EL AÑO 2000 (Artículo aparecido en “Antorcha” el 22 de abril de 1999)
Se lo nombra, e inmediatamente despiertan todos los fntasmas. Las distintas culturas se estremecen y vomitan su alocada caterva de terrores ancestrales. El Dos Mil. El Final. ¿De qué? En el año mil ocurrió lo mismo. Parece que aunque se haga flamear la orgullosa bandera de la civilización, los temores y la incertidumbre permanecen incólumes. ¿Qué hace que nos sacudan de ese modo los números redondos? ¿Será que nos dan la sensación de término, de etapa cerrada, de meta final?
¿Es el temor a la muerte, a lo desconocido, a las situaciones nuevas que se puedan presentar en el Tercer Milenio?
Ante todo, razonemos: ¿A partir de qué contamos dos mil años? ¿Del nacimiento de Cristo? Si es así, simplemente pensemos que Cristo nación entre el año 9 y el 8 antes de Su propia era; de lo que es fácil deducir que, si sacamos bien la cuenta, estamos ya, en 1999, viviendo realmente en el 2007, o sea en el tercer milenio, y en el siglo XXI que comenzó (o comenzará) el primero de enero de 2001.
¿Qué nos hace entonces estremecer ante el cambio de las fechas? ¿Qué esperanzas o temores nos acechan en el “nuevo” milenio, que lleva ya 8 años de viejo?
¿Nos quedamos en la posición conformista de desear un porvenir rosa, juntamos todos los temores medievales resucitados por las tendencias “New Age”, que incluyen un fin del mundo apocalíptico, o simplemente pensamos que comenzamos a vivir un año más de nuestras vidas, azaroso y rico en altibajos como todos los que nos ha tocado vivir hasta ahora a los habitantes de este maltratado planeta?
Planeta maltratado por nosotros, que siempre buscamos fuera de nosotros mismos la razón de todos los males. Planeta que tiene que aguantar una población que cree aún que las guerras son la solución de las diferencias entre los hombres, que cree que el dinero es un fin y no un medio, que ha convertido en palabras vacías de sentido conceptos como Amor, Amistad, Lealtad, Honor.
Cuantos más seamos en esta tierra, más tendremos que esforzarnos para aprender a convivir, a vivir en comunidad, a reconocer que todos tenemos los mismos derechos, y no caer en la trampa de creer que, si bien somos todos iguales, al decir de George Orwell, algunos somos “más iguales” que los otros. Hay factores socioeconómicos que son inevitables, pero pese a esto, es nuestro deber seguir creyendo, manteniendo bien alta la bandera de la fe, fe en elDios en que creamos, (mientras no sea el Becerro de Oro), fe en el hombre, en la sociedad y en su célula primera, que es la familia.
Recibamos al dos mil con una sonrisa. Recibámoslo con los brazos en alto, brazos dispuestos para el trabajo, al esfuerzo, al sacrificio, pero tambien a tenderse al prójimo, a ayudar al herido, al enfermo, al necesitado, a acariciar y alimentar al niño, a indicar el camino, a aplaudir al que ha obrdo con rectitud, y a hacer sonar con bravura la maravillosa campana de la Libertad.
Avancemos hacia el dos mil – y crucemos su umbral – con la frente alta, la mirada en la lejanía, y el pecho lleno de alegría de vivir y de ganas de hacer cosas. Creamos con fe que habrá muchos miles de años más en que este cansado mundo, siempre renacido, siempre renovado, recorrerá su cósmico camino albergando una humanidad que se nutrirá de los mismos temores y cometerá las mismas equivocaciones, pero continuará llevando en su pecho el maravilloso fuego del amor, de la fe y de la esperanza.