SUEÑO EN “LA” MENOR
El salón está en penumbras, y en silencio. Confusamente distingo un decorado muy “art déco” y muy de los años veinte. Hay una iluminación muy difusa y fantasmal. Cortinados azul pálido, y vasos largos y cuadrados de cristal traslúcido o grisáceo, conteniendo grandes ramos de rosas rojas. Al fondo un piano, y un hombre de frac con aspecto de los años cincuenta comienza a tocar. Es el concierto en La menor de Grieg. Con los primeros acordes veo a la mujer. Está sentada en una chaise-longue gris o azul pálido, junto a una de las paredes, que es de cristal. Afuera, la noche se ve llena de estrellas. El concierto avanza, y yo avanzo en mi conversación con la mujer. La música me arrebata, y le declaro mi amor, sentimiento que ella acepta y corresponde. Su aspecto físico es escandinavo, su lánguida palidez orlada por una lacia melena rubia. Muy rubia, casi blanca.
El concierto avanza, y la pasión también. La música se ha tornado fuerte y erótica, y excita nuestros cuerpos tanto como nuestra imaginación. El piano ataca con sus crescendos, y vuelve con delicadas filigranas casi imposibles. Hacemos el amor en la chaise-longue, mientras un invisible fondo orquestal, como un coro, da vida a las voces de todos los hombres que poseyeron a la mujer antes que yo, y cuyas vidas se vieron arruinadas por esa relación. Es como una música untuosa, untuosa e inevitable. Culmina el movimiento, y estalla el clímax amoroso. La fiesta del cuerpo poco a poco vá languideciendo, mientras afuera comienzan a llover perlas y diamantes que se hacen trizas al llegar al suelo como lágrimas batávicas.
La música termina y vuelve a arrancar. La lluvia de cristal arrecia, y para. Se ha convertido en una llovizna algo irregular, que enmarca nuestra conversación, que ahora toma por caminos del pasado. Nos contamos nuestras vidas, llenas de cuadros coloridos, caravanas de recuerdos algo empañados, agrisados por el polvo del tiempo.
Mucho hablamos, hasta que llegamos a conocernos. Hasta que comprendemos que nuestros caminos no son en absoluto coincidentes. Comprendemos que este ha sido el punto de inflexión de nuestras vidas, donde nuestros derroteros se han cruzado, pero por su misma individualidad, por la identidad de cada uno, debemos seguir nuestras sendas que son bien distintas. Se han cruzado. Juntos, hemos vivido un instante cósmico. No hemos avanzado.
Nos decimos adiós, llenos de paz. La música, ora festiva, ora apagada, nos saluda deseándonos buena suerte. Salgo a la calle, y estoy mucho más atrás en el tiempo, como en un jardín de la época de Napoleón Tercero.Envuelto en una nube multicolor de recuerdos tibios y confortantes. El cielo sigue llorando cristales filigranados, y las hojas dibujan un empecinado paisaje marrón, lleno de otoño. Hago señas a un coche, que al parecer me estaba esperando; el cochero, de grueso capote y tocado con un tricornio, me saluda amistosamente. Subo, y la yunta de hackneys sale ágilmente al paso rápido, tan duramente aprendido. Vamos bajando por un camino amarillo, que poco a poco, va llenándose de luces, a medida que nos acercamos a una ciudad. Pasa un pelotón de húsares, de altos morriones, marcando el paso, reconcentrados en su aire marcial. Una ronda de niñas con sus largos delantales y moños juega cerca del bosque, bajo las gotas de cristal aún persistentes, si bien ya algo espaciadas. Cantan. Una tiene una canasta, quizás para juntar tardías frutas del verano.
La ciudad se abre llena de ofertas, de promesas, de esperanzas. Los colores arrebatan toda la languidez que aún conservaba mi espíritu, y al bajar del coche en una esquina céntrica, siento que me encuentro listo para otra aventura. El concierto ha terminado. El sueño se diluye como el humo de un recuerdo gris-azul.
General Pacheco, 15 de diciembre de 2006