NUEVA NARRATIVA - LOS CHICOS del ALBERGUE WARNES

NUEVA NARRATIVA (Esto es de 1990, pero recién sale a la luz ahora). Es un fragmento de una nouvelle que saldrá en el año en curso “LOS CHICOS del ALBERGUE WARNES”

I – RODRIGUEZ, EL PISICACA

Las gallinas picoteaban gusanos de la pierna de un perro muerto. A los chicos nos gustaba ver cómo se los tragaban vivos. Cómo se movían. Las gallinas estiraban el cogote como cuando tomaban agua, y el gusano pasaba al interior del buche con toda comodidad, como en un tobogán. ¡Qué lindo sería tener un tobogán! Nosotros nos habíamos hecho uno con unas maderas de cajón que se trajo el portugués de la Ford. Parece que allí adentro venìan los autos. Pero nos duró poco la diversión, porque el portugués necesitaba las maderas para revestir el interior de la pieza. Le quedó muy linda. Parece que esos portugueses tienen guita. Pero además ese día el Cejudo, que es el hijo de los portugueses, se lastimó una mano con un clavo de los cajones, y la madre salió corriendo, diciéndonos de todo, acusándonos a nosotros de que lo lastimamos, porque somos más grandes, dijo, y nos podíamos fijar más. ¡Qué sé yo! Nosotros estábamos jugando, nada más, y el Cejudo se lastimó la mano. Tuvimos que seguir con el Montoncito de Tierra. ¿Qué ocultaba el Montoncito de Tierra? ¡Ahí estaba el secreto! Habíamos traído cada uno de su casa una cosa de valor, y ahí estaba el tesoro de todos los chicos del albergue. Lo que yo traje no lo voy a decir porque es un secreto. Yo sé que algunas cosas que trajeron los otros pibes son robadas a los padres; pero como algunos de los padres de los chicos que juegan conmigo son chorros, el que roba a un ladrón… tiene cien años de perdón, dicen. Yo no sé.

Anoche había llovido, y nos entretuvimos toda esta mañana en ensuciarnos las patas en el barro. Yo me hice un par de hermosas botas, que luego se endurecieron, y me quedaban de lo más lindas. Es claro que tuve que quedarme quieto un rato, y entonces los otros pibes hijos de puta me tocaban el culo, y me decían “a ver si te movés un poco, pelotudito”; pero yo me la bancaba, puteándolos lo mejor que podía. El caso es que estuve quieto como una hora, qué sé yo, y al fin tuve un par de botas que me duraron como diez minutos; pero se parecían mucho a unas que ví en una vidriera de la calle Chorroarín, cerca del Albergue.

También jugamos a pinchar un sapo; es muy divertido ver cómo se mueve, y cómo se las aguanta. Ernesto le ponía un palito en la boca y en el culo, pero al fin le reventó los ojos. Yo le decía: “No seas bola, no le reventés los ojos, que no ve nada, y sufre”, pero Ernesto no me daba la más mínima, y le hizo estallar los ojitos como si fueran dos bombitas de carnaval. ¡Qué lindo es reventar bombitas! ¿No? A mí me gustan mucho. La vez pasada, mamá pasó por casa Tía, y cerca de la puerta había bombitas. Ella dice que las compró, pero yo estoy seguro, porque la conozco, que hizo como que miraba otra cosa, y manoteó un montón de bombitas para su Pisi, porque las madres quieren a sus hijos, pero como me quiere mamá, y como yo la quiero a ella, difícil que el loro silbe. A papá también lo quiero, porque cuando no está en curda, o cansado, cuando viene con fiambres y cerveza, es que está contento, y me acaricia la cabeza, y me da una o dos fetas de salame, y un buen vaso de cerveza, o a veces de vino, según la ocasión; yo sé que el pobre viejo no consigue laburo, pero se la rebusca, y a veces trae guita a casa. El siempre sueña con “agarrar algo gordo”.

En realidad la que más consigue es mamá. Ella trabaja de tarde y de noche. Sale muy elegante y bien vestida, como una verdadera señora, y nó como las madres de los otros chicos, que parecen unas zaparrastrosas. Por lo menos así dice mamá. Ella sale de tacos altos, medias de náilon, minifalda, una cartera larga, y a veces hasta tapado de piel se pone. Sí, mamá es muy pilchera, como dicen las vecinas. Me da gusto ver linda y bien arreglada a mamá. Estoy orgulloso de ella.

A veces mamá también trabaja en casa; le traen camisas para planchar, o flores de madera para armar. Sí, a veces se queda en casa trabajando, pero esas veces se pone de mal humor, putea y carajea, y yo prefiero, aunque no la vea, que se vaya para el otro trabajo, porque va y vuelve sonriente, y mucho más linda.

Ayer estuvo aquí la Policía. ¡Qué desgracia es la policía!¡ Y pensar que de tanto ver televisión, yo tenía ganas de ser policía! Pero los policías dela televisión son unos pituquitos todos engominados, bañaditos, lavaditos y planchaditos, que no toman vino, que no tienen la panza de los policías que hay acá, y que no gritan ni golpean como éstos. Yo me doy cuenta de que si voy a vivir en este lado del mundo, si soy policía voy a tener que ser como los de aquí.

Vinieron dos. Es decir, dos, entraron con la metralleta y el escudo, como dos astronautas, pero otros cuatro se quedaron afuera. Dos apuntanto con ametralladoras para el Albergue, y otros dos en el patrullero. Era un día nublado y frío. Casi todos los chicos estábamos afuera, o asomados a las ventanas. Entraron con cara fulera, llamando a gritos al Rulo, o al Revirado, como le dicen a ese muchacho grande que vive molestándonos, que nos espera en las escaleras y nos hace zancadillas, y a veces nos baja los pantalones. El Revirado no aparecía, y los policías dijeron que iban a entrar. Miraron para atrás, a sus compañeros, y se intercambiaron gestos. Luego comenzaron a subir las escaleras. Las escaleras de nuestro albergue son lindas. No tendrán el mármol de afuera, pero son hermosas. Parecía una película de las de televisión. Yo veo televisión en lo de la Antorcha. Le dicen así porque tiene el pelo colorado. Es una vieja que vive en el quinto piso y que tiene puerta de hierro con cerradura y todo. Dicen que el hijo le hizo un baño, porque nunca la vemos cagando en las escaleras, o en el hueco del ascensor, como todo el mundo. ¡Ah, eso sí que es una diversión! Cuando vemos a alguien que va por el pasillo con un diario doblado bajo el brazo, y mirando para todos lados por si alguien lo espía, ya sabemos que va a cagar. Entonces nos ponemos escondidos en el hueco de alguna puerta oscura, o en la misma escalera, en un descanso más alto, y vemos cómo el hombre o la mujer se agachan al borde del hueco del ascensor, dejan el farol o la linterna, se bajan los calzones, y ¡a hacer fuerza!. La mierda baja a toda velocidad por el hueco, ya sea en chorros o en montoncitos, según lo que sea. La mayoría de las veces lo hacen de noche, porque ya saben que están siempre están al acecho los chicos, pero a algunos no les importa. Miran para arriba, por si alguien está cagando en un piso más alto, y no les caiga en la cabeza. Algunos se han fabricado cuartos de baño o algo parecido en cada uno de sus departamentos, pero son los menos. De todos modos, la caca cae siempre para abajo. A raíz de eso, la gente siempre se pelea por los departamentos más altos, ya que el olor, cuanto más arriba, llega menos.

Veíamos televisión en lo de la Antorcha. Es una de los que tienen electricidad. Dicen que está “colgada”… No sé; yo sé que tiene un hijo al que le dicen “El Cuervo”, que siempre anda con campera negra, que trae esos “estéreos”, o como les llamen, esos grabadores de cinta, y siempre se mueve con mucho sigilo. El Cuervo no se mete con nosotros. Cuando le gritamos “Cuervo, cuervo”, hunde la cabeza entre los hombros, y aprieta el paso. No quiere líos; igual, nosotros no lo cargamos mucho. Quizá le tengamos un poco de miedo. No, miedo no, porque tampoco le tenemos miedo a la policía. Hoy, cuando llegaron los dos esos a buscar al Revirado, Antoñito el Roñoso se les acercó, y les preguntó qué querían. Ellos, en vez de tratarlo mal, (porque muchas veces esos policías panzones te tratan mal) le preguntaron por el Revirado, pero él no les contestó nada, y se fue a juntar con nosotros, que estábamos mirando la escena, porque ni él ni ninguno de nosotros es ningún batidor. Parece que al fin dieron con el departamento del Revirado. Dicen que estaba solo, el caso es que lo agarraron fácil, y se lo llevaron. Esposado. Cuando bajaban la escalera, entre carteles pintados y restos de mierda pegada, algo les pasó silbando junto a la cabeza, y fue a estrellarse al fondo del pozo del ascensor. Parece que era un gran pedazo de fierro. Un “dobleté”. ¿Quién habrá sido, nó?

Al Revirado lo acusaban de violación. Así me dijeron. Bueno, me lo dijo la mamá de Sanantonio, un pibe que creo que es italiano, y se la pasa nombrando a los santos. Ella me dijo: “No digás nada pibe, pero a ése se lo llevó la yuta por violador”. ¿Por qué le diría “la yuta” a la policía, y qué querrá decir “violar”, nó? Yo, por no parecer muy burro no le pregunté nada a la mamá de Sanantonio, pero mañana a la mañana, cuando vuelva mamá, le voy a preguntar. Ella sí tiene que saber, porque sabe muchas cosas; más que papá (y eso que papá sabe de todo), pero me parece que a lo mejor mamá tampoco lo sabe. En fin, vamos a ver, porque lo más importante ahora es tratar de conseguir algo para comer.

Normalmente yo me la rebusco rondando por una fonda que hay en Chorroarín y Añasco, que terminan de dar el almuerzo a las cuatro, y con el Orejudo nos vamos allá, y les pedimos algo de las sobras. A mí me dan más fácil porque soy más chiquito, pero al Orejudo lo corren, y una vez le dijeron que le iban a dar un sánguiche si lavaba el piso, y el Orejudo lo lavó, pero no le dieron el sánguiche porque con el palo del secador rompió tres copas, ¡Pobre Orejudo! Yo después le dí un cacho del sánguiche mío.

Si nó, muchas veces mamá compra algo temprano en el almacén. Lo que pasa es que por ahí mamá se va a lo de la abuela, y por tres o cuatro días no aparece; y papá, o tiene trabajo en alguna obra, o se pierde, ya que no conoce tanto la ciudad como nosotros, y en una de ésas tarda cerca de diez días para volver. Yo tengo dos hermanitas. Una, está en un hospital. A la otra la tiene la Polaca, otra vecina que tiene como siete hijos, todos diferentes; ninguno se parece al otro. Uno tiene el labio partido, y parece un monstruo. Yo estoy más con mamá y papá que mis hermanitas. En ese sentido soy más feliz que ellas.

A veces me escapo, porque cuando papá está muy borracho nos quiere pegar a todos, y saca el pito y dice que nos va a cojer, que no sé qué quiere decir, pero ha de ser mearnos de arriba abajo. Yo rajo como una lagartija, pero la vez pasada mamá lo enfrentó a los gritos, tanto, que salieron dos vecinas a ver qué pasaba, aunque en el Albergue nunca nadie se preocupa por lo que sucede en el departamento de al lado. Viven su vida, y te dejan vivir la tuya. Eso sí, dice mamá que las viejas son chismosas; ella le llama ser chismosas a que cuentan todo lo que sucede, pero en realidad, con qué se van a divertir, si nò, yo creo que eso de que sean chismosas es lo más lindo, porque resulta más entretenido que escuchar la radio portátil, y muchas veces no tenés pilas…

Otra diversión que tenemos es espiar a las chicas cuando hacen pis. Los más grandes las espían, y se abren también la bragueta y se frotan el pito. Yo y mis amiguitos las miramos un rato y nos vamos, porque siempre hay algún sapo que pinchar o quemar, o por ahí nos quedamos cerca de algún chico más grande que está fumando, y cuando tira el pucho, ligamos una o dos pitadas.

El tabaco marea un poco, pero es lindo. Otros chicos aspiran pegamento, pero a mí me han dicho que el pegamento es muy malo, porque te cocina los sesos. Adentro de la cabeza, ¿sabés? Adentro de la nariz tenemos dos tubos que van para los sesos, que son con lo que pensás, ¿sabés? Y entonces, si aspirás el pegamento, ese olor fuerte que tiene es como un gas que te pega y te cocina los sesos y entonces no podés pensar más. Y si no pensás, ¿cómo vivís? Yo me divierto mucho pensando. Es como si vivieras dos veces. Es como si viajaras a lugares maravillosos, como esos castillos que ves en la televisión, con minas muy elegantes, como mamá cuando sale a trabajar, con autos que van como a cien por hora… Pensar es algo muy lindo. A veces, con el Orejudo, que es más grande que yo, nos ponemos a pensar, y charlamos de lo que pensamos, pero el Orejudo piensa siempre en minas, y minas… Este Orejudo sólo piensa en mujeres. Cuando le digo que piense en otra cosa me contesta que soy un boludito porque soy un pendejo, y que ya voy a saber lo que es bueno. Muchas veces estamos pensando juntos, y él me hace una caricia, y se va a encerrar en una de las piecitas del sótano. Son oscuras y muy malolientes. Hay algunos perros y gallinas, ahí.

Sí, hay muchas gallinas. Son de todos, porque todos dicen que son los dueños. Los chicos nos levantamos temprano y vamos a sacar huevos. El que llega primero se lleva más. Es una verdadera batalla, porque a veces hay gente grande que no nos deja sacar los huevos que encontramos, y nos tiran piedras, o nos corren con palos, y yo muchas veces lamento que no estén papá o mamá para defenderme.

Tags: , ,

This entry was posted on Tuesday, June 10th, 2008 at 10:42 am and is filed under nouvelle (novela corta). You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

Leave a Reply