DELICIA

En realidad, fue el mismo Carlitos quien me presentó a Delicia. Con Carlitos habíamos desarrollado una de esas férreas amistades de la adolescencia; compañeros de salidas nocturnas, de bailes de carnaval provinciano con sus conquistas y sus peleas, de borracheras por el placer de lo prohibido, de fumar, y de póker clandestino y amor zaguanero. Era un amigo incondicional, y yo le brindaba ese amor machazo de los dieciséis años, esa época de la vida en que la amistad es una religión.
Cuando cumplió dieciocho, los amigos decidimos festejárselos en el Club de Tenis. Carlitos no tenía familia, sólo una hermana casada que vivía en Río Negro, y muy rara vez venía a Campana a visitarlo. Sin embargo no era un chico solitario; tenía amigos y amigas, y su casa era el centro habitual de reunión para truquear, leer revistas y libros no muy recomendables – corrían los años cincuenta – y a jugar al snooker, que era nuestra pasión. Carlitos era el único que tenía una mesa de ese juego en su casa, heredada de su padre, un prestigioso abogado que había muerto en un accidente cuando mi amigo tenía doce años. Su madre – según él mismo me dijo- había muerto cuando él nació.
Pasé a buscar a Carlitos alrededor de las siete, algo temprano, ya que la reunión era a las ocho y media, y nos pusimos a charlar de los temas de siempre: Las chicas, las “hazañas” de algún amigo más alocado, los estudios, los planes para el futuro, el cine, etcétera. En un momento dado, recordó que había olvidado algo en su dormitorio, creo que la billetera, y me dijo: “Acompañame, así conocés la casa”. Era verdad, yo nunca habìa pasado de las habitaciones delanteras, un baño a lo sumo. Pero nunca habìa cruzado el gran patio cerrado y siempre penumbroso, al que daban varios dormitorios, y menos aún lugares tan alejados como el segundo patio, la cocina, o el lavadero.
Salíamos del dormitorio de Carlitos, que podía ser el principal de la casa, ya que en nada semejaba el de un adolescente, con esos enormes muebles de caoba, y la cama matrimonial de bronce, cuando una voz lo llamó desde la cocina. Yo me sobresalté, porque creía que Carlitos estaba solo en la casa. El acudió al llamado, y yo lo seguí maquinalmente, casi sin darme cuenta.
La cocina era espaciosa, brillantemente iluminada por una lámpara que colgaba del techo con una visera verde. En medio de la habitación, sentada en una silla de junco, junto a una mesa basta de madera, una mujer gruesa, de aspecto vulgar y vestida humildemente – a todas luces una doméstica – tomaba mate con tortas fritas. “No volvás muy tarde, cuidáte” le dijo. Entonces Carlitos se percató de mi presencia; giró hacia mí como avergonzado, y me dijo “ésta es Delicia”; yo hice una leve inclinación de cabeza, a modo de saludo, e iba a retirarme, cuando ella se puso de pie y me dijo señalando a Carlitos: “Yo estoy en esta casa desde antes que mi Carlitos naciera. Es mi regalón”. “¡ Terminala!” fue la tajante intervención de Carlitos “¡Estamos apurados!”.
Cuando nos íbamos, llamó mi atención un cuadro que había en el hall, al que siempre había mirado “sin ver”. Eran dos fotografías enmarcadas juntas, los retratos del padre de Carlitos y su esposa, con sus fechas de nacimiento y muerte. Miré, y allí sentí un dedo helado en el estómago”¡La fecha del fallecimiento de la madre de mi amigo era de seis años antes de que éste naciera!. Intrigado, miré a Carlitos, y atiné a decir: “Entonces…”
“Sí”, dijo como con rabia, y con los ojos bajos. “Delicia… es mi mamá”.
Salimos caminando despacio y en silencio por la noche que besaba al río.
Gral. Pacheco, 2000


Tags: , ,

This entry was posted on Monday, July 7th, 2008 at 4:42 pm and is filed under Cuento. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

Leave a Reply