EL DIA QUE PERDI A RAMON (Fragmentos de Novela Surrealista)
(Fragmentos de una novela hasta ahora inconclusa, (c) 1989)
El día en que perdí a Ramón era brillante como deberían ser siempre los domingos. Bandadas de pájaros triangulares, de un opaco gris azulado pasaban volando al sesgo, rayando el azul purísimo del cielo. A veces gritaban, con un vibrante grito anaranjado. El aire fresco, aromado de mil aromas, caía sobre nosotros como una cscada de inexistentes flores de manzano. El mundo cantaba su polícroma alegría de vivir.
Ramón se me había adelantado por la carretera de azúcar. Caminaba más rápido que yo, y ya con su traje marrón a rayas parecía un corcho huído de alguna ignota botella que avanzaba hacia la ciudad, empujado por la brisa. El campo a mi alrededor movía el abanico del horizonte, variándolo constantemente. Las vacas, un tanto ausentes en su rumiar, y otros animales que no sé identificar, levantaban la cabeza a mi paso para saludarme alegremente.
Una nube de algodón estalló en mil pedazos, que fueron desfilando despacito delante del sol, tamizando su luz para que no hiriera tan vivamente mis ojos.
Finalmente llegué a la ciudad.
Casa. Casas, casas, casas. Grandes, chicas, unas sobre otras como amontonadas, agazapadas, acechantes, con ventanas como ojos, grandes, chicas, cuadradas, redondas, oblícuas, con las persianas como párpados abiertos al asombro, entornados por la codicia, cerrados por el sueño.
Casas con balcones como guirnaldas, y con guirnaldas en los balcones, ropa ten dida que los empaves como barcos permanentemente anclados en un sitio que es todo puerto, con un agua de gente que fluye y refluye, que viene y que va.
La calle, empedrada de gris húmedo, ascendía como una serpiente perezosa, y era tam empinada ahora que tentado estuve - como Chesterton - de levantar una tapa de resumidero para ver si había estrellas.
Cuando llegué arriba, me pareció ver a Ramón, cien metros más adelante, que avanzaba trabajosamente. “¡Ramón!” grité, y a mi grito, como por un conjuro, las ventanas y las puertas se animaron; docenas, cientos de cabezas aparecieron en sus vanos. Cabezas, cabezas con largos cuellos, como extraños reptiles. Sonreían. Abrian sus grandes bocas y gritaban “¡Ramón, Ramón!” y reían, con carcajadas sin dientes, y grandes lenguas rosadas. “¿Vieron a Ramón?” les pregunté.
Casi ninguno tenía ojos. Eran en su mayoría sólo caras con boca y oídos. “¡Ramón, Ramón!” repetían balanceando sus cabezas en el extemo de los largos cuellos. “¡Ramón… ja, ja, Ramón
Bueno, algunas cabezas tenían ojos.
Pero eran unos ojos que parecían garras, que me siguieron durante largo rato, pero no pudieron atraparme.
Arriba, por encima de las cornisas donde las macetas coloridas con flores inocentes y ajenas remataban el painado de las casas, el cielo, esa calle azul de arriba, se oscureció de pronto. Se hizo gris y comenzó a refunfuñar. Se acercaba la tormenta.
En una bocacalle un grupo de chiquillos mal entrazados me salieron al paso. “¿Vieron a Ramón?” les pregunté. Tenían grandes y hambrientos los ojos y las manos.
Busqué en mi corazón, saqué un puñado de ilusiones y se las repartí pensando contentarlos. Inmediatamente se dedicaron a destrozarlas y a escarnecer sus restos entre saltos, risas y morisquetas.
“¡Ramón, Ramón!” gritaban.
Al alejarme me tiraron algunas piedras. Ramón. Ramón.
Comenzó a llover. Primero fueron monedas de plata, que ángeles aburridos distribuían con desgano sobre la casa del pobre y del rico, del sano y del enfermo, del espléndido y del avaro. Algunas caían a mis pies, pero al igual que mis gritos no despertaban ningún eco. Algunas se derretían, bañando de plata los árboles, las rejas, los frentes de las casas.
Arreciaba. Me cobijé en un umbral; ahora caían Espadas de Justicia. Brillantes, eficientes; una cayó cerca de mí, dio en una piedra, rebotó, y atravesó a un niño pequeño, dejándolo clavado en el piso. Presto se la saqué, y me miró agradecido. Tenía los ojos y las manos azules. Corrió a su casa, abrazado a una mandioca. Aún conservaba yo en mi mano la Espada. La miré; en su hoja se podía leer “Made in USA”. Quemaba de frío. La solté enseguida, y se deshizo en el aire.
Ramón.
A mis espaldas, alguien me tocó el hombro. Un hombre todo dientes y ojos me invitaba a entrar. Tras de sí, una mujer de grandes pechos blandos y abundantes caderas, con aspecto de cactus mustio, se secaba las manos en un delantal a cuadritos. Sobre su cabeza, un halo de ruleros se escondía bajo el ala de un pañuelo de color cansado.
“¿Cuánto tienes?” me preguntaron.
Busqué nuevamente en mi corazón. Saqué esperanzas, las exhibí; me miraron con sorna. No me atgreví a sacar la Fe. La tenía en el fondo, porque si no la pongo allí sale y se expande, y llena todo, y no queda lugar para más.
Se hicieron a un lado y me dejaron entrar. La casa era sencilla, amoblada sin gusto, pero con confort. En las paredes, cartelitos rezaban: “La Casa es Chica, el Corazón es Grande”, o “El Vino Viejo y las Mujeres Jóvenes”.
Comimos. Es decir, comieron. Yo sólo tomé un poco de vino. Sabía a barniz de exteriores, ése que cubre todas las impurezas. “Es la sangre de Cristo”, me decían. El menú consistía en estructuras rígidas, que ellos devoraban ávidamente, pero sin degustarlas. Tambièn estaban sentados a la mesa sus dos hijos, un varón y una niña, de aproximadamente trece y doce años. “La parejita” me dijo la madre, orgullosa.
Conversación no hubo. Durante el almuerzo, todos miraban fijamente el televisor, donde hombres y mujeres desnudos, en posturas sexuales, cantaban alegremente “¡Consuma, consuma!”. Fue un almuerzo muy tenso; cada tanto mis anfitriones cambiaban algunas palabras agrias por lo bajo. Finalmente me dieron café y me dijeron “estómago lleno, corazón contento”. La hija, chocando las palmas adelante y atrás de su torso, me dijo tímidamente “pájaro que comió, voló”. Era una invitación a que me retirara. Antes de irme, alcancé a ver una vela encendida como en un altar, ante un cartelito en el que se leía “ORDEN PREESTABLECIDO”.
Me acompañaron hasta la puerta. “No se olvide de volver para la fiesta de la nena” me dijeron. Afuera, husmeando los cordones de la vereda, un perro vagabundo movía la cola.
Había parado de llover. La ciudad parecía una gran fruta abrillantada, que el sol, al salir de entre las últimas nubes, iba coloreando con tonos robados al arco iris. Empezó a salir gente de las casas, de los comercios, comercios, comercios; llegaron grandes vehículos de transporte, abrieron sus bocas, y vomitaron más gente, gente, gente, con estremecimientos convulsivos. Salían de todas partes; de debajo de las piedras de la calle y de las fisuras de las paredes de numerosos de edificios. Era gente-hiedra, era gente-cardúmen, era gente-rebaño. Todos bajaban de los ómnibus con la cara inexpresiva, o con un marcado gesto amargo. Pero todos, sin excepción, con la mirada perdida en el vacío. Salvo el gesto, no parecía haber nada común, ningún tipo de comunicación entre ellos, aunque en su mayoría marchaban juntos, con el mismo paso, en la misma dirección. Parecían hipnotizados. Un contingente vino hacia mí. Cuando tuve cerca a los sprimeros aproveché parfa preguntarles “¿Vieron a Ramón?”, pero no me contestaban y seguían de largo, como si no me hubieran visto ni oído, y hasta haciéndome dudar de mi propia existencia. Por fin tomé a un hombre del brazo, y mientras se lo sacudía le dije en alto tono de voz: “¿Pero, USTED, vio a Ramón?” El hombre puso una cara terrible, sus ojos se inyectaron. Con la mano abierta me dio un fuerte golpe en el pecho, apartándome, y se alejó mascullando improperios cuyo significado, francamente, no entendí. Una mujer de unos cuarenta años que venía detrás, me miró también con esos ojos encendidos, y sacudiendo la cabeza con indignación le dijo con acento duro a un hombre que iba a su lado: “¡Orden Preestablecido! ¡Ya no es posible vivir con estos tipos!, ¡una ya no está segura en ninguna parte!” Su compañero se limitó a mover la cabeza murmurando algo como “qué va a hacerle…”
Súbitamente, la calle desembocaba en una plaza. Había allí reunida mucha gente, una verdadera multitud, tan apretada que no permitía el paso. En el centro, según alcancé a divisar, sobre una tarima en la que campeaba un estandarte con las letras “O.P.”, estaba de pie un hombre ataviado de negro con algo en la mano. Traté de acercarme. “¡Permiso!” dije a quien estaba delante de mí. No se movió nadie; parecían no oirme. Algunos mantenían la vista fija en el hombre de negro, pero la mayoría conversaba en voz baja, en pequeños corrillos, si bien todos componían una uniforme masa humana. Di un leve empujón al hombre que estaba inmediatamente delante de mí, y éste se apartó enseguida. Así, abriéndome paso a empujones, y con algún “permiso”, ya que había aprendido que si decía “disculpe” o “perdone” me iban a contestar airadamentente, pude llegar al borde de la plataforma.
El hombre que estaba de pie en ella era un verdugo. Y lo que tenía en la mano, era un hacha.
La impresión que me causó fue fuerte. Muy fuerte. Casi me desmayo, pero nadie pareció apercibirse de ello. Un niño pequeño, en brazos de su madre, me señaló con el dedo y se rió diciendo: “Tiene cara de tonto”. La madre le dio un bofetón, y le dijo “no te metás”. Inmediatamente continuó su interrumpida charla con otra mujer situada a su lado quien, a intervalos más o menos regulares, movía la cabeza verticalmente u horizontalmente, según conviniera al caso.
Repuesto de la sorpresa, me dirigí a un hombre bajito que estaba a mi izquierda, secándose la frente transpirada con un pañuelo sucio. “¿Qué ocurre?” pregunté “¿van a ejecutar a alguien?”. “Y si usted no lo sabe, ¿cómo es que está acá?” me respondió. “Qué, ¿es extranjero usted?” “Sí”, repuse, ”efectivamente, soy extranjero.”
“Ah”, dijo. “Van a liquidar a Once Bon”
“¿Y quién es Once Bon?”
“¡Cómo! ¿Viene de la luna, acaso?” “¿No lee las noticias de policía?”
“No,” admití “no las leo.”
“Vea amigo” repuso; y al hablar abría una boca enorme, en la que campeaba un diente solitario, como una estalactita diminuta y ocre. “Vea” repitió. “Hay que leer las noticias de policía; no tod es fútbol en la vida. Si usted se pasa leyenbdo sólo deporte no se va a anterar de nada, caramba. Once Bon es el hombre que metieron preso ayer, y no se arrepintió de su delito”.
“¿Y qué delito ha cometido?”
“Pensar.”
“¿Pensar…? ¿Es que lo matan por haber pensado?”
“Sí. Este hombre pensó. Está muy bien que lo castiguen. A todos estos cretinos hay que darles un escarmiento. Si yo fuera presidente…”
No quise oir más. Comencé a apartar gente con suaves - y no tan suaves - empujones. Al alejaarme me siguió el murmullo de las voces varias cuadras, como un enjambre de pequeñas avispas grises.
II
La avenida parecía una feria. Los comercios, engalanados, mostraban en sus escaparates sus mercancías con tan buen gusto dispuestas que eran un verdadero regalo para la vista. Hombres y mujeres de todas las edades iban, venían, entraban y salían de los comercios, de las bocas del subterráneo, de los restaurantes, de las peluquerías, de los copúblicos, como se les llamaba a los copuladeros, todos con un aire de fiesta, con una alegría en la cara un poco estereotipada, como si tuvieran un poco la obligación de estar contentos. Como las veredas estaban llenas de gente, me atreví a caminar por la calle a riesgo de que un negro guardia OP me detuviera, pero parecía que hasta ellos estaban contagiados por el contento general. Sin querer dí un pisotón a una mujer, y ni siquiera dio vuelta la cabeza para insultarme, como yo esperaba. Siguió caminando en su alegría-obcecamiento. Un jorobado me atropelló, y cuando lo miré, sinceramente sorprendido, inició un balbuceo ininteligible que me sonó a disculpa. En fin, un día magnífico. Las parejas de dos, o de tres, como era común ver, charlaban de sus compras, de sus “niños del estado”… Sí, era el “El Día del Niño del Estado”; una vez al año, igual que el padre, la madre, el cartero, o el empleado de comercio, el “niño del estado”, o sea el hijo de nadie, de madre soltera, viuda o divorciada, era celebrado por el comercio con el pleno apoyo del Orden Preestablecido. La mayor alegría popular estribaba en el hecho de que los gastos que uno pudiera demostrar que se habían originado en comprar regalos para los Niños del Estado, eran deducibles del impuesto a las ganancias, de modo que la gente se volcaba a los comercios, y gastaba y gastaba, como si fuera ésa la solución de sus problemas sociales, afectivos y económicos. Pensé por un momento que esto sustituiría a los cerrados casinos, a los hipódromos, convertidos ahora en pistas de atletismo, a todos aquellos escapes que tienen los pueblos en crisis y que hace que en las crisis la gente gaste y consuma mucho más que en tiempos normales. Lo trágico de esta situación era que, salvo la inflación constante, este pueblo consumidor no parecía o no creía encontrarse afectado por crisis alguna.
Súbitamente, por una calle lateral, un brupo de hombres y mujeres jóvenes, vestidos todos con túnicas azules, y enarbolando carteles con el retrato de un hombre barbudo, irrumpió violentamente, al grito de “¡Libertad! ¡Abajo el Orden Preestablecido!” Fue tremendo. Como de bajo tierra surgieron unos cuarenta o cincuenta guardias OP, que en un santiamén los redujeron a cenizas con sus lanzallamas. Los gritos de dolor y el olor a carne quemada fueron rápidamente ahogados por el rumor y el avance de la multitud. Enseguida apareció el camión que retiró los restos calcinados. En menos de diez minutos, no había absolutamente ninguna huella de que hubiera habido alguien que se rebelara contra el Régimen. Todo irradiaba alegría, felicidad y paz.
Recordé que debía visitar a Visiro. Visiro era un homosexual que habitaba el Reducto, y con quien me habían encomendado entrevistarme para llevarle dinero y ropas, puesto que su hermana Rosa, que era quien debía haber ido en realidad, estaba en el período de cuarentena, pues hcía una semana que había regresado al país. Me encargó entonces que viera a Visiro por ella.
El Reducto quedaba en el límite norte de la ciudad, separado de ésta - y del resto del mundo - por una alta red de alambre de púas, algo así como aquellos “campos de concentración” que hablaban nuestros bisabuelos en el siglo veinte, durante las guerras que pretendieron “cambiar la faz del mundo”. Tras la barrera de alambre, un cerco de Grataeus ponía una nota de colorido y armonía, al par que aislaba completamente del exterior la vista del Reducto.
Fácilmente encontré la puerta, y luego de exhibir mis credenciales a los OP, y de atravesar un pasillo estrecho y mal iluminado, y una puerta doble de vidrio, salí al aire libre; estaba en un parque - evidentemente no había hecho mi ingreso por la puerta principal - desde donde se recortaba, nítido contra el cielo azul claro, el imponente edificio de la Oficina.
Era ésta un vasto anfiteatro de piedra gris, de unos trescientos metros de altura, extraño coliseo burocrático, donde cada escalón o terraza parecía estar lleno de gente, y en el lado sur, una inmensa pirámide de cemento y vidrio se levantaba como la aguja de un inmenso reloj de sol. Si bien era una construcción moderna, daba toda la impresión al verla de estar observando un monumento egipcio prehistórico, de un tamaño dos o tres veces mayor que las pirámides. Involuntariamente pensé en ese caudillo africano que levantó en su tierra una copia de El Vaticano, pero de mayores dimensiones. Dicen que por aquellos tiempos, el pueblo de ese país se moría de hambre. Bueno, la historia la escribe siempre el que gana, pero… sigamos con la nuestra. La pirámide tenía, como el “coliseo”, una altura de unas tres cuadras, y un ancho de cinco. En uno de sus frentes, en el que yo me hallaba, había infinidad de puertas, y tardé algo de media hora en encontrar la “puerta para peatones comunes”, que era la que me correspondía. Esta era pequeña y de una sola hoja, situada cerca de la esquina sudoeste del edificio. Una larguísima fila de hombres y mujeres de los más variados aspectos salía por ella como una víbora muerta, tendida en la vereda, junto a la pared, todo a lo largo del costado del edificio, perdiéndose de vista a la vuelta del confin de éste. Hacían fila para entrar.
No había llegado aún a la puerta, cuando varias personas de la fila me miraron con furia, y acompañándose con gestos airados e insolentes me gritaron “¡¡A la cola!!”. Al principio no alcancé a comprenderlos y continué avanzando, pero pronto entendí, y retrocedí hasta la esquina, donde me coloqué detrás del último.
Finalmente me tocó el turno de ingresar en la pirámide. Al atravesar la puerta, me encontré en un pequeñísimo vestíbulo, a todas luces una sala de control de la puerta. Así era, en efecto, y cuatro empleados de guardapolvo gris estaban sentados llenando formularios; dos en sendos escritorios, y dos ante el mostrador, en esos banquitos altos que tenían los bares en tiempos de mis padres. Allí tuve que exhibir mis credenciales, que fueron cuidadosamente verificadas, y además llenar un formulario, explicando la razón de mi deseo de concurrir al Reducto, si tenía algún pariente allí, y qué motivo me impelía a visitar a la persona elegida. Ni que decir tengo que tuve que dar datos de familia, de grupo sanguíneo, certificado de buena conducta, etc.,etc. Luego de unos quince minutos de espera, fuí autorizado a ingresar al interior del Recinto.
Este, el Recinto, era un gigantesco hall de unos doscientos metros cuadrados, pavimentado con mosaicos tan brillantes y permanentemente lustrados que parecían trozos de espejo. Unos treinta agentes OP de guardapolvo (gris, por supuesto) lo atravesaban en distintas direcciones,empujando sendos escobillones con prosaico aserrín empapado en kerosene. Público, había poco, porque la gente trataba de apurarse a hacer los trámites que allí le llevaban lo antes posible, ya que se les iba el día en eso, y por otra parte el edificio producía una terrible sensación de encierro, si bien una de sus paredes, la norte, deaba directamente al anfiteatgro, y estaba construída totalmente de cristaql o de algún plástico muy transparente, y a través de ella se podía ver trabajar a miles de empleados. En cada escalón o terraza, podía verse infinidad de escritorios con gente sentada ante ellos, y al parecer muy atareada. Hombres y mujeres jóvenes elegantemente vestidos iban y venían, subían y bajaban, y hablaban entre ellos constantemente. Pensé que trabajar en esass inmensas gradas sería muy incómodo por el sol o la lluvia. Sólo mucho después advertí que ambos edificios, el “coliseo” y la “pirámide” estaban construídos en el interior de una inmensa burbuja de plástico, o acrílico, cuyas dimensiones no tuve capacidad de calcular, y que en algunos lugares se oscurecía a ratos, protegiendo a la gente de la fuerza de la luz solar, posiblemente gracias a algún rayo neutralizador que le dirigirían desde determinado escritorio. Todo parecía muy limpio y ordenado, pero - no sé por qué - daba la impresión general de algo viejo y reciclado, o conservado, como esas mujeres setentonas que se pintan como si tuvieran veinte años.
A un costado del salón del Recinto, de altísimo techo abovedado, como una gran colmena cóncava y luminosa, un ascensor de material transparente llevaba a los pisossuperiores, y allí me encaminé, siguiendo las indicaciones de los OP que atendían al público (de distintas categorías) en el mostrador circular ubicado en el centro del salón silencioso.
Mientras esperaba el ascensor me llamó poderosamente la atención ver cruzar una paloma volando por el interior de la cúpula; forzando la vista, pues no se podía distinguir con claridad, pude observar que eran varias las palomas que volaban en el interior del salón, de una curva pared a la otra, refugiándose en distintos huecos que borrosamente se veían en los muros. Pensé que ellas - las palomas - serían la razón primordial (¿por qué no?) para que existieran los hombres del escobillón. También pensé que por las mismas razones, cruzar el amplio ámbito constituiría un gran riesgo para la pulcritud de más de un peatón inadvertido.
Llegó el ascensor. A través de sus paredes transparentes, así como las del tubo que lo envolvía, la vista era magnífica. Era un “infierno del Dante” de plástico y acero inoxidable. A través de la pared transparente del lado norte de la Pirámide se podía ver trabajar a los millares de empleados de los distintos niveles del Coliseo, los vendedores de café y sándwiches, de revistas, de cápsulas anticonceptivas para ambos sexos, de miles de pequeñeces que pululaban entre los escritorios. Se veía los estrados de los Jefes, algo elevados de nivel, desde donde podían contemplar panorámicamente a los empleados de su área. Luego me enteré casualmente, charlando con Visiro, que los agentes administrativos que cumplían sus tareas en el Coliseo no podían ver hacia afuera de la Burbuja, para no distraerse. Ellos sólo veían un pálido cielo azul, oscurecido a veces según las necesidades de cada oficina. El elevador se detuvo en el tercer nivel. Allí estaba el Reducto.
Bajé del coche con tres personas más. En el hall, un OP uniformado como siempre de gris, me indicó una salita contigua que oficiaba de locutorio. El decorado era mínimo; una mesa, dis sillas, un perchero y un cenicero con un gran cartel que decía “apague su cigarrillo al entrar”.
Visiro era altgo, delgado, como de cuarenta años, rubio, vestido con la túnica gris y la vincha roja que caracteriza a los homosexuales, y de modales suaves y educados. Me besó en ambas mejillas, y luego de acomodarse con algo de actitud gatuna en una de las sillas, me indicó la otra.
Al principio tuve la impresión de que Visiro estaba resignado a su situación. Charlar con él me hizo ver que era un hombre extremadamente inteligente, y no estaba nada resignado; luego de darle yo absoluta seguridad de ser quien era, y proporcionarle la información que le hacía llegar su hermana, fuí dándome cuenta que no todos los habitantes del Reducto ni de la ciudad aceptaban por completo la filosofía del “OP”; más aún, había un movimiento “silencioso y subterráneo” que trabajaba para derrocar al régimen.
III