Navidad, una historia de tradición y amor.

Nace el Niño… la alegría invade nuestros corazones en esa noche llena de canciones y de arrullos, en esa noche en que cada luz se convierte en una vela, y cada vela en una estrella, y los ángeles bajan a la tierra a cantar su aleluya en cada casa, donde el pan se comparte, y la mesa servida une a la familia, en esa noche en que todos nos sentimos hermanos, buenos y optimistas, en que la esperanza es como una semilla maravillosa que prende en lo más íntimo, en ese rinconcito que nunca fue habitado por las pasiones,, en ese lugar desde el cual miramos con ojos de niño esta maravillosa conmemoración, este mágico milagro de amor que abarca todo el mundo.

Porque la Navidad se celebra simultáneamente en casi todos los países. Culturas que nos parece3n totalmente opuestas a la nuestra, celebran la Navidad, el Nacimiento de Cristo. Pero ¿Cómo lo celebran?

Caeda país tiene su idiosincrasia; esto es, su manera propia de ser, de pensar, de sentir. Tomemos psor ejemplo, el modo en que celebran la Navidad en Nueva York, Estados Unidos de América. Uno ha visto películas, piensa que en medio de la nieve van grupos de niños con antorchas cantando villancicos, mientras Papá Noel, vestido de violento bermellón, ríe estrepitosamente, sentado en trinero tirado por ocho renos…

¡No, nada que ver!

Estados Unidos es un país de tradición protestante. Su pueblo, que profesa difeentes religiones, en general no celebra la Nochebuena sino la Navidad. Como aquí, y mucho más que aquí, la Navidad es un buen pretexto para que los comerciantes hagan su agosto en pleno diciembre; las vidrieras se adornan con árboles y diversas figuras de Papá Noel, pero nunca un pesebre. El pesebre es una tradición católica y anglicana, y sólo se arma en los templos de esos cultos. En San Patricio, por ejemplo, que es la catedral católica de Nueva York.

¿Cuál es el aspecto de esta ciudad en Navidad?

Es muy particular. Las grandes avenidas están abarrotadas de pequeños pinos verdaderos que los comerciantes traen del campo para su venta; y en el famoso Rockefeller Center, que es un conjunto de edificios de comercio y de la banca, descuella un inmenso abeto, también auténtico, que la municipalidad coloca como símbolo de la celebración, junto a una plaza que suele convertirse en pista de patinaje sobre hielo. Las calles que tienen árboles verdaderos brillan como gemas, porque tienen un sistema de cables subterráneos que proveen electricidad a cada uno, al que envuelven en guirnaldas de bombillas que convierten a toda la ciudad en una especie de inmenso Arbol de Navidad. En las casas, la gente coloca una vela en la ventana y una pequeña corona de muérdago en la puerta de calle. En la Quinta Avenida suele verse una o dos monjas tocando una campanita y pidiendo para los pobres, y algún Santa Claus barrigón, que es la versión sajona de Papá Noel, pidiendo colaboraciones para los veteranos de Vietnam.

Pero la verdadera celebración es el almuerzo del 25. El veinticuatro a la noche, mientras nosotros celebramos la Nochebuena, como la mayoría de los pueblos de tradición latina, los niños de Nueva York van a acostarse temprano, porque esperan que durante el sueño venga Santa Claus con su gran bolsa llena de juguetes y colme las medias que cuelgan en la chimenea, donde la hay, o en el tradicional abeto. El veinticinco a la mañana los chicos corren a descubrir sus regalos, y al mediodía se hace la gran celebración con el tan mentado “brunch”, palabra que resulta de la mezcla de “breakfast” (desayuno) con “lunch” (almuerzo). Toda la familia se reúne entonces en torno a la mesa de Navidad, en la que reina el infaltable pavo.

Cambiemos totalmente de horizonte y vayamos a un país muy extraño para nosotros, perdido entre los hielos del Norte; vayamos a Finlandia. ¿Cómo se festeja la Navidad allí?

En ese país, que limita con Rusia, Suecia, Noruega y el helado Mar del Norte, el festejo comienza mucho antes, prácticamente desde octubre. Las asociaciones femeninas hacen decoraciones y organizan  “Bazares de Navidad”. En las ciudades, el clima de fiesta se respira en las calles, y la gente vive casi dos meses de festejo que se va incrementando primero en las reuniones de “pikkojoulu” o Pequeña Navidad, hasta la verdadera Nochebuena, en que se festeja en las iglesias y en los hogares con gran alegría y derroche de delicadeza de habilidades culinarias y bebibles. El festejo continúa el día de Navidad, o sea el 25, que es el día de San Esteban, generalmente con carreras de caballos. Es un tiempo de fiesta y alegría que generalmente continúa hasta el Año Nuevo, con otra celebración muy especial, pero eso quedará para otra historia.

Hemos visto la diferencia en el espiritu conque la gente espera la navidad, y sobre todo en países tan diferentes en clima, modalidad y cultura; diferentes de nosotros, y diferentes entre sí. Pero hagamos un poco de historia. Hemos visto que en todos los países se celebra la Navidad con un árbol cargado de regalos, o por lo menos de adornos, cintas y globos; veamos ahora cómo se origina esta tradición, y ademas, quién y cómo dio origen a la leyenda de Papá Noel.

Desde muy antiguo, los países europeos, especialmente los de etnia celta, han adorado al roble. Era tradición que este árbol estaba habitado por espiritus que tenían poder sobre el destino de los humanos. En determinadas épocas del año se colgaban cintas en su tronco y en sus ramas, como ofrenda, y para solicitar algún favor. Los que tenemos algo más de cincuenta años recordamos esa canción de Frankie Laine y Doris Day “Átale una cinta amarilla al viejo roble” que hiciera furor por la década del ’50. Los países del norte de Europa veneraron al abeto (Tannenbaum), en el que se celebraban las mismas ceremonias.

Cuando la Iglesia evangeliza estos países, las festividades se acomodan, y las ofrendas que en un principio eran para los espíritus protectores se convierten en regalos simbólicos de Navidad. Vemos que el orígen del Árbol de Navidad para nada es cristiano.

Veamos ahora cuál es el orígen de Papá Noel: En el año 325 de nuestra era, aproximadamente, en la ciudad de Mira, en lo que ahora es Turquía, un obispo llamado Nicolás se hizo famoso por su generosidad para con los pobres, y especialmente porque en la mañana de Navidad, montado en una mula, repartía obsequios entre todos los fieles de su diócesis, bastante amplia por cierto. Ese Nicolás, o San Nicolás, dio origen al Santa Klaus germánico, o Santa Claus para los países de habla inglesa. Sinterkloos en los Países Bajos, Padre Pascuas para España, y Pére Nöel para los franceses, lo que aquí da Papá Noel. Es un hombre que viene a la noche, con sigilo se intgroduce por la chimenea (donde la hay) y deja (en Europa) regalos dentro de las medias que los niños cuelgan de ella, o en el respaldo de la cama, cuando en la casa se calefaccionan por otros medios. En esto recuerda a los Reyes Magos. Pero lo curioso es que este Papá Noel originalmente no estaba vestido de colorado ni era panzón ni tenía botas; tampoco venía en un trineo tirado por ocho renos. Esta versión de la leyenda fue creada, felizmente para los niños del mundo, por el escritor inglés Clement Moore, y su original vestimenta fue diseñada en 1931 en Estados Unidos por el dibujante Harold Addon Sundblom, lamentablemente para la campaña publicitaria de una cnocida gaseosa.

En cambio la invención del pesebre, tan caro a nuestras tradiciones iberoamericanas, fue obra de San Francisco de Asís. Este buen santo viajó a Belén en el año 1220, y quedó muy impresionado al ver cómo festajaban allí la Navidad. Tanto fue así, que cuando regresó a Italia pidió aujtorización al Papa Honorio III para representar el Nacimiento de Jesús con un pesebre viviente. A partir de allí la tradición se etrendió por Europa y el resto del mundo, en especial por los países de tradición latina

Sobre este tema, recomiendo leer mi libro “Los Magos de Oriente, la 12a. Noche”, Ed. Corregidor, Bs.As. 2000 (N.del A. 2008).

De todos modos, tengamos las tradiciones que tengamos, pensemos como pensemos, abramos nuestra mente y nuestro corazón, y llenémoslos de amor y de alegría sabiendo que en la noche del veinticuatro de diciembre, horas más, horas menos, en casi todos los países del mundo, o quizás en todos, se están levantando las copas celebrando un hecho de amor universal que hace veinte siglos envuelve al corazón del hombre, llenándolo con la Inefable Luz del Amor de Dios. 
 General Pacheco, 1998

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This entry was posted on Thursday, July 3rd, 2008 at 4:15 pm and is filed under Artículos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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