CHARLES DE SOUSSENS Y LA BOHEMIA PORTEÑA
Imaginemos un Buenos Aires de calles angostas, tranvías a caballo y luz de gas. Un Buenos Aires todavía con guapos de “la tierra’el fuego”, pero un Buenos Aires por el que circulan como si tal cosa, Ricardo Rojas, Leopoldo Lugones, Evaristo Carriego, el mismo Rubén Darío, y tantas otras personalidades que hoy son historia de la literatura argentina.
Uno de esos personajes característicos fue Charles de Soussens, excelente poeta, orador de verba florida y elocuente, y famoso por sus inolvidables y geniales borracheras. Soussens era de aquellos que cuanto más beben se vuelven más lúcidos, y tenía una asombrosa rapidez para las respuestas ingeniosas. De él se dice que una vez, yendo por la calle, un tanto a los tumbos, se cruzó con una señora de su conocimiento, quien lo increpò: “¡Charles, en Viernes Santo, y usted en ese estado!” A lo que respondió con su acento afrancesado: “Señoga, ¡cuando Cristo ha muegto, la humanidad se tambalea!”.
Pero veamos quién fue Charles de soussens, y qué tiene que ver con todo este grupo de intelectuales divertidos y farristas, cuyos nombres nos recuerdan en muchos casos el colegio secundario, y sobre todo recordemos sus anécdotas personales, que son cómicas y enriquecedoras, porque la charla de esta noche más tiene que ver con la bohemia que con la literatura.
El 20 de julio de 1888 llegaba a estas tierras un joven alto y atlético, de largos bigotes y melena, que había nacido en Suiza veintitrés años atrás, y había sido profesor en calificados colegios de Inglaterra y Francia. En parís, en casa de su padre, destacado periodista, había tenido oportunidad de conocer y tratar a personalidades como Víctor Hugo, Gladstone, Gounod, Verdi y Emilio Zola.
Venía tras los pasos no muy seguros de una cantante de music-hall, una inglesita que murió tuberculosa en La Plata, a los pocos meses de desembarcar. Como ustedes imaginarán, Charles era profundamente enamoradizo y apasionado, y al enterarse de la muerte de su novia decidió suicidarse, pegándose un tiro, pero solamente logró herirse.
Era la época en que gobernaba Juárez Celman. El Concejo de Educación estaba presidido por el Dr. Benjamín Zorrilla, y entre los vocales figuraba Carlos Guido y Spano. Este último, que conocía a Soussens y a su familia, es quien lo hace nombrar justamente secretario del Presidente del Consejo.
El 26 de julio de 1890, dos días antes de que Charles cumpliera veinticinco años, tiene lugar la Revolución del Parque, y nuestro héroe se alista en las filas de los sublevados. Allí conoce y se hace gran amigo de Roberto Jorge Payró, de veintitres años, quien había dejado la dirección del diario “La Tribuna” de Bahía Blanca, para venir a Buenos Aires, a plegarse al movimiento, dejando en una estancia a su mujer y a sus hijos. Por ahí andaba también Alfredo Ghiraldo, que entonces era un chico de dieciséis años y alcanzaba cartuchos y municiones a los combatientes. Con el tiempo, Ghiraldo fundaría “La Protesta”, levando a Soussens a trabajar con él. Dice el biógrafo de Soussens Lisandro Galtier, que éste y sus amigos se batieron en las calles de Buenos Aires vestidos de frac y guantes blancos.
Pero vayamos a lo nuestro, a las anécdotas de la bohemia, que Charles coloreó con su picardía y genio indudable.
El ambiente literario que le toca vivir a Soussens en Buenos Aires encontró su sede en los cafés. Era una modalidad que se hab ía importado de Europa, como casi todo en nuestro país hasta la Segunda Guerra Mundial. En esos cafés se reunían miembros de sociedades más o menos secretas, y los cenáculos, y las capillas. Los cenáculos eran grupos de intelectuales liderados por algún escritor conocido, que oficiaba de gurú, y las capillas eran grupos de escritores a los que unía una misma línea literaria, o política. En esas reuniones podía comerse o nó, pero que se bebía, se bebía.
Uno de los más famosos fue el “Bar Inglés” o Café de Girard, al cual concurrían Carlos Pellegrini, Alvear – que sólo tomaba granadina – y Sàenz Peña, que cuando fue presidente, como por su cargo no podía entrar a un bar, hacía detener al cochero en la puerta, y se hacía traer el aperitivo al coche, donde lo saboreaba tranquilamente. A ese bar concurrían habitualmente, Monteavaro, Sosussens, Carriego y Almafuerte. Girard comenzó fiándoles a éstos cuando no tenían dinero, pero al fin terminó no cobrándoles las consumiciones, por cuanto comprendió que le resultaba más cómodo no cobrarles nada que llevar una minuciosa y engorrosa contabilidad. Aparte, que apreciaba la compañía de estos bohemios.
Un sábado por la tarde, Soussens, que trabajaba en La Nación, cobró quinientos pesos por un trabajo. Le dieron el cheque, y él le pidió a Girard que se lo cambiara. “¿Qué va a hacer con tanto dinero?” le dijo el francés. “¡Cómprese un traje!”. Obediente, Soussens se presentó el lunes totalmente renovado de pies a cabeza, y los amigos, que no se animaban a apreguntarle directamente qué pasaba, le preguntaron a Girard, y éste, por hacerles una broma, les dijo que Charles se hab ía ganado cuarentga mil pesos en la lotería.
Enternarse y venirse al humo todos al pechazo fue todo uno, y a cada rato Charles iba y le pedía a Girard: “A ver, ché, déme cinco pesos… a ver, ché, déme diez pesos…” Cuando Soussens se enteró de la broma, lo increpó al dueño del bar diciéndole: “Pero qué me ha hecho amigo, ¡me va a fundir…!”
En otra oportunidad, alguien había hecho refereencia a un famoso escritor español, que decía tener listo para publicar el tomo vigésimo primero de sus obras. Charles que nunca había podido lograr ver impreso ningún libro suyo, acotó muy serio mientras levantaba su copa: “Yo tengo el TOMO siempre”.
Charles iba a veces a tomar copasa a un bar de la calle Maipú, entre Corfrientes y Sarmiento, cerca del teatro Casino. una noche, ya con unas cuantas copas de por medio, el dueño del negocio lo desafió a que, en el estado en que estaba, escribiera un soneto. Soussens en el acto pidió papel y pluma, y de un tirón escribió un hermoso soneto. Pero en el momento en que se lo iba a entregar al bolichero, se detuvo y le dijo: “Vea amigo: Yo le he escrito un soneto que tiene catorce versos, y sólo he tomado doce copas”. Inmediatamente, el patrón del bar comprendió, y en medio del festejo general ordenó que le sirvieran las dos copas que “faltaban”.
Otra vez un amigo llega al bar con la cabeza vendada. Todos le preguntan qué le ha sucedido, y él explica que se había resbalado en la calle, quizás por la humedad. Rápido, Charles le responde: “Habrás pisado una cáscara de whisky”.
En una oportunidad, el general Bartolomé Mitre decide despedirlo del diario por sus excesos en la bebida. Le dice que prescindían de sus servicios por la situación económica y otras circunstancias. Soussens le responde: “Por la situación económica, puede ser. Pero si usted de llama otras circunstancias al hecho de que Bartolito su hijo y yo vamos a mamarnos juntos al Helvecia… (El Helvecia era un bar que quedaba en Corrientes y San Martín, no sé si existe todavia). Mitre lo miró, y le dijo, masticando las palabras “¡Has-ta ma-ña-na!. Porque era verdad; Bartolomé Mitre y Vedia, el hijo del general, a quien llamaban Bartolito, era también un chupandín de primera.
Como todos los argentinos de entonces, charles “fue a París” financiado por el diario La Nación, del que era corresponsal, y allí hizo de todo, desde redactar avisos publicitarios en verso, hasta traducir al francés y publicar artículos que su amigo Díaz Romero, director de “El Mercurio de América” le enviaba en castellano. Havían convenido veinticinco pesos por artículo, sque al principio su contratante pagaba religiosamente… Pero veinticinco pesos era entonces bastante plata, y los envios a París comenzaron a ralear, hasta que cesaron por completo. Sosussens tuvo bastante paciencia, pero todo se acaba, y finalmente se molestó mucho, cortando la relación con Díaz Romero, y guardándole inquina toda su vida.
En parís se juntó con sus amigos Rubén Darío y Amado Nervo, que llegaron después de él, y vivió la bohemia literaria y política, en plena época del Affaire Dreyfus.
Finalmente decidió volver a la Argentina, pagando cincuenta pesos el boleto, y pagándole el pasaje al pintor Martín Malharro, quien no había tendo suerte en Europa, y alque trajo – según dijo – “para restituir un valor al país”.
Uno de sus amigos más queridos era José Ingenieros. Este solía regalar su ropa usada a sus amigos pobres, y uno de los candidatos más firmes era Soussens. Ahora bien, Ingenieros era un médico rico (psiquiatra prestigioso) que usaba levita, preferentemente negra. Y a Soussens, por su temperamento, ese estilo de vestir le reventaba. De modo que un día, al ver que Ingenieros estrenaba otra levita, lo encaró, diciéndole: ¡Pero Pepe! ¿Es que me vas a condenar a levita perpetua?
Les cuento una de Ingenieros: En una oportunidad, José Ingenieros integra una misión diplomática en Washington, a entrevistarse con el presidente Wilson. Antes de entrar a drle la mano al presidente, les dice a sus amigos. “Miren muchachos, yo les aseguro que Wilson no tiene la menor idea de quiénes somos nosostros, ni qué es la Argentina, ni nada. Y se los voy a demostrar”. Cuando le toca el turno de presentarse, Ingenieros estrecha la mano del presidente, y le dice: “Binitos Villanoivas, mucho gusto”. El presidente estrecha su mano, y le responde: “Mucho gusto, señor Villanoivas. Me parece que en alguna oportunidad hemos tenido ya ocasión de hablar”. Ingenieros se vuelve a sus amigos, y haciendo un gesto muy suyo, con las manos y los hombros, les dice “¡Qué les dije!”. (En realidad, Benito Villanueva era una persona que había estado en la diplomacia argentina poco tiempo antes).
Cuando muere Rub`´en Darío, al enterarse Soussens, cual sería su reacción sino embriagarse, por supuesto. Y lo hace de tal modo, que no reconoce a los amigos que pretenden rescatarlo. Les dice, con la mirada perdida: “Estoy con Rubén…” “Darío no ha muerto… Era mi hermano… No puede morir…” En verdad, Rubén Darío era un gran amigo de charles de Soussens., De todos modos, el mozo, que no lo conocía, y al que no le había pagado, estaba furioso con él, y en un momento dado le dice: “Y no le da vergüenza, pretender beber sin tener dinero para pagar?” A lo que Charles contestó desafiante: “Sí, sin dinero, ¡pero lleno de ideas!” Luego, metgió la mano en el bolsillo, y sacó un papel arrugado; era un soneto que acababa de escribir momentos antes sobre Darío, un soneto magnífico. Yo no lo tengo, pero sé que estaba escrito en francés, ya que Soussens escribía perfectamente en su idioma natal. Por otra parte, entonces, los argentinos cultos, al igual que Soussens, escribían tqanto en francés como en castellano.
Muchas más son las anécdotas de este hombre tan particular, como bañarse en los lagos de Palermo, o batirse a duelo “a quién terminaba antes una botella de champagne”, en vez de sable o pistola, como estaba tan de moda en esos tiempos, pero el tiempo, ese tirano que nos hace creer que transcurre, mientras que los que transcurrimos somos nosotros, no me deja hacerlo.
Les cuento que Charles de Sosussens murió en el hospital Rawson, en la madrugada del diez de agosto de mil novecientos veintisieete, entre gente buena, pero muy ajena al mundo en el que le había tocado moverse siempre, olvidado por todos aquellos que antes lo habían seguido y celebrado. A su funeral, sí, concurrió toda la intelectualidad argentina, menos Leopoldo Lugones, a qien le había publicado un artículo suyo sin autorización y sin pagrle. Luego se lo pagó, pero Lugones rechazó el dinero, y le guardó rencor par siempre. Es que el artículo mostraba un Lugones con una imagen que él mismo nunca hubiera querido dar. Era demasiado íntimo.
Soussens murió casi solo, en compañía de dos amigos y un enfermero. Acababa de cumplir sesenta y dos años. Había terminado de escribir un soneto cuyo último verso decía:
“Préparez mon départ pour le supréme espoir”
que quiere decir: “Preparad mi partida hacia la Suprema Esperanbza.
Conferencia dada en el Rotary Club de San Telmo, Buenos Aires, (c) 1997