EL GOLEM

En el cruel frío de la madrugada
avanza una figura a paso lento.
Cúbrela gris ropón, y larga espada
empuña firme en su ensimismamiento.

¿Es un hombre? ¿No lo es? Es casi nada,
forma de arcilla modelada a mano,
Adán de barro sin aliento deico;
pobre muñeco devenido humano.

Camina triste, con la cerviz gacha;
con vergüenza de ser, avergonzado.
(Los responsables de sus actos fueron
aquellos que avalaron su pecado).

Lleva en su frente una verdad escrita:
Lleva el nombre de Dios sobre sus ojos;
pero su indignación es infinita:
Interrumpe su andar, y cae de hinojos.

“¡Señor!”, quiere gritar en su amargura;
mas de sus labios de cocida arcilla
sólo un ronco graznido se aventura
y una lágrima surca su mejilla.

“¡He pecado, Señor, en mi obediencia
al Hombre Sabio que me dio la vida!
He matado por orden del Rabino;
por mi acto vil Tu Ley hoy fue infringida;

“Haz que él borre, Señor, esa Palabra
que semeja en mi frente ascua encendida;
hoy pesa como plomo en mi conciencia.
¡Haz que hoy mi creador quite mi vida!.

“He faltado hoy al Quinto Mandamiento
de Tu Ley, que es quizás el más sublime,
asesinando a varios inocentes.
¡Sólo la muerte esta maldad redime!

“He sido y soy tan sólo un instrumento
de la horrenda soberbia de los hombres;
la luz del mundo para mí fue nueva,
actué con inocencia, acaté la orden.

“Debía matar… Para eso fui creado…
Quitar la vida a los que me la dieron…
¡Nunca el hombre pretenda dar la vida
sin responsabilizarse de su acto!”

Y el Golem, de hinojos en la calle,
se sacudió, estremecido en llanto,
comprendiendo que al hombre, a quien Dios ama,
sólo lo mueven el odio y el espanto.

*******G.Pacheco, 28-10-05, 23:40 hs.******

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