parecen extraídas de algún libro de historia, y lo más lógico sería ver salir de esos portales a un granadero de Artigas, un “panza verde” vivando a Pancho Ramírez, o a una niña de peinetón y mantilla, acompañada por el negrito con el farol. Pero no, las rejas que escucharon ayer tantas susurradas promesas y juramentos, tiernas serenats, sones de clavicordio y pactos militares, oyen ahora voc es que hablan de expedientes, documentación y sellado, pues muchas de ellas han pasado a ser oficinas públicas, como en otras ciudades de nuestro país. No obstante, se las continúa denominando como “la casa de Fulano, o de Mengano”, según se apellidaran sus antiguos dueños.
Otra institución paranaense son los bancos. Pero no las entidades de crédito. No, los bancos de sentarse. A la puerta de cada casa hay, generalmente, un banco, uno de esos bancos que normalmente se ven en las plazas. Al anochecer sus propietarios lo ocupan, huyendo del calor sofocante, aunque hay algunas casas en las que el banco no se ocupa nunca, y uno se pregunta para qué lo tendrán… “A sus propietarios, Señor, qué les pasa…”
Quizás se han comprado un acondicionador de aire.
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