ESTAMPAS DE LA REALIDAD
Truco, un cocker spaniel negro de cuatro años, se ha enamorado - perdidamente - de una adolescente gatita siemesa que le sorbe el seso. Es un espectáculo un poco triste el contemplar el grotesco dolor del desdichado can, mientras ella, fémina malvada, no escatima actitudes provocativas que lo llevan al delirio, teniendo en cuenta el carácter nervioso - y algo histérico - de los perros de raza cocker.
Permanentemente la acecha, la sigue, la acosa, hasta que al fin, agobiada por su insistencia ella cede; entonces no sé si por tazones de imposibilidad anatómica, o por su estupidez irredimible, él se contenta con sensaciones olfativas.
Cuando ella se harta del juego, un rápido zarpazo en el morro tembloroso de pasión corta la escena, provocando una seguidilla de gemidos quejumbrosos en nuestro héroe; o bien la veleidosa felina salta al tejado, subiéndose a lo más alto, como un mono o un extraño pájaro de cuatro patas, donde se “posa”, convirtiéndose en una arrogante esfinge aérea, mientras su enamorado llora y ladra con su mejor cara de estúpido, mirando hacia arriba desde el pie de la galería, ya que no puede hacer otra cosa, es decir, a veces corre al sillón donde habitualmente due3rme su amada, y la emprende en embestid amorosa con el almohadón, hasta que comprende quizás lo absurdo de su actitud, volviendo mohino y tembloroso a su puesto de observación.
Con el amor sus costumbres han cambiado. Ya no quiere dormir en la cocina, en su cucha confortable y calentita. Como la gata duerme afuera, él prefiere la fría baldosa del patio y el riesgo de la lluvia para estar cerca de la infiel, y presenciar sus promiscuas - y normales - escapadas con otros gatos, bajando abrumado la cabeza a causa del peso de unos cuernos que no le corfresponden. Se cree gato. Ha dejado de ladrar a los vecinos que pasan, para permanecer echado todo el día junto a la dueña de su amor, que lo mira divertida, como si mirara a una especie de paje voluntario, y cada tanto lo provoca con un roce o un revolc´çon, como para estar segura de que lo tiene siempre a sus patas, por no decir a sus pies.
A veces, una paloma grande como un pato aterriza en el jardín. Son unas palomas amarronadas, que a su vista uno más que en la Paz, piensa en un guiso. Inmediatamente, la gata pone en su piel todos sus ancestrales instintos cazadores, se yergue, se agazapa, corre con la panza al nivel del suelo como una extraña y elegantísima serpiente con patas… y debe abandonar la cacería, porque el buen cocker, también él habil cazador de pájaros, de olfato extraordinario y seguidor de pistas, corre a colocar su nariz en el punto justo… de la Diana siamesa, espantando a la presa, y frustrando totalmente el operativo al par que transformando el ataque del felino salvaje en un extraño y ridículo trencito, de locomotora y un solo vagón, que recorre la carpeta verde marcando aleatorios derroteros, terminando el desigual dúo sentados el uno junto a la otra, sobre las frías losas de la galería, frustrado él, acechando ella con su limpia mirada celeste el advenimiento de otra paloma… Bello Horizonte, 1997