LA TRAGEDIA DE MI VIDA

(A la memoria del gran escritor irlandés Oscar Wilde, Q.E.P.D.)
Nací en Salsipuedes, en la maternidad pública, el 29 de febrero de 1946. mis padres, en un primer momento quedaron muy confundidos, porque esperaban un varón, y les entregaron una mujercita. Como estaban cortos de fondos, y debían volver al pago lo antes posible, mi padre me anotó como “Anita” en el Registro Civil de la maternidad. A los cinco días de ocurrido el parto, aparecieron en mi cuerpecito los rasgos y características externas del varón, que en un principio no se habían manifestado, así que quedé anotado “Anita” a pesar de ser hombre. Al ver cuál era mi verdadero sexo, mis padres no se hicieron problemas; comenzaron a llamarme “Domiguito”, y acordaron que cuando tuvieran que ir al pueblo para alguna diligencia, pasarían por el Registro Civil y corregirían el error. Pero los años fueron pasando, y ellos se dejaron estar, y así fue que me inscribieron en la escuelita rural de Ombú Verdoso como “Domingo Anita, Documento En Trámite”. Iba a la escuela descalzo, por esos huellones de tierra finita como “la porlan” (así decía mi mamá, que no conocía el talco), y a cada persona conque me cruzaba, a manera de saludo la miraba hondo la los ojos, y con voz doliente le pedía “algo para comer”. Así, algunos días llegaba al establecimiento educativo con una manzana, o con dos. (Si eran dos, una se la regalaba a la maestra); o con uno o dos pesos en monedas que los buenos viandantes me daban, demostrando su buen corazón. Si entre las frutas que me daban conseguía alguna naranja o mandarina, la vendía entre mis compañeros, a diez centavos el gajo. Con este operativo solía reunir entre un peso y un peso veinte, que guardaba con mucho cuidado en el único bolsillo utilizable de mi pantalón. Si mis compañeritos no me pagaban, les quitaba el lápiz, o alguna otra cosa. Una vez, a uno que le vendí un pedazo de chirimoya, tuve que retenerle una ojota hasta el día siguiente. Los años pasaron, y a la niñez siguió la pubertad. El llamado del sexo inundó con fervor nuestra adolescencia, y yo pensé que podía ayudar a mis compañeritas y compañeritos orientándolos en ese terreno tan abrupto y riesgoso para sus almitas inexperientes. Así fue que organicé citas y encaucé amores, cobrando – eso sí – pequeñas comisiones, que no tenían otro fin que facilitar las cosas, y allanar el camino hacia el éxito que transitaba mi economía. Con la mayoría de edad vino la independencia, y me largué a probar suerte en otros pueblos. Con unos compañeros incondicionales, que reconocían en mí la calidad de líder, nos dedicamos a los contactos sociales; a visitar por las noches a familias respetables y acomodadas, quienes, merced a nuestro alto poder de convicción, y capacidad de conjurar el disenso, nos hicieron numerosos regalos en dinero y objetos de valor. Algunas veces llegábamos de visita y los dueños de casa estaban ausentes, o de viaje, pero nosotros no nos poníamos tristes. Tomábamos los regalos que sabíamos que, de haberse enterado que íbamos a visitarlos, nos habrían hecho de buen grado. Por esas cosas de malos entendidos, decidimos abandonar el pago, y probar suerte en la gran ciudad. Un día, con “El Gorrén”, que era mi más fiel seguidor, viajamos a Buenos Aires, donde nos establecimos en el negocio automotor. Levantamos bastante el negocio. Sí, levantamos. Bastantes autos. Las comisiones en ese rubro son buenas, de modo que con unas ventas de inmuebles que realizamos, y que lamentablemente nos trajeron un poco de problemas, ya que los dueños siempre quieren estar al tanto de todo, y es increíble su avidez para exigir beneficios a quienes sólo pretenden ayudarles, pudimos finalmente redondear un capital como para poner una financiera. Al principio nos fue bien, pero en la vida siempre juegan los imponderables, como incluir – inadvertidamente – entre los inversores, a un comisario, y otras menudencias por el estilo. Hay instituciones que parecen hechas – y lo son – para perseguir a la gente de bien que realiza negocios redituables. No sé, pero no es nada cómodo el alojamiento que el Estado ahora nos proporciona, sin quererlo nosotros, y eso que hemos tenido buenos abogados. No hay caso. Hay imponderables que pueden convertir la vida de un hombre digno y trabajador, en una pesadilla. Estimo que tendremos que pasar una larga temporada aquí. Esta, simplemente, es la tragedia de mi vida. DOMINGO ANITA.

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This entry was posted on Tuesday, June 17th, 2008 at 2:59 pm and is filed under Cuento. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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